El asesinato de Lanús y la sangre de la vaca

Un hecho de inseguridad obligó a cancelar los cierres de campaña, pero difícilmente cambie la realidad electoral que emana de una mala calidad de vida naturalizada.

Nacional 10 de agosto de 2023 Javier Boher Javier Boher

Por Javier Boher
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09-08-2023_una_nena_de_11_aniosEn 2020 la cuarentena nos agarró en el campo. Después de la suspensión de las clases y antes de que se extienda el aislamiento a todos decidimos irnos de la casa en la que vivíamos hacia las sierras. La distancia respecto a las grandes ciudades ayuda a analizar mejor sus problemas.

Mientras estábamos todavía con restricciones decidimos que sería nuestra residencia permanente. Teníamos que hacer unas obras y los albañiles conocidos de la zona estaban ocupados, así que conseguimos que vengan unos chicos jóvenes, de unos 20 años, desde Córdoba.

Entre palas, baldes y hormigonera charlábamos sobre nuestras vidas, muy distintas en todos los sentidos posibles. Pese a que los tres éramos de la zona noroeste, una cosa es desde las vías hacia el río y otra -muy distinta- desde Donato Álvarez hacia arriba.

Mientras estábamos cavando la zanja de los cimientos, quienes alquilan el campo trajeron una vaquillona desde el fondo hasta el corral de al lado de la casa. Tenían pensado sacrificarla ahí, para después cargarla en una camioneta y terminar la faena en otro lado.

Toda la escena era nueva para estos chicos, que nunca habían visto de qué manera llega la carne a las carnicerías. Todavía recuerdo cómo uno de ellos cruzó los brazos sobre el largo cabo de la pala corazón y apoyó el mentón para contemplar el suceso.

¡Crack!

El ruido de los huesos que se quiebran por el mazazo es lo primero que impacta al neófito. No suena como nada que se haya escuchado antes. Lo segundo es la indefensión del animal que cae rendido al piso, pese a su imponente tamaño. El tercer momento es cuando el cuchillo sale del cuerpo tras haber llegado al fondo, dejando salir a borbotones la sangre más roja que alguien haya visto en su vida.

Estaban impactados. Por las siguientes horas no dejaban de comentar el hecho, con una mezcla de sorpresa y fascinación. La muerte del animal los había dejado helados, dudando de que eso fuese algo correcto.

A mí me resultó muy extraña su reacción, esa conmoción por lo que acababan de ver. Es que, en los diálogos que habíamos mantenido, ya habíamos hablado de cosas muy naturalizadas que resultan peores para la vida de una persona que el sacrificio de una vaca.

Uno de ellos tenía un hijo al que no veía porque la madre se lo había llevado. Convivía y tenía un hijo con otra mujer, pero estaba preocupado porque ya iba a salir el marido de la cárcel y tenía miedo de que lo busque por ese concubinato. Vivía como un problema tener que irse, pero no le preocupaba el destino del hijo que iba a dejar atrás, conviviendo con un expresidiario que iba a ver el rostro de la infidelidad en ese nuevo inquilino.

El otro estaba trabajando de albañil porque se había peleado con alguien que le quiso robar la cuadra que cuidaba como naranjita. Lo agarró a traición y lo apuñaló por detrás. El agredido no se murió y no fue noticia, pero pasó en la cuadra en la que trabaja un conocido, que me confirmó el hecho. No le tenía miedo a la policía, porque no lo buscaban. El miedo era por la posible devolución de gentilezas. El “dueño” de la calle le dijo que iba a conseguir alguien que la trabaje hasta que volviera, porque dependía de que le paguen ese alquiler.

Ese es el tejido social destruido en el que ayer se insertó otra tragedia más, pero en el conurbano bonaerense. En Lanús murió una nena de 11 años que fue asaltada y golpeada cuando estaba yendo al colegio a eso de las 7.30 de la mañana. Como consecuencia de los golpes, el miedo, la angustia y todas las sensaciones que pueden recorrer a una nena que todavía ni siquiera terminó el primario, llegó al colegio y falleció de un infarto. Era apenas más chica que los asesinos, de 14 años.

Los que tenemos hijas, hijos, sobrinos o nietos no podemos dejar de ver en esos hechos la suerte de que no fueron los propios, como si hubiera que agradecerle a algún tipo de fuerza superior que la tragedia decidió posarse sobre alguien más.

La inseguridad es uno de los grandes problemas de la gente, uno que arruina toda la calidad de vida. La caída de los ingresos, el aumento de la pobreza, la desocupación tienen mucho que ver en la situación, pero lo fundamental es la inacción de todas las esferas del Estado. El Estado debe garantizar la vida y la propiedad, todo lo demás es superfluo.

Todos los políticos, compungidos, decidieron suspender sus cierres de campaña. ¿Cómo se puede hacer un acto en medio del dolor de la gente?.

La realidad es que la campaña está lanzada desde hace meses. Todos circulan y tratan de conseguir votos en medio de un caos naturalizado. Estos hechos de inseguridad son cotidianos, a pesar de que no siempre terminan de la peor manera. Hemos naturalizado vivir mal, con miedo. Hemos aceptado que nuestros hijos no puedan caminar cinco o diez cuadras para ir o volver de la escuela.

Nadie le demanda a los políticos por la falta de patrullajes, por la puerta giratoria en la Justicia ni por la destrucción del salario. Ese es el mundo que han construido los políticos, uno en el que gozan de los beneficios del servidor público, pero en el que no se hacen responsables de nada. “Deuda de la democracia”, dirán algunos que están gordos por vivir de la misma desde hace décadas.

En los años que llevo escribiendo ya me ha tocado cronicar sobre estas cosas más de una vez. Pasa mucho más seguido de lo que la vorágine noticiosa nos permite recordar. Nunca, jamás, impacta en el ánimo de la gente, que apenas piensa en cómo sobrevivir a la crisis económica y a la inseguridad.

Algunos pedirán que el hecho no se politice. Quizás el presidente recibe a los familiares y les regala un cachorro de Dylan. Los más progresistas dirán que es culpa del neoliberalismo y la presión por “tener y ser dueños”. Los más a la derecha dirán que para esto hace falta libre portación de armas y pena de muerte.

Con estas mismas leyes, y en el mismo capitalismo, en Argentina no se vivía así de mal. Esto es solamente culpa de los políticos que juegan al poder mientras la gente pone la sangre.

El kirchnerismo impuso una visión trastocada de la realidad, donde el abolicionismo zaffaroniano, el pobrismo del Papa y los intelectuales que ven fascismo en el orden se dedicaron a destruir el estado liberal republicano que es garantía e igualdad para todos los ciudadanos, protegiendo especialmente a los que no pueden pagar por seguridad privada o no tienen contactos en la policía o la Justicia para que se resuelvan sus problemas.

Seguramente las mesas del distrito en el que ocurrió la tragedia sigan dando ganadores al gobernador, al secretario de seguridad, al intendente y a los demás responsables de lo sucedido, como si nada de esto hubiese pasado.

Todos nos asombramos por estas noticias, porque nos pasan más o menos lejos. Probablemente no cambie nuestra forma de ver las cosas, nuestra mala calidad de vida naturalizada. Todos, en el fondo, somos como los albañiles que se sorprendieron por ver la sangre de la vaca.

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