
Es uno de esos viernes de fin de año, donde las carteleras se superponen, el movimiento se duplica, la oferta se diversifica. Hay en la ciudad una vida artística y cultural contagiosa que expresa y convoca a las tribus.
Que Ca7riel y Paco Amoroso junto a Bad Bunny hayan sido los más aclamados en la reciente ceremonia de entrega de los premios Grammy Latinos, confirma que la Academia considera saludable el reencuentro de los artistas urbanos con una forma de hacer canciones que concita el aval de los más exigentes.
Cultura17 de noviembre de 2025
J.C. Maraddón
J.C. Maraddón
Si mucho antes de la pandemia los llamados géneros urbanos ya copaban la escena global, a la salida de la cuarentena con más razón se plegaron a la necesidad urgente de diversión y evasión por parte de los jóvenes que habían debido permanecer recluidos durante meses y que necesitaban descargar esa energía acumulada. Fue entonces cuando esos estilos, que en muchos casos ofrecían piezas bailables, alcanzaron su mayor grado de popularidad y obligaron a repensar el mercado discográfico, con la aparición de nuevas figuras que en muy poco tiempo cobraban fama y se ponían al frente de carreras que producían ganancias varias veces millonarias.
El rap, el trap, el reguetón y algo de electrónica eran los elementos integrados en esa novedosa fórmula, que en determinados países insertaba a su vez ritmos del folklore local, como fue el caso de Argentina, donde se nutrió de sonidos de la cumbia RKT, de los sones nativos y hasta del tango. La herencia rockera se hacía notar en el desprejuicio de las propuestas artísticas y en las letras, donde se exponía un lenguaje más que explícito, dirigido a promover el baile y el contacto sexual, aunque pudiera filtrarse por ahí uno que otro verso sobre la realidad social.
Desde los sectores más proclives a los consumos de la alta cultura, y también desde la trinchera del rock, se dispararon los dardos venenosos contra esta camada de intérpretes a los que se acusaba de un exceso de banalidad y de exhibir una estética lindante con lo bizarro. Sin embargo, pese a esas burlas, multitudes juveniles se sentían interpeladas por esa tendencia musical que crecía a paso firme y que se hacía fuerte en las redes sociales, pero que también invadía con su desfachatez los medios tradicionales y disputaba espacios a los nombres ya establecidos.
Cuando ya llevamos un extenso periodo de reinado de esas estrellas desafiantes, era lógico que su trayectoria empezara a avizorar otros rumbos, ante el peligro de un agotamiento de la veta que le había dado origen. Su versatilidad y su hibridez facilitaba las cosas, porque al no haber líneas de conducta prefijadas ni grandes consignas a las cuales respetar, los músicos podían decidir en libertad hacia dónde dirigir sus pasos, para que ese público que habían sabido cosechar, no se aburriera al advertir que sus ídolos seguían caminos previsibles, y prefiriera en todo caso buscar otros astros más desalumbrantes.
Pero lo que estaba fuera de cualquier cálculo era que, para practicar ese drástico golpe de timón, algunas de las celebridades urbanas se dispusieran a fusionarse con sonoridades vinculadas al jazz, al soul y a lo afrolatino, en lo que representó una vuelta a las raíces que nadie esperaba. Tanto el puertorriqueño Bad Bunny con su álbum “Debí tirar más fotos” como nuestros Ca7riel y Paco Amoroso con su “Papota”, se salieron de la zona de confort e intentaron legitimar el valor de su obra según parámetros que ya se creían anticuados. En ambos casos, salieron airosos y triunfantes del experimento.
Por eso, que ellos hayan sido los más aclamados en la reciente ceremonia de entrega de los premios Grammy Latinos, confirma que la Academia considera saludable este reencuentro de los irredentos con una forma de hacer música que concita el aval de los más exigentes. Queda ver, entonces, si los fans prolongan su satisfacción con este modo distinto de expresarse que han elegido sus admirados. O si, por el contrario, consideran una traición esa maniobra y salen en procura de valores emergentes que no renieguen de sus diferencias con lo ya conocido, es decir, con la música que prefieren los adultos.

Es uno de esos viernes de fin de año, donde las carteleras se superponen, el movimiento se duplica, la oferta se diversifica. Hay en la ciudad una vida artística y cultural contagiosa que expresa y convoca a las tribus.

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