Massa juega al crash

Las medidas electoralistas que toma el ministro-candidato aumentan el riesgo de que todo colapse más allá de diciembre.

Nacional 15 de septiembre de 2023 Javier Boher Javier Boher
2023-09-14-massa

Por Javier Boher

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Hace unos días tuve una interacción con un amigo a través de redes sociales. Me había mandado no menos de 25 video por instagram, aplicación que rara vez abro. Como hombre al que le gustan las palabras, prefiero sumergirme en twitter, esa red social plagada de enojo y frustración, pero también de ironía e información.

Al hablar sobre nuestras preferencias a la hora del uso de las redes sociales, el tema de “por tu trabajo tenés que estar conectado a esas cosas” salió rápidamente. Lo que vino después es lo que le pasa a la inmensa mayoría de los argentinos: “pero yo no me aguanto todas esas cosas, prefiero ver videos y no enterarme de lo que pasa”. La gente evita las noticias, los análisis, las prospectivas, las conjeturas porque vivir en este país y seguir los acontecimientos es de un nivel de estrés incompatible con la cordura.

Cuando Sergio Massa asumió al frente del Ministerio de Economía hace un año atrás todas las variables macroeconómicas estaban mal pero con posibilidad de recuperarse, a la vez que el Fondo estaba dispuesto a aportar fondos y los mercados apostaban a que podía venir una era de desregulación y apertura incipiente.

Sin embargo, pese a que se podía salvar al enfermo, todo se hizo siguiendo la línea del kirchnerismo en estado puro: gastar más, gastar peor, improvisar, seguir viendo y tratar de llegar. Prometer, prometer, prometer, que no hay tiempo para hacer. Massa enterró al país a causa de su falta de formación, a su compulsión por la simulación y a su genuflexión ante la vicepresidenta. Finalmente, las necesidades electorales y la casi segura derrota lo empujan a acelerar a fondo para tratar de superar a los rivales, a pesar de que ya lleva 20 millones de pobres sentados en el asiento del conductor.

Esta ultima semana Sergio Massa decidió detonar toda posibilidad de salir de la crisis de una manera no dolorosa, en oposición a todas las posibilidades que tenía para hacerlo cuando asumió el rol de ministro. Los acuerdos para que algunos sectores no paguen el impuesto a las ganancias y la posterior suba del mínimo, así como también la propuesta de eliminarlo por completo, generaron una situación extraordinaria de decenas de economistas y políticos llamándolo a que trate de entrar en razón. No solamente es el impuesto más progresivo de todos, sino que además representa buena parte de los ingresos del Estado Nacional. No será la gallina de los huevos de oro, pero por lo menos pone huevos como para poder hacer una tortilla o un flan cada unos días.

No contento con ese plan, redobló la apuesta con el anuncio del reintegro del IVA de los productos de la canasta básica hasta diciembre. Eso -que a simple vista es más que necesario para aliviar a los sectores más pobres en esta nueva fase de dos dígitos mensuales de inflación- corre el riesgo de convertirse en el medio para que los primeros chispazos de la suba de precios se conviertan en una hiperinflación.

Más disponibilidad de dinero en la mano de los consumidores que se destinará a más compras de bienes de primera necesidad (que en el año han subido por encima del índice general de precios) casi con certeza pondrá más presión sobre esos precios, acelerando la inflación. Si a eso se le agrega la renuncia a la recaudación de impuestos por la modificación de Ganancias, el Estado queda desnudo.

La frase de Massa al anunciar los cambios en Ganancias expone -al menos desde las conjeturas- cuál puede ser la apuesta del oficialismo, al pedirle a los beneficiarios de la medida que no vayan a comprar dólares, sino un auto o algo hecho en el país. Si hay algo que va a hacer la gente cuando le dicen que piense en pesos es poner la plata en dólares. Cualquiera con algo de experiencia -o memoria- sabe que hay que hacer exactamente lo contrario a lo que recomienda cualquier gobierno argentino en lo referido a los dólares.

Así, todos los economistas advierten que la puerta de salida a esta crisis es cada vez más pequeña, limitando las posibilidades de recomponer las cosas con gradualismo, aumentando las chances de un shock. El problema es que puede ocurrir que el shock tampoco resuelva las cosas, con una economía completamente indexada tras quince años de inflación creciente.

Recuerdo una entrevista al politólogo Luis Tonelli poco tiempo antes de las elecciones de 2019. Allí señalaba cuáles podrían ser los escenarios para los cuatro años que seguían. Decía que algunos creían que llegaría un stop-and-go (esa situación en la que los ciclos de crecimiento económico se veían interrumpidos por la falta de divisas del campo, con devaluaciones competitivas para reiniciar el ciclo) mientras que otros apostaban por un crash-and-go como en 1989 o 2001, con una profunda crisis político-económica que reseteara el modelo (cada una de las cuales dejó 15% de nuevos pobres estructurales).

Su advertencia -ya entonces- era que el riesgo de que no se diera ninguna de las dos era muy alto, inaugurando un nuevo e incierto escenario de crash-and-stop. La feroz sequía del verano pasado limitó la llegada de dólares, mientras que los pocos que había se escaparon por piruetas contables para evitar la devaluación, que finalmente llegó tarde y se trasladó casi completamente a la inflación por la falta de plan.

Ya pasó el stop y no llegó el go; pocos creen que se pueda evitar el crash. Mejor ponerse a ver bloopers en instagram.

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