La zozobra de una estrella que se apaga

Como un homenaje a la vida en el espectáculo, antes y después del éxito, Richard Linklater se alía con Ethan Hawke para palpar el ocaso de Lorenz Hart, un reconocido letrista de canciones de los años treinta, en el filme “Blue Moon”.

Cultura06 de enero de 2026Gabriel ÁbalosGabriel Ábalos
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Tres versiones de Larry Hart: él mismo, por Ethan Hawke y por Mickey Rooney.

Por Gabriel Abalos

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Richard Linklater, ese cineasta personal y dueño de un camino muy poco transitado en la industria, ha presentado en 2025 dos películas ficcionales que coinciden en su mirada hacia atrás sobre fenómenos del “mundo del espectáculo”. En “Blue Moon” se centra en la figura de Lorenz Hart, mitad de un dúo de creadores de canciones, Rodgers & Hart, que alimentaron la exitosa comedia musical escénica y fílmica, especialmente en los años treinta y cuarenta. En “Nouvelle Vague” homenajea al cine de Jean-Luc Godard, maestro de un nuevo lenguaje cinematográfico de fines de los años cincuenta a los sesenta. 

Aquí la mirada busca el primero de estos estrenos de Linklater, un filme que el director tenía en carpeta desde hace casi quince años, pero que decidió encaró justo a mediados de la década que transcurre. Blue Moon (luna azul o, quizá más apropiado, luna triste), es una película especial en su trayectoria, por su modo nostálgico, íntimo, que dista de ser una biopic para acercarse al período final de la vida de su personaje, Larry Hart, precisamente cuando el reloj corría sobre los últimos tiempos de su vida: era 1943, faltaban semanas antes de morir de neumonía, al dormirse alcoholizado a la intemperie, una noche helada de Nueva York. A esto lo muestra el propio relato desde el minuto cero. Es el prólogo a la acción narrativa que se desarrolla una noche particular de la vida de Hart: la del estreno de la comedia Oklahoma!, un hito del género, y primera obra de Richard Rodgers en la que la pluma de Larry había sido reemplazada por la de un nuevo partenaire, Oscar Hammerstein. Hay allí dos formas de “muerte” en torno al personaje protagónico, la biológica y la profesional, ya que Hart había sido dejado de lado y en el relato que formula Linklater, el letrista se pasa el tiempo del estreno al que ha evitado asistir, refugiado en el bar. Bebiendo, conversando con el barman, con un joven pianista y un periodista que se encuentra en el lugar, mientras finge cada vez que se trata siempre de la última copa. El alcoholismo fue uno de los problemas que pesaron sobre la carrera y la vida de Hart.

Ethan Hawke cuenta en una entrevista haber leído el guion de “Blue Moon” doce años atrás, pero Linklater enfrió su entusiasmo por encarar el papel diciéndole que era muy joven para “sentir” el personaje como debía. Solo una década después el dúo (con varias películas juntos en su haber) pasó a la acción para dar vida a un Larry Hart dolido, tratando de mantener su dignidad en alto, haciendo uso de su agudo sarcasmo al intercambiar con el barman (muy bien Bobby Cannavale), unos diálogos rápidos, ingeniosos, que a la vez son monólogos. También espera con ansiedad la venida de una hermosa joven, a la que idealiza, allí está la actriz Margaret Qualley, una gigante al lado del pequeño Larry. Que medía un metro cincuenta. Es de imaginar los dispositivos, los planos, las picardías de las tomas, y las flexiones de Ethan Hawke para “ser” Lorenz Hart. Más allá de esos trucos, Ethan está iluminado. Asume la teatralidad de un hombrecillo gay, triste, ilusionado en vano, con enorme chispa y lucidez, haciendo carne el carácter de letras suyas de canciones inolvidables, como la misma que le da título al filme. Hart se había volcado en esas letras y se mostraba poéticamente en la melancolía e incluso reía del autoflagelo: “Luna azul, me viste parado triste, sin una canción en el corazón, sin un amor para mí”, aunque retocada como final feliz, donde ya no está más solo el poeta, o bien se ha enamorado de la luna. Algo de dopamina. O se puede citar también versos de la canción “Me alegro de ser infeliz”, un tema realmente alegre y animado, donde se jacta de no ser un ganador, del amor no correspondido, de pasarla mal y afirma “Es un placer estar triste como un corderito perdido, sin mami ni papi, es un placer ser infeliz”.

Hay material fílmico de Rodgers y Hart donde se puede ver a Larry en acción, pero eso es pantalla y siempre sus ojos se ven tristes. También hubo una versión de comedia, con Mike Rooney en el papel de Hart. El Larry que recrean Linklater y Hawke es ese hombre destrozado, que lucha por mantener en alto su espíritu mientras se desliza hacia el desastre. Ese desastre no es la muerte, eso sería un enfoque determinista de la película, sino el olvido. El saber que de allí en más lo que sigue es el apagarse de su estrella. Dato curioso, la película de Mickey Rooney -dirigida por Norman Taurog- es de 1948, cinco años después de la muerte de Larry a los 48 años. Gene Kelly hacía de Rodgers. Y a Larry Hart le tocaba, en este caso, no el olvido, sino la versión risueña y optimista de Rooney, que era más o menos de su talla. 

Mientras tanto, el Larry de Ethan Hawke y el bar del hotel avanzan en el tiempo. Entre otras cosas, tendrá ocasión el protagonista de encontrarse con su contraparte, Richard Rodgers (Andrew Scott) quien llega triunfal con una corte de personas, luego del exitoso estreno de Oklahoma! La fiesta tendrá lugar en el piso superior. Larry acabará suplicándole a Rodgers volver a trabajar juntos, esboza un proyecto de superproducción algo delirante, quebrando el corazón de su ex amigo quien, sin embargo, ya es más amigo del éxito que de Larry. 

Se trata casi una obra de teatro de diálogos chispeantes con citas de películas y canciones, de una densidad emocional del personaje que ha mostrado ya su inteligencia, su desgracia y, por último, su absoluta indefensión, cuando hasta el alcohol se le manca. Puede verse como una “desrrooneyzación, o como se pueda decir un quitarse la sonrisa de Rooney; es un buen propósito si de lo que se trata no es de hacer comedia dentro de la comedia, sino un encuentro con un hombre que trata de mantenerse en escena cuando adentro se ha vuelto insoportable el miedo a la soledad y al olvido. 

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