Crisis del modelo capitalista y reordenamiento geopolítico

Nacional22 de enero de 2026 Eduardo Dalmasso
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Por Eduardo Dalmasso*

Pérdida de hegemonía y cambios en el tablero geopolítico

La crisis capitalista de gran profundidad, descripta en el apartado anterior, no se limita al plano económico interno de las sociedades centrales. Se proyecta sobre el orden internacional, alterando las relaciones de fuerza que sostienen la hegemonía occidental desde el final de la Segunda Guerra Mundial. En este contexto, la pérdida relativa de poder de Estados Unidos no constituye un accidente histórico, sino la consecuencia lógica del agotamiento de su patrón de acumulación y de su rol imperial.

El orden internacional de posguerra se construyó bajo condiciones excepcionales: supremacía productiva, liderazgo tecnológico, control financiero y capacidad político-militar. A partir de Bretton Woods, Estados Unidos diseñó un sistema monetario, comercial y financiero que garantizó su centralidad. Sin embargo, ese orden, definido y encuadrado dentro de la “Guerra Fría”, al facilitar la reconstrucción de Europa, el ascenso de Japón y la integración de nuevas economías al comercio mundial, generó las bases materiales de su propio cuestionamiento.

La competitividad de China, hoy su principal rival estratégico, es consecuencia directa de la expansión de las corporaciones multinacionales y del propio mercado norteamericano. A ello se suma la capacidad de la dirigencia china post-Mao para orientar un modelo de desarrollo apoyado en disciplina social, altos niveles de ahorro e inversión, lo que explica su rápido ascenso.

 

Nuevas realidades

Este cuadro acelera la erosión de la hegemonía estadounidense. El desplazamiento de capacidades productivas hacia Asia, la desarticulación de cadenas industriales completas y la pérdida persistente de empleos manufactureros deterioran la estructura productiva norteamericana. El impacto no es solo económico: amplias franjas de la clase trabajadora industrial ven erosionadas sus condiciones de vida, sus expectativas de movilidad social y su integración política. La crisis deja de percibirse como un fenómeno externo y se vive como una amenaza directa al empleo, al mercado interno y a la cohesión social.

La reconversión hacia una economía de servicios, sostenida por el patrón dólar y la atracción de su mercado, oculta un proceso estructural de debilitamiento productivo. En este contexto emerge el trumpismo, no como anomalía personalista, sino como expresión política de una fractura social profunda. El discurso proteccionista, nacionalista y unilateral canaliza el malestar de sectores desplazados por la globalización, al tiempo que redefine el ejercicio del poder imperial en términos más directos y coercitivos.

Estados Unidos conserva primacía militar, pero ve erosionada su supremacía económica relativa. La deslocalización industrial y la dependencia del endeudamiento externo configuran una contradicción central: el país que emite la moneda de referencia mundial necesita un flujo permanente de capitales para sostener su hegemonía. El dólar se consolida así como instrumento de poder y, simultáneamente, como factor de vulnerabilidad sistémica. Su condición de moneda de reserva permite financiar déficits persistentes, sostener el aparato militar y trasladar costos de la crisis al resto del mundo, compensando parcialmente la pérdida de competitividad productiva.

 

Resistencias

Cualquier intento de cuestionar ese predominio —acuerdos en monedas locales, sistemas alternativos de pago o desdolarización parcial— es percibido como una amenaza estratégica. La defensa del dólar se convierte en prioridad geopolítica, aun a costa de tensiones con aliados históricos.

La reindustrialización de Estados Unidos es un proceso complejo y prolongado. La adaptación tecnológica y la relocalización de capitales asentados mayormente en Asia exigen una readecuación profunda de su estructura productiva. Estas limitaciones, sumadas al elevado costo del complejo militar-industrial, explican la estrategia de la administración Trump de delimitar áreas de control y redefinir alianzas bajo un criterio estrictamente instrumental.

En este escenario, resulta comprensible que el imperialismo norteamericano desconozca progresivamente las reglas del orden que él mismo creó.

El multilateralismo, la apertura comercial y las instituciones internacionales dejan de ser instrumentos funcionales cuando ya no garantizan resultados favorables. La defensa de la hegemonía adopta entonces formas más unilaterales, coercitivas y selectivas, en abierta contradicción con los principios que Occidente proclamó durante décadas.

En este marco, Europa aparece crecientemente desprotegida. El repliegue relativo del paraguas estratégico estadounidense y la exigencia de mayores aportes para financiar su propia defensa exponen la orfandad geopolítica del bloque europeo. La subordinación histórica a la arquitectura de seguridad liderada por Washington se transforma en una carga económica y política difícil de sostener. Los nuevos patrones imperialistas impulsados por Trump profundizan esta asimetría: Estados Unidos prioriza intereses nacionales inmediatos, mientras traslada a sus aliados el costo material de una confrontación global que ya no controla plenamente.

Su intervención en Venezuela expresa esta lógica: control de recursos estratégicos, mercados y energía bajo una concepción abiertamente imperial. La emergencia de liderazgos como el de Donald Trump no constituye una anomalía, sino una respuesta en contextos de crisis profunda.

Este proceso, desprovisto de normas y consensos, linda con el caos.

*Doctor en Ciencia Política (CEA-UNC). Autor de la saga Génesis y expansión de la crisis capitalista (Alfil Diario, 2019/20).

 

 

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