
Ilusiones escritas con sangre
J.C. Maraddón
En el próximo mes de diciembre se cumplirán 25 años de la crisis de 2001 y seguramente el recuerdo de aquellos días aciagos ocupará columnas en los medios, donde se evocarán los detalles de ese estallido ciudadano y se analizarán las consecuencias a la luz del tiempo transcurrido. Los acontecimientos de aquel entonces ya son parte de la historia y, por ese motivo, admiten interpretaciones diversas según el enfoque que pretenda darle quien se toma el trabajo de desmenuzar el material de archivo, de recopilar testimonios y de trazar un cuadro de época con los recursos que estén a su alcance.
Lo difícil, a esta altura, es transmitir a las nuevas generaciones cómo era el clima que se vivía en ese momento, en una sociedad fracturada luego de más de una década con la cotización del dólar fija por la convertibilidad y con una recesión que había echado por tierra la fantasía de pertenecer al fin al primer mundo. Tras diez años de menemato, el gobierno de Fernando de la Rúa se revelaba incapaz de revertir la situación y, como último recurso para controlar los daños, recurría a Domingo Felipe Cavallo, el mismo ministro de economía que había inventado la ficción del peso convertible.
La corrupción en el Congreso, las medidas impopulares, el corralito y varios ítems más ayudaron a que la gente entrase en combustión y a que algunos apelasen al saqueo como forma de satisfacer sus necesidades y también como medio de protesta. Un país convulsionado eclosionó en las jornadas del 19 y 20 de diciembre, cuando el tronar de los cacerolazos elevó su tono y se desbarrancó hacia manifestaciones callejeras, represión policial y una sensación angustiante de lo que podría sobrevenir si es que alguna vez el caos daba paso a un retorno a los cauces institucionales.
Pero todo eso ya figura en los manuales y está a la mano de cualquiera que se interese por saber los pormenores de lo que sucedió. Más complicado es hurgar un poco más abajo y desentrañar las heridas que habían causado las políticas oficiales en el entramado social, con millones de personas sumidas en la pobreza y sometidas a condiciones de convivencia inaceptables, en rincones suburbanos donde carecían de servicios esenciales, donde el narcotráfico empezaba a encontrar zonas liberadas y donde la desprotección absoluta del estado habilitaba nuevas jerarquías de mando: operaba la ley del más fuerte y la violencia se esparcía sin control.
“La virgen de la tosquera”, de Lucía Casabé, es una película argentina estrenada en salas en enero de este año, que ambienta una oscura trama de amor adolescente en ese verano de 2002 que quienes lo atravesaron no podrán olvidar, sea cual fuere la edad que tenían en ese momento. Disponible ahora en HBO+, el largometraje se basa en dos cuentos de Mariana Enríquez, respetando el estilo de terror sobrenatural que caracteriza a esa autora, y cuenta con actuaciones que le imprimen credibilidad a un argumento pesadillesco, cuyo personaje protagónico, con su mirada inocente e hipnótica a la vez, presagia lo peor.
Así como el que termina el secundario debe enfrentar el abismo de decidir qué hacer de allí en más, algo que en el filme les sucede a Nati, Diego y sus amigas, también la Argentina se encontraba en esa ocasión frente a la encrucijada de afrontar un presente incierto y un futuro que nadie estaba capacitado para avizorar. Al relatar las cuitas sentimentales de una chica de una barriada con problemas de agua, luz, adicciones, hacinamiento y contención familiar, “La virgen de la tosquera” nos reenvía a aquel paisaje devastado en el que las ilusiones podían llegar a escribirse con sangre.







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