
Caras y caretas cordobesas
Víctor Ramés
Badesich o el aire fresco del absurdo (Segunda parte)
Dos preguntas encabezaban la nota que estamos compartiendo, que le dedicaba a Badesich el Vizconde de Lascano Tegui en Caras y Caretas, el 10 de junio de 1922. Una decía: “Es o no es diputado?”, y en la página de enfrente “¿Es o no es loco?” Con esto demostraba su ingenio el autor, por cierto, él mismo un personaje.
Emilio Lascano Tegui fue escritor, pintor y diplomático, y evidentemente no quiso perderse una entrevista con alguien entrecomillado entre tales interrogantes. Este entrerriano de Concepción del Uruguay escribió una obra maestra a los 36 años titulada De la elegancia mientras se duerme, que se editó en Bélgica y pintó la bohemia de los cenáculos del Plata “anclaos” en París, demorando la vuelta, en lenguaje de diario íntimo. Suficiente sobre el autor, retomamos el hilo de esta entrevista en Caras y Caretas, no desprovista de juicios sobre el entrevistado, referidos a la segunda de las preguntas enunciadas arriba:
“Si la locura toca preferentemente los centros intelectuales del enfermo, no ha hecho nada más que intensificar en Badesich los asientos de la voluntad. Su acción no es ciertamente la de un loco. La volición tiene en Badesich los caracteres de gravedad que un psicópata descubriría en un gran nombre de negocios en un país que no conociera las crisis sucesivas en que vive el nuestro. Los grandes comerciantes de la Edad Media debían tener esa misma voluntad que rinde melancólico a tanto especulador contemporáneo.
— Mi elección es pura — agrega sin recatos Badesich —Mi campaña electoral no adolece de ningún vicio. He dado 300 conferencias. ¿Para qué más engrudo y para qué más programas? La cámara anula la elección por «decoro». ¿Dónde coloca ella el decoro? ¿En la levita del electo, en las artimañas electorales que la preceden, en la acción histórica del nepotismo, en la tontera absoluta y religiosa?
Si eso es el decoro, yo carezco de decoro. Ninguna de esas taras es la mía. Sólo mi franqueza me ha sido perjudicial. Tal vez me haya hecho mal mi desaliño, tal vez mi inteligencia.”
El Vizconde conduce al entrevistado, como un periodista profesional, por los entramados de su nota, y cambia el rumbo.
“—¿Cuáles son sus proyectos?
—Los de un hombre que conoce los problemas de su patria. He sido telegrafista sin hilos en las islas Orcadas durante 3 años, y lo he sido en la estación de Formosa. ¿Quién ha abarcado mejor que yo la Argentina? ¿Qué argentino ha estado más compenetrado que yo con el resto del globo? Si los diputados cordobeses pudiesen oír la música de las ondas hertzianas durante tres años en las islas de las Orcadas, el ruido del mundo desde esa «soledad argentina», su juicio variarla. Y no sería el sentido común la medida con que considerara la idea, el esfuerzo, el programa y la obra de un revolucionario como parezco.
He aquí todo el misterio de la vida de Badesich. Es un hombre de otro planeta que ha caído en Córdoba, a dos pasos del telescopio de pequeño alcance de Martin Gil, y debe parecernos desviado. Sus movimientos, sus palabras deben parecer inactuales y deben parecer dañinas. Su locura es manifiesta como que es una actitud humana, inocente v natural. Dentro de una ciudad debe inquietar. En una cámara, adquiriría el aspecto terrorífico de una bomba, si no tuviera los contornos ingenuos de un bufón, o, mejor dicho, si la sonrisa del universitario no detuviera con el pie al marciano que en vez de entrar a la casa por la puerta principal creyó que era lo mismo entrar saltando la pared del fondo.
En todas nuestras provincias hay tipos como Badesich que son anulados por «el gran sentido común de los provincianos».”
La respuesta definitiva a la primera de las preguntas, “¿Es o no es diputado?”, había sido ya dada por la Comisión de Poderes de la Cámara, cuando mencionaba Badesich el “decoro” en la entrevista de Caras. Esa palabra figuraba en el dictamen, donde se afirmaba que Badesich “es una persona notoriamente incapacitada para desempeñar las funciones de legislador” y que el rechazo del cuerpo se hacía “por decoro”. Si bien el protagonista de esta historia viajó a Buenos Aires en busca de apoyo, Yrigoyen no lo recibió, y -afirma un artículo de La Capital de Rosario, en 1984- “escuchó sus reclamos y pretensiones algún funcionario de segunda categoría, el que sin duda alguna las destinó al archivo del olvido de la burocracia oficial.”
Tal vez lo más importante de esta historia fue la rápida e intensa fama que adquirió Badesich en los medios de prensa, el punto más alto de una popularidad que luego, por contraste, decayó de manera definitiva. La fama de Badesich en esos días era como un sello: no necesitaba siquiera del “Enrique”, el apellido solo se había convertido en emblema de un estilo que tiraba en parte hacia el humor, en parte hacia la locura, pero que representaba a la vez una protesta contra la ceñida y superficial seriedad de los políticos, contra la seguridad patriarcal de sus gestos, de sus decisiones, de sus negocios. Un número anterior de Caras mostraba una caricatura del personaje del momento, titulada “El loco cuerdo de Córdoba”, donde se leía la siguiente rima:
“Badesich: Que soy loco se asegura / y por broma me han votado. / He salido diputado. / De algo sirve la locura.”
La discusión sobre si Badesich era o no era un loco, se fue apagando junto a la igualmente rápida desaparición en el interés de la prensa y agotamiento en la atención de los lectores. Hubo una larga posteridad para olvidar a Badesich hasta su muerte en 1961. Su final exhibe lo arraigado de ese olvido, hasta el punto de que, según se comenta, no hubo nadie que se presentase a reclamar su cuerpo. Un final triste para alguien capaz de colgar, cuarenta años antes, el aire fresco de una sonrisa en el rostro del país.







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