
El frenesí seminal
J.C. Maraddón
En muchos grupos de rock que han tenido una carrera dilatada, suele haber un álbum bisagra que parte en dos ese trayecto y obliga a que cualquier análisis hable de un antes y un después de ese lanzamiento al que todo parece remitir. La discografía encuentra así un quiebre que cierra un ciclo y abre otro, a partir de un cambio en la sonoridad de la banda que se volvería duradero o de un suceso inusitado que suma legiones de fans y transforma a una promesa rockera en un nombre rutilante al que se le rinden las pleitesías propias de los grandes.
Para Red Hot Chili Peppers, la emblemática formación californiana que lleva más de cuatro décadas sobre los escenarios, ese trance clave se verificó en 1991, cuando apareció el disco “Blood Sugar Sex Magic” y, de ser figuras de culto para un segmento acotado de melómanos, pasaron a convertirse en celebridades y a ubicarse a la par de los consagrados. Hasta entonces, sus locuras en escena y fuera de ella, eran rasgos exóticos de sus integrantes, entre los que calificaban como líderes el bajista Flea y el vocalista Anthony Kiedis, con sus permanentes salvajadas, como por ejemplo desnudarse en los shows.
Los Red Hot se volvieron famosos en el mismo momento en que el grunge emprendía el viaje desde Seattle al infinito, en simultáneo con el apogeo de los Guns N’Roses y su álbum doble “Use Your Illusion” y con la eclosión del disco negro de Metallica. Frente a ese estallido de rocanrol que se las daba de áspero y no exento de cierta rusticidad, el funk rock desaforado de los Red Hot Chili Peppers representaba un exabrupto que triunfó por su originalidad y porque, además, proponía una extraña balada como “Under The Bridge”, que podía sonar agradable a los oídos más refinados.
El éxito los situó en un pedestal del que nunca más iban a bajarse. De repente, les quedó chico el rótulo de “alternativos”, con el que se solía calificar su estilo inclasificable. Y debieron asumir que ya no estaban para escandalizar a la burguesía desde sótanos apestosos, sino que se les imponían giras internacionales con espectáculos de estadios, a los que debían adaptar su puesta escatológica para que nadie saliera defraudado. Fue un proceso en el que no faltaron dificultades, del que emergieron triunfantes a pesar de que en el medio los problemas amenazaron con superar su resistencia.
Pero antes de “Blood Sugar Sex Magic” hubo una etapa formativa que tampoco fue un lecho de rosas y que, al revisarla, explica cómo fue la génesis de ese fenómeno que ellos protagonizaron, sin prenderse en ninguna movida sino destacándose como la excepción a la regla. En ese camino a la gloria, brilla con luz propia el talento de Hillel Slovak, el guitarrista original que era el factótum de la banda, hasta que entró en una espiral de excesos que culminaron con su muerte en 1988 por sobredosis de heroína, una tragedia que a poco estuvo de dar por tierra con el grupo.
El documental “The Rise of the Red Hot Chili Peppers: Our Brother, Hillel”), dirigido por Ben Feldman, colabora desde la grilla de Netflix para entender cómo empezó y se consolidó esa comunidad de amigos cuyo interés por la música los llevó a erigirse en ídolos rockeros de varias generaciones. Se trata, por encima de todo, de un homenaje póstumo de los sobrevivientes a ese compañero caído en combate, que ayudó a definir el rumbo de esa aventura de la que todavía cabe esperar nuevos episodios. El vértigo y la explosividad de las imágenes, son coherentes con el frenesí de aquel periodo seminal.







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