
El tercero excluido
J.C. Maraddón
La predilección de ciertas personas por sostener posiciones extremas y defenderlas contra viento y marea no es un fenómeno exclusivo de la época que atravesamos: siempre ha habido cultores de ese deporte que, en sus manifestaciones más virulentas, ha terminado en tragedia. Sin embargo, todo parece indicar que por estos días atravesamos una radicalización de esas prácticas, cuyas consecuencias son por demás evidentes en la política, en la economía, en el deporte, en la cultura y en muchos otros ámbitos donde los enfrentamientos verbales adoptan una modalidad agresiva, sin espacio para buscar alguna vía de conciliación que ponga paños fríos al asunto.
Es obvio que, aunque no son el único factor, las redes sociales fomentan esas discrepancias, con su vocación por encasillar a los usuarios en categorías irreductibles para que así sea menos complicado venderles algún producto. A fuerza de algoritmos, imponen una mirada parcial sobre las cosas que, cuando choca con una visión contraria, en vez de procurar un acuerdo que salde las incompatibilidades, exacerba las divergencias y contribuye a elevar el volumen de la discusión y a buscar argumentos que descalifiquen a quien ha osado plantear una perspectiva distinta. Sólo con observar algunos comentarios a los posteos basta para advertir que las disonancias van en aumento.
La dictadura del clic, del like, del play y de cualquier otro tipo de interacción, ha determinado que la polémica es uno de los recursos que más rinde, y por eso se prefiere impulsar el desacuerdo; mientras más furioso sea el intercambio, mejor. Como todo lo que está ocurriendo online, esas estrategias se trasladan luego a la vida real y constituyen una influencia nefasta para las relaciones humanas, con sujetos que consideran enemigos mortales a algunos de sus pares, porque se han atrevido a expresarse en sentido contrario a lo que ellos afirman.
En esto también los medios tradicionales han resuelto seguir la dirección que marcan los soportes virtuales, porque de igual manera para ellos eso representa más lectores, más rating, más oyentes, un beneficio al que no pueden renunciar en tiempos como los que estamos viviendo. Ni qué hablar del streaming, un formato en el que los panelistas acostumbran a desafiarse con opiniones discordantes en temáticas que van del fútbol a la ideología y de la gastronomía a la música. Si el mate se toma amargo o con azúcar puede ser un asunto de vida o muerte que lleve largos minutos dirimir.
¿Es imposible pensar que esa dicotomía matera se salde pensando que cada cual ingiera la infusión como le plazca? Por supuesto que es factible arribar a esa conclusión, pero si todo se resuelve sin sangre, se supone que menguará la atención, que caerán las métricas y que el producto no va a disparar la necesidad de la gente de dar a conocer si está a favor o en contra. Incentivar la irascibilidad humana es el objetivo de esas compulsas que, de repente, nos transforman en el adversario de un desconocido con el que hemos entrado en una poco feliz controversia.
Quizás no sea este el motivo principal por el que Fito Páez recibió los abucheos de sus propios fanáticos el miércoles pasado en el Movistar Arena de Buenos Aires, cuando durante un show decidió tocar completas una tras otra las canciones de su obra “Novela”, antes de complacer al público interpretando sus grandes éxitos. Aunque, convengamos que, entre los silbidos de sus seguidores y la insistencia del músico en su propósito de despedir su disco anterior, se produjo el cortocircuito que replicó en un concierto esos choques tan frecuentes en las redes sociales, donde una mínima chispa desata un incendio de grandes proporciones.
Y después de que se ha consumado el entredicho en el campo de la realidad y que ha alcanzado tal nivel de difusión, ¿cómo no aprovechar ese combustible para que se viralice la ponzoña y la sociedad toda se vea obligada a decir si le parece bien lo que hizo la estrella rockera o si la razón les asiste a los inocentes espectadores que sacaron una entrada para escuchar en vivo los temas que estaban dispuestos a corear a gritos, y se encontraron con que desde el escenario no se les devolvía nada que estuviera de acuerdo con sus expectativas?
Podría ser que se tratara de un simple malentendido, por el que la voluntad de Fito de honrar a un álbum no tan fácil de digerir no fue comprendida por un auditorio cuya predisposición tuvo un límite y, una vez traspuesta esa barrera, no encontró mejor forma de reaccionar que hacer oír su queja. Suena lógico analizar así lo acontecido, pero no es esa una explicación que satisfaga las demandas de un mercado en el que la confrontación cotiza mucho más que lo salomónico. Es blanco o negro, en un universo tan binario como el lenguaje de la computación.













