
Invocar la juventud
J.C. Maraddón
Tras una etapa fundacional en la que salieron a la luz los pioneros y luego emergieron bandas señeras como Almenda y Manal, el rock argentino ingresó en una nueva fase a comienzos de los años setenta, cuando algunos de aquellos que marcaron el rumbo se entremezclaron y dieron origen a nuevas propuestas. También se produjo poco después la irrupción de jóvenes talentos como Charly García, Raúl Porchetto y León Gieco, que con posterioridad iban a copar el panorama e iban alcanzar cierta popularidad, antes de que la dictadura obligara al movimiento a parapetarse otra vez en las catacumbas del circuito alternativo.
Pero fue hacia 1971 el momento en que esas formaciones que hicieron la punta, comenzaron a disgregarse y a abrir el panorama hacia otros horizontes. Litto Nebbia, por ejemplo, que había estado al comando de Los Gatos, emprendió un trayecto distinto en el que predominó cierta fusión folklórica. Norberto Napolitano dejaba su puesto de guitarrista en aquella banda para armar Pappo’s Blues, en tanto Claudio Gabis, Javier Martínez y Alejandro Medina, de Manal, se prendían en la aventura de La Pesada del Rock And Roll que regenteaba Billy Bond, y Miguel Abuelo se apartaba de Los Abuelos de la Nada para un fugaz paso por el grupo El Huevo, antes de radicarse en Europa.
Como uno de los nombres fundamentales de la génesis del rock en español, Almendra brilló y se apagó poco más tarde, para que sus miembros se entregaran a otros recorridos creativos. El guitarrista Edelmiro Molinari asumió el comando de Color Humano, donde a poco de andar iba a desempeñarse en la batería Oscar Moro, otro ex Los Gatos. Y Luis Alberto Spinetta arrancó su trayectoria con Pescado Rabioso, tras algunos viajes al exterior y la grabación de un álbum como solista que iba a sufrir un revés comercial y se iba a convertir en un disco de culto.
El bajista y el baterista de Almendra, Emilio del Guercio y Rodolfo García, respectivamente, iban a seguir juntos cuando le dieran forma a Aquelarre, en un trío al que se incorporó en guitarra Héctor Starc. Pasados unos meses, el tecladista Hugo González Neira, que venía de tocar junto a Litto Nebbia, completó la integración de esta banda que en 1972 sorprendió con su debut discográfico, en el que al blues rock de moda entre los rocanroleros locales, le agregaban toque de psicodelia y algunas pinceladas de esa música progresiva que muy pronto iba a dominar la escena.
No tardaron en ubicarse entre los intérpretes más destacados del género y obtuvieron la aprobación del público y la crítica, en una época pletórica de agrupaciones que pugnaban por salir del anonimato y posicionarse a la vanguardia. En medio de un clima político agitado, con censores que no les hacían fácil el trabajo a los letristas, el mensaje de Aquelarre quedaba encriptado detrás de un vuelo poético notable. Sin embargo, el tema más recordado del grupo es “Violencia en el parque”, un simple de 1973 que retrata una situación en la que el amor y la paz predicados por los rockeros chocaba contra una realidad que no era ni pacífica ni amorosa.
Los tres álbumes posteriores, editados en años sucesivos, no decepcionaron las expectativas que habían generado, pero el desgaste de la relación entre los músicos los ponía al borde de tomar direcciones separadas. El golpe de estado de 1976 los redirigió hacia España, donde estaban de gira, y los incitó a mantenerse unidos para resistir las inclemencias del exilio. Desde entonces, volvieron para una primera despedida en 1977 y se embarcaron en diversas reuniones fugaces a lo largo de todas estas décadas, hasta que el fallecimiento de González Neira (en 2016) y de García (en 2021) agotó la ilusión de que volvieran a juntarse.
De manera inesperada, el Salón de actos del Pabellón Argentina de la Ciudad Universitaria, fue escenario el viernes pasado de una improvisada conjunción entre Emilio del Guercio y Héctor Starc, quienes accedieron a entonar dos canciones de Aquelarre ante una platea que los observaba atónita. Fue durante la presentación del libro “Alternativa. Historias jamás contadas del rock argentino”, donde se narran las memorias de Mario Luna, escritas en colaboración con Alberto Ítalo Amuchástegui, un volumen publicado en marzo por la Editorial de la Universidad de Villa María (Eduvim).
A la infaltable “Violencia en el parque” le siguió “Aventura en el árbol”, del primer disco, en la que se notó que, a pesar del tiempo transcurrido sin tocarla, quedaba en ambos mucho del espíritu juvenil que los animaba en tiempos de Aquelarre y que pervive en ellos más de medio siglo después. Fue un festín para los melómanos que asistieron a esa velada y que salieron del recinto con una sonrisa dibujada en los labios, como si hubiesen presenciado una ceremonia en la que, además de consagrar la aparición de un libro, se invocó a un pasado musical inolvidable.








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