
Hoteles de Embalse, recuerdos o recursos
Javier Boher
Muchos de nosotros debemos tener algún recuerdo vinculado a los hoteles de Embalse, el complejo turístico pensado y construido para que muchos argentinos accedan a viajar por el país. El mío es haber viajado a jugar un torneo de rugby infantil sin caer en la dinámica habitual de alojarse en una casa de familia.
Hoy son noticia por la discusión sobre qué corresponde hacer con esas instalaciones, habida cuenta de que el gobierno nacional considera que no vale la pena sostener todo un complejo como ese cuando la oferta hotelera en las sierras ha explotado en las últimas décadas y que un Estado quebrado que no puede asegurar otras prestaciones mucho más elementales no puede estar a cargo de algo tan específico como eso.
Ahora parece que el municipio quiere avanzar en algún tipo de acuerdo con la nación para conseguir la cesión del predio. El argumento es que han quedado unas 250 personas en la calle, algo increíble cuando se piensa que solamente funciona uno de todos los hoteles. ¿Cuánto le costaría a los vecinos de Embalse sostener esa nostalgia peronista?¿Cuánto le costará a todos los cordobeses cuando se pruebe fútil ese intento municipal y la provincia deba salir a hacerle frente?
Debe haber sido el año 2004 o 2005 cuando pasó algo importante con el Hotel Edén. No recuerdo de qué se trataba, pero sí de haberlo comentado con un compañero de La Falda. Mi posición era que estaba buenísimo y valía la pena hacer el gasto para preservar el patrimonio histórico. En aquel contexto de una economía que seguía planchada, la respuesta de mí compañero fue que era comprarse un gasto enorme sin ningún beneficio claro.
Embalse tiene 9.660 habitantes. Según declaraciones del mismo intendente, mantener a los empleados del hotel cuesta mensualmente 45 millones de pesos, casi $4.700 por vecino, $18.800 por familia tipo, muy parecido a lo que cuesta Rentas para una casa en un barrio de clase media. El buenismo con plata ajena es un mal que se debe combatir, porque la solidaridad puede salir bastante cara como para que sea una imposición.
El intendente no puede hacer otra cosa que lo que hace, echándole la culpa al gobierno nacional y argumentando que lo único que le importa a los libertarios es vender todo para pagar la deuda externa. Su obligación es enfrentarse a esa decisión política, aunque tenga poca probabilidad de prosperar.
No se pueden sostener políticas públicas basadas en una visión romántica del pasado o recuerdos emotivos de la infancia. Aferrarse a lo viejo no tiene sentido, pero mucho menos todavía cuando se trataría de cargar sobre un pueblo como Embalse todo el gasto enorme de recuperación y mantenimiento de un producto turístico que hoy es difícil de vender: ¿Cuánta gente está dispuesta a ir a un hotel en el que casi no hay baños privados sino que lo comparten con otra habitación o con todo un piso?
Seguramente vale la pena preservar el patrimonio histórico y defender los puestos de trabajo, pero hay que ver si el costo de ambas cosas puede ser afrontado por el Estado en un contexto como el actual. La decisión es producto de una negociación política donde cada sector debe ponerse a negociar qué estaría dispuesto a recortar para sostener el complejo. La mayoría de los implicados probablemente prefiere atesorar las fotos y los recuerdos del hotel en lugar de ceder los recursos de los que disfrutan con el reparto actual.


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