
Nadie es mejor por amargarse
Javier Boher
El de las reacciones es todo un género de los videos en redes sociales, probablemente una de las peores cosas que se pueden ver mientras se pasa el tiempo en ellas. Más allá de esa sobreactuación que poco tiene que ver con el fútbol, lo real es que todos reaccionamos de manera diferente a lo que sucede en un mundial. Claramente la mayoría disfruta lo más que puede, pero siempre hay otros afectados por la política.
Aprendí esta lección en el mundial de Alemania 2006, cuando se insinuaba el caso Skanska y la gente se ilusionaba con que los Pekerboys finalmente trajeran la copa que se nos negaba desde hacía 20 años. Mientras una gran mayoría de la gente ignoraba las denuncias por corrupción para entretenerse con las decenas de argentinos que transmitían para la televisión, otros nos indignábamos pensando en que la pelotita era una gran cortina de humo para que la opinión pública no se concentrara en las cosas importantes. Al final, no servía más que para enojarse y no poder disfrutar de los pocos momentos de alegrías compartidas.
El mundial de 2014 fue un momento cumbre, con una inflación que seguía acelerando y denuncias de todo tipo y color. La corrupción incluso ya se había cobrado algunas vidas, con la tragedia de Once de dos años antes, pero estábamos entregados a preguntarle a Brasil qué se sentía tenernos allá. Otra vez disfrutando con el freno de mano puesto.
El título de 2022 tuvo la particularidad de ser bajo un gobierno kirchnerista, que algunos pensaron podrían capitalizar políticamente. Messi y compañía decidieron quedarse al margen y disfrutar con la gente, esa que había sufrido el peso de la cuarentena y una inflación que se desbocaba. Desde ese momento hubo una pequeña, minúscula, porción del electorado argentino que le declaró la guerra a los futbolistas campeones del mundo. ¿La razón? Ser “desclasados”, renegados de sus orígenes humildes que no velan por los intereses del pueblo y la nación, como si darle alguna alegría a la gente haciendo lo que saben hacer no fuese mucho más importante que las cadenas nacionales con monólogos contando logros imaginarios.
Todo eso se repite ahora, pero de una forma incluso más triste. Mientras Lionel Messi se dedica a jugar y a demostrar por qué es el mejor de la historia, algunas personas no pueden ser felices. Caen en la ridiculez de señalar que el país entrega la soberanía a Estados Unidos o que tenemos una invasión de productos importados mientras todos nos distraemos viendo al Dibu Martínez poniéndole limón al asado o al Chiqui Tapia dando vuelta una ristra de chorizos en la parrilla. A nadie le importa -mientras dure el mundial- el tema de las denuncias por corrupción en la AFA; ya va a haber tiempo para volver sobre eso cuando se termine este breve rayito de sol que nos abriga en medio de los nubarrones que nos taparon los últimos meses.
Lo correcto es evitar la masificación en un sentimiento que nos lleva a ignorar lo que pasa a nuestro alrededor, pero nadie es mejor persona por renegar bajo las premisas de teorías conspirativas o convicciones emanadas de visiones extremas de la sociedad. Ya va a haber tiempo para sentirse mal cuando todo esto se termine y tengamos que esperar otros cuatro años para renovar la ilusión. Mientras tanto, parafraseando aquel spot de Tapia que se volvió meme: no me trates de arruinarla… disfrutala. Estar amargado no te convierte en mejor persona, solo te impide ser feliz.




Dallas vibra por Messi con su calles vacías y el calor desértico


Bornoroni, Rodríguez Machado y Carrizo, se juntaron con Santilli

Enroque corto | Rosca, vecinalismo y debate: el mapa político de Córdoba hoy

El Congreso radical cambia de manos y De Loredo consolida el control de la UCR


Capital, la paradoja del PJ: su mayor problema y principal necesidad




