
El rock que sonreía
J.C. Maraddón
Desde los inicios del género y hasta los años finales de la dictadura, en el discurso del rock argentino predominaba un tono más bien declamatorio y poético, que pretendía traducir las bondades de la lírica urbana a la jerga de las nuevas generaciones. Tal vez sea Billy Bond una de las pocas excepciones a esa necesidad que tenían los rockeros en aquella época de ser reconocidos a la par de músicos de otros estilos. Y quizás creían que para lograrlo era necesario cantar sobre cuestiones profundas y apelar a figuras literarias ingeniosas, en el afán de que se los aceptara como artistas de fuste.
De hecho, la aparición de Virus a comienzos de la década del ochenta no fue muy bien recibida ni por la crítica ni por muchos de sus colegas, que caratulaban como frívola a esa banda de La Plata cuya consigna era “bailar el Wadu Wadu”. No resultó fácil para esa comunidad rockera entender la ironía subyacente en esas canciones y por eso al principio la banda de los hermanos Moura obtuvo el rechazo como respuesta a lo que proponía. Sin embargo, su cruzada contra el acartonamiento iba a tener eco en otras formaciones que eclosionarían poco después.
Temas de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, de Sumo, de Charly García, de Soda Stéreo y de Gustavo Santaolalla se plegaron a esa intención que romper los moldes y aportar una cuota de humor, en contraste con la desazón producida por la derrota en Malvinas y las noticias que empezaban a detallar las atrocidades cometidas por el régimen militar. Fue una demostración del hartazgo por la pacatería reinante a lo largo de los años de plomo, y una ruptura con la etapa anterior de un movimiento musical que casi no se había permitido mofarse de sí mismo.
Dos nombres iban a ser fundamentales en aquel contexto para que, una vez abierta la brecha por Virus, se consolidara una vertiente jocosa dentro de la grey rockera: Los Abuelos de la Nada y Los Twist. Y en ambos casos tuvieron que luchar a brazo partido porque se los tomara en serio, debido a que el desprejuicio de su repertorio inspiraba desconfianza en esos tiempos en que todavía se exigía una delimitación nítida entre el arte y el comercio, y se condenaba con ferocidad a todo aquello que aparentase estar más cerca de lo segundo que de lo primero.
Miguel Abuelo, desde la altura de su leyenda como pionero del rock en castellano que había peregrinado hasta Europa para universalizar su prédica, sufrió agresiones varias cuando le tocó actuar con su grupo en festivales donde sus maneras no encajaban. Y Pipo Cipolatti llevó al límite su pasión por kitsch, a través de canciones que podían ser indigeribles para los rocanroleros más tradicionalistas, pero que terminaron siendo adoptadas por el público en general. En los dos casos, fue el efecto de la difusión radial lo que inclinó la balanza y les otorgó una popularidad que no estaba en los planes de nadie.
Como cómplice de esas dos figuras, Daniel Melingo hizo su entrada triunfal en la escena, primero como saxofonista y clarinetista de Los Abuelos de la Nada, y en simultáneo cumpliendo la misma función, además de tocar la guitarra rítmica y cantar, en Los Twist. En el segundo disco de Los Abuelos, “Vasos y besos”, Melingo iba a lucirse como compositor e intérprete de “Chala-Man”, un reggae de contenido desopilante que fue uno de los temas más escuchados de un disco que aportó hits como “Mil horas” y “Así es el calor”, cuya condición de clásicos hoy nadie pondría en duda.
Mientras tanto, su desempeño como compinche creativo de Cipolatti en Los Twist lo llevó a cumplir un rol determinante, más aún luego de que Fabiana Cantilo abandonó la formación para dedicarse a trabajar a tiempo completo junto a García. Los hallazgos cómicos que pergeñó Daniel Melingo junto al líder del grupo se cuentan entre los más ingeniosos que se hayan conocido entonces. Y sus juegos de palabras desafiaron los límites que la sociedad imponía al uso del lenguaje, a pesar de que la democracia recuperada suponía la máxima amplitud para la libertad de expresión, algo que en los hechos no era tan así.
Hacia el fin de siglo, Melingo se entregó a una veta tanguera que había heredado de su familia, pero hasta en esa etapa es factible hallarle un costado paródico a su obra, que incluso había tenido en 1985 una versión televisiva con su participación en el programa “Videoscopio”. El fallecimiento de Daniel Melingo, a los 68 años, provoca ese sinsabor propio del no poder asumir que ya no esté más entre nosotros aquel que supo cómo hacer para sacarnos una sonrisa, en momentos en que el presente estaba en ebullición y el futuro prometía lo que nunca pudo cumplir.







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