
La mirada de Lorca
J.C. Maraddón
Aunque llevamos transitados apenas 26 años del tercer milenio, hay muchas cuestiones del pasado reciente que parecen haber quedado en un lugar remoto de la memoria, a partir de los cambios radicales que se han producido en las ideas y en las tecnologías durante los últimos tres decenios. Más allá de que varias de esas alteraciones pueden ser juzgadas como negativas, hay otras que buscaron suavizar ciertas brutalidades todavía vigentes en la sociedad, cuyo ejercicio condenaba a ciertos segmentos de la población a soportar la discriminación y el maltrato como si hubiera una ley natural que dotara a otros de un poder omnímodo.
La evolución a la que dieron lugar las revoluciones industriales y que se consolidó en su espiral de ascenso durante el novecento, queda hoy reducida a un cosquilleo si la comparamos con los prodigios de la ciencia a los que hemos asistido en las pasadas dos décadas, cuya más reciente expresión es la inteligencia artificial, de la que todavía no somos capaces de vislumbrar las consecuencias. La sola enumeración de esas novedades basta para explicar por qué la humanidad atraviesa por una de sus crisis más profundas y a qué se debe que se hayan abierto preguntas insospechadas en el campo de la filosofía.
Pero, además, paradigmas inéditos se han erguido en desafío a la cosmovisión tradicional, que si bien tienen su origen en aquellos escandalosos años sesenta, recién en un periodo más cercano han alcanzado el estatus de políticas de estado. Esto no garantiza su aceptación mayoritaria ni la vigencia irrestricta por los siglos de los siglos de esta condición del pensamiento, pero al menos ha logrado interpelar a no pocos defensores de la antigua concepción moral y los ha situado en la posición de admitir que ciertas pautas hegemónicas responden a patrones culturales y no a un mandato natural.
Frente a semejante revisión de la conciencia social, el universo alrededor del cual ha girado hasta ahora la producción literaria contemporánea se ha visto convulsionado por el imperativo de la (post)modernidad, empecinada en caducar aquello que perdió vigencia. Clásicos de las letras universales, que en su momento fueron de aclamación indiscutida, se aproximan hoy a las fauces de la cancelación, si es que nadie se digna a adecuarlos para que eludan la categoría de malditos. Y en esa adaptación, no se debe ser irrespetuoso con el original, para que la crítica erudita no ponga el grito en el cielo.
El próximo martes 18 de agosto, se conmemorará el nonagésimo aniversario de la muerte de Federico García Lorca, fusilado en los albores de la Guerra Civil Española por militares franquistas, quienes lo habrían acusado de reportar como espía ruso y de ser homosexual. Poco antes de esa infausta jornada, Lorca escribió la pieza “La casa de Bernarda Alba”, considerada una de sus mejores obras, que como otras de su autoría se refiere a la triste condición de la mujer en una España patriarcal que había depositado en la República la esperanza de salir del oscurantismo.
Por el contrario, con el triunfo fascista sobrevendrían más de tres décadas de gobierno del dictador Francisco Franco, lo que obligó a que aquel drama lorquiano recién fuera publicado y estrenado en 1945 en la ciudad de Buenos Aires a instancias de Margarita Xirgu, quien se había exiliado en Latinoamérica. Desde entonces, han sido infinitas las veces que se ha representado “La casa de Bernarda Alba”, hasta convertirse en un clásico de la dramaturgia universal. Esa mujer sexagenaria que, tras la muerte de su segundo marido, impone un luto de ocho años a sus cinco hijas, se ha erigido en el estereotipo de la matrona insobornable.
Como era de esperar, una trama de ese tipo prefiguraba una vigencia futura que la perspectiva de género ha contribuido a hacer realidad. Y como parte del mercado de arte Girart, que se desarrolla por estos días en Córdoba en su novena edición, el elenco de Buenos Aires Compañía de Señoras puso en escena el martes en el Teatro Real una magnífica versión del texto de Lorca. Bajo el título de “Bernarda (la de la casa)”, esta relectura se enrola en la técnica del clown y consigue que el público ría y se estremezca, a la vez que actualiza la historia sin necesidad de desplazarla hacia el presente.
Con este tipo de espectáculos, que se complementan con showcases y rondas de encuentro entre artistas y programadores del país y del exterior, Girart certifica la calidad de su propuesta y la constancia en su propósito de generar un espacio donde la cultura optimice su circulación y su visibilidad. Y con “Bernarda (la de la casa)” se ha rendido un justo homenaje al genial escritor español, a noventa años de su martirologio a manos de quienes, ayer y hoy, adoran tanto la uniformidad que no dudan en acribillar lo distinto.




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