
Caras y Caretas Cordobesas
Víctor Ramés
Las tres décadas expuestas de Fader
(Décima parte)
1918 es un año de reafirmación de la vida artística tan austera de Fernando Fader en Córdoba, tras su exitosa segunda exposición en la Galería Müller en septiembre de 1917. Los testimonios coinciden en señalar la velocidad de su producción pictórica, conjugada con una maestría admirable. Tras negociaciones, la obra maestra de ocho cuadros “La vida de un día” fue adquirida el primer de 1918 por las autoridades de Bellas Artes de Rosario a casi la mitad del precio fijado por Müller, y en cómodas cuotas.
Fader y Müller acordaban paso a paso las estrategias y los precios de la obras expuestas en Buenos Aires. Alentado por el pintor uruguayo Pedro Blanes Viale, Fader decidió realizar su primera exposición en Montevideo, lo que apoyó Müller, apostando a una posibilidad de ganar un mercado para la obra del artista franco-mendocino, ahora también cordobés por elección.
En su frondosa investigación, anteriormente citada, Obra y pensamiento de un pintor argentino, Rodrigo Gutiérrez Viñuales detalla, a partir de la correspondencia entre el galerista y el pintor, que planeaban incluir en la exposición uruguaya unas pocas telas nuevas de Fader y otras ya vendidas, con el propósito de reservar las más recientes para una vislumbrada exposición en Río de Janeiro que no se produciría en lo inmediato. La muestra en Montevideo contenía 38 obras e inauguró el 3 de junio en la Casa Corralejo y Cía. de Montevideo, con mucho entusiasmo y participación de autoridades políticas y de público, aunque pobre respuesta en la prensa uruguaya.
El semanario “Caras y Caretas” publicó el 22 de junio, unos días después de levantada la muestra, su crónica sobre el evento, con el título “El triunfo de un pintor argentino - Fernando Fader en Montevideo”, donde se leía: “En un amplio local de la Plaza Matriz (el corazón de Montevideo) han sido expuestos al público los cuadros de Fernando Fader, el muy fuerte artista mendocino”. Y afirmaba, más adelante que “profesionales y «amateurs», cuantos aficionados a lo bello hay aquí, desfilaron por el amplísimo salón donde Fernando Fader había colgado sus cuadros. Entre los visitantes, que vieron aquel gallardo esfuerzo de un argentino con viva simpatía, hácese imprescindible citar a Baltasar Brum, el Ministro de Relaciones Exteriores, futuro Presidente de la República, quien captado por el talento de Fader, se hizo presentar, felicitando al pintor con entusiasmo. Ahora se le prepara un gran banquete.”
En esa publicación del semanario porteño asomaba enseguida un retrato que el propio Fader alentaba en su propia vida, derivado de sus sacrificios para sacar adelante la empresa de su padre fallecido, del fracaso, de su diagnóstico de salud, y de la consiguiente vida sufrida en la casi soledad agreste de Córdoba, pintando contra todas las dificultades. La nota incurría en un dato que no coincidía con la verdad, como se verá en el final del siguiente párrafo:
“El artista, ha contado su vida que es toda una novela, Nacido en Mendoza en 1882, tuvo una infancia triste y errática, Pero puede decirse que es, ya adulto, cuando se familiariza con el dolor, que llena de nuevas facetas su alma.
¡Hay hombres constituidos para el sufrimiento! — me dice.
Tras sus lentes, los ojos, un poco miopes de Fernando Fader, sonríen. Y hay en esa sonrisa la confesión de un hondo sufrimiento.
– Estuve predestinado a ser millonario y hoy me gano afanosamente la vida con mi pincel; soñé una vida patriarcal y he visto morir a cuatro de mis hijos.”
Esto último no es en absoluto verídico. Fader tenía a sus dos únicos hijos vivos, lo que pone en duda la precisión del autor.







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