
Bajar línea como política de Estado
Javier Boher
La política nos rodea todo el tiempo. Sin embargo, afirmar que todo es político es darle una centralidad exagerada. Amar a la pareja, disfrutar de la familia, celebrar con amigos, nada de eso tiene por qué ser político, porque política implica poder y poder es asimetría.
En la escuela hay que aprender de política, pero la discusión siempre gira en torno a qué hay que aprender. Podemos aprender las reglas del sistema electoral, las costumbres del sistema político o las distintas ideologías que están dando vueltas. Nada de todo eso sirve para lo realmente importante: aprender a convivir con otros que piensan distinto, la clave de una democracia liberal y pluralista.
El jueves pasó el presidente Milei por una escuela de Buenos Aires, la escuela ORT. Fue a dar una charla sobre la ética como política de Estado y los desafíos de la IA. Terminó haciendo un show bastante reñido con el rol presidencial. Por eso no me gusta ver a los políticos en instituciones de la sociedad civil como clubes, iglesias y escuelas, cuya finalidad no es hacer política.
En el año 2003 estaba terminando el secundario. Por esos temas de la vida nos pusimos a entrevistar a los candidatos a intendente que nos recibían. Cuando nos encontramos con Juan Carlos Rabbat, en ese entonces rector de la Universidad Siglo 21, le preguntamos por qué no hacía un acto en la misma. Su respuesta fue que no correspondía mezclar las cosas, porque una universidad debe ser un lugar plural. A mis 17 años me costaba entender que el dueño dijera eso, pero hoy lo valoro mucho más que entonces.
Lamentablemente, la sociedad no cree que lo que hizo Milei esté mal. La evidencia empírica lo demuestra. En mi década de los 20 conviví con el kirchnerismo de Cristina. Vi escuelas en las que se izaba la bandera de La Cámpora o de Cuba. También vi a nenes escupir carteles con las imágenes de periodistas o a periodistas despedidos de sus trabajos y censurados para trabajar en otros medios. Vi la campaña de la Ley de Medios contra los grandes medios del país y a un jefe de gabinete romper un ejemplar del diario de más tirada en una conferencia de prensa. Nunca faltó gente con ganas de festejarlo, al punto que en 2011 más de la mitad de los ciudadanos votó por la continuidad de ese comportamiento (que el 2023 estuvo a dos puntos de seguir en el poder).
Eso nos lleva a un elemento fundamental al tratar estos temas: hay cuestiones más importantes que la simple regla de hacer y aguantar lo que la mayoría quiere. Vale en la casa, en la escuela y en cualquier organización colectiva. Desde que Locke formuló su idea de Estado en el que los ciudadanos mantienen el derecho de resistencia como elemento central de los derechos naturales frente al poder, todo intento de imponer un pensamiento único está mal. No se pueden forzar visiones del mundo amparados en números electorales que pueden cambiar.
Lo del presidente fue bochornoso, pero no fue nuevo. Valerse de la asimetría de poder para bajar línea dentro de una escuela no parece ser el mejor ejemplo de ética como política de Estado, aunque sea la única constante entre gobiernos.




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