
Caras y Caretas Cordobesas
Víctor Ramés
Las tres décadas expuestas de Fader (Decimosexta parte)
La Revista Mundo Argentino, el 23 de enero de 1924, publicaba un artículo escrito por Evar Méndez, dedicado a un tema “de color”, como suele decirse en el ámbito de la prensa, abordando la relación de los artistas plásticos argentinos con su familia y, en particular, con sus hijos. El autor había recabado datos a varios artistas y, entre ellos, había solicitado a Fader hablar sobre la paternidad que repartía con su oficio de pintor. No obstante, el pintor franco-argentino, según cita el biógrafo Gutiérrez Viñuales, le respondía sin anestesia, expresando lo siguiente:
“Hasta allí comprendo que los artistas tengan que prestarse a ser el tema fugitivo de los aburridos y simultáneamente motivos o asuntos de articulitos de literatos amigos o enemigos, que a su vez dan de comer a sus hijos con la dolorosa tarea de escribirlos.
Pero ya no cuando se trata de mis hijitos, que casi casi me parecería un sacrilegio verlos expuestos a la malsana curiosidad del público, por mucha delicadeza que Ud. pusiese en la redacción de una nota literaria.”
En el artículo que traía Mundo Argentino, Evar Méndez hacía notar la ausencia del testimonio de Fader, explicándolo del siguiente modo:
“Fernando Fader, que encontró un camino definitivo para la torturada inquietud de su espíritu en la serenidad y la suprema idealidad de sus paisajes admirables, poco nos ha dicho de sus hijos en su obra pictórica, y acaso sólo hallemos rastro de su paternidad en las figuras infantiles del cuadro “Los manilas”. Fader no quisiera que el público le considerase sino como padre de hijos espirituales, y esto, por un escrúpulo bien explicable en su naturaleza de artista alejado de las multitudes, que hace de vida tan retraída como fecunda para el arte en el cual es noble maestro, y de acuerdo con su temperamento, que responde a una hipersensibilidad. Así, pues, las cualidades de sus hijos han de seguir siendo para nosotros, como él quiere, un sencillo misterio, y ellos: entidades sin nombre, ni edad, ni carrera. Y no tienen —dice el autor de sus días, con una simplicidad conmovedora que ha de comprenderse en todo su valor— otra particularidad que la siguiente: no tienen madre.”
El giro final de la nota era, por lo menos, insólito, más aún puesto en boca del pintor, ya que Adela Guiñazú de Fader gozaba de buena salud, estaba a cargo de los dos varones y de la benjamina, Adelita, y sobreviviría a su esposo por treinta años.
Aquel 1924 trajo un ahondamiento en el desencuentro entre Federico Müller y Fernando Fader, lo que determinó que ese año y el siguiente no se realizaran las exposiciones de la obra cordobesa del pintor en la galería de la calle Florida.
En lo concreto, Fader debía buscar otra opción para su muestra anual de su trabajo en Buenos Aires. Por lo pronto, aceptó la invitación a exponer en el 2º Salón de Invierno que organizaba el Museo Provincial de Bellas Artes de Santa Fe, adonde concurrió a mediados de julio de 1924 presentando seis obras que representaron la sección más visitada y elogiada de ese acontecimiento que había debutado el año anterior.
En cuanto a mostrar en Buenos Aires, ritual insoslayable, Fader
Vino en su ayuda una importante novedad: la fundación de la “Asociación Amigos del Arte”, en junio de 1924. Esta institución realizaría su acción inaugural en octubre, nada menos que una gran retrospectiva de la obra de Fernando Fader, que reuniría lo más notable de su producción: cincuenta telas desde sus creaciones tempranas hasta las últimas, todas ellas de enorme mérito.








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