
Caras y Caretas Cordobesas
Víctor Ramés
Las tres décadas expuestas de Fader
(Vigesimoctava parte)
El año 1934 es la antesala del fatídico año 35 al que, hasta nosotros, siguiendo a Fernando Fader, nos acercamos inexorablemente. Ese año, si bien cierto respiro pareció aflojar un poco los lazos que ceñían al enfermo, el cuadro evocaba la idea de la calma que precede a la tempestad. Es cierto que Fader se alimentaba mejor, con esa mirada puesta en mañana que suele tener el hambre cuando es verdadero. El pintor no se entregaba, ofrecía resistencia. Incluso llegó a imaginar que se subía a su Ford T y conducía a través de las sierras en busca de un próximo cuadro.
Le había escrito a su corresponsal mayor, Federico Müller: “la sola idea de ingresar en el sanatorio, es un suplicio”. Sin embargo, dada la fase avanzada de su enfermedad, Fader había debido transigir e internarse en el Sanatorio de Ascochinga. Pero lo único concreto fue que, contada en el tiempo de su intolerancia, algo muy desarrollado en Fader, la internación en la “estación climatérica” de Ascochinga resultó de muy breve duración. Así lo explicó el doctor Cetrángolo: “Su hipersensibilidad le hizo imposible la vida en común que se hace en un sanatorio. Era de sensibilidad extraordinaria para los ruidos, los olores, el frío, todo lo cual le producía verdaderas molestias.”
Decidió entonces Fader alquilar una casa no muy lejana, en Deán Funes, para recuperar el mayor nivel posible de soledad y tranquilidad. Allí lo visitó, en mayo de 1934, el periodista y escritor José González Carbalho, que pertenecía a la redacción de uno de los diarios más vendidos en Buenos Aires, “Crítica”. Fader recibió la visita de Carbalho en un “rancho” que le había cedido un buen amigo, ya que, le explicó al periodista, “en el pueblo, no querían alquilarme casa por mi enfermedad. El único que se decidía a alquilarme era el dueño de una casucha desprestigiada por haber vivido en ella un leproso...”.
El colaborador de Crítica realizó la última entrevista a Fader, e incluyó entre las expresiones recogidas de boca del pintor el siguiente y crudo autorretrato de la circunstancia que le tocaba atravesar, próximo a su fin:
“Aquí me tienen inutilizado para el trabajo. Hace varios años que he perdido la fuerza de mis piernas. Para levantarme y acostarme me tienen que ayudar. Imagínese, yo, acostumbrado a vivir entre cielo y tierra, metido en esta pieza, imposibilitado. Sonríe para negar su propio dolor... Lo único que espero es recobrarme. Y no me interesa mi vida sino para trabajar. No me acongoja mi inmovilidad. La tortura mayor es lo que ocurre en mí mismo y requiere mis medios de expresión para salir. En esta quietud forzada mi espíritu acumula y mi cerebro trabaja. Estoy como si me hubieran amordazado... Dejé el sanatorio porque ya me era imposible el encierro. Mi médico me ordenó que no saliera más alto que Deán Funes. Yo hubiera deseado ir a mi casa, a Ischilín, pero sería mi muerte... Mi casa tiene grandes ventanales y, aunque no pudiera pintar, por lo menos estaría frente a mis cielos… Ahora estoy como un caballo que se desbarranca en la loma y queda mancado.”
Ya el fin de año ganaba el horizonte, y en el verano, entre fines de 1934 y principios de 1935, imponiendo su voluntad y desoyendo a los médicos que le habían aconsejado lo contrario, Fader se hizo trasladar de vuelta a su Loza Corral. Sabía que ya no le quedaba camino por recorrer, tal vez deseaba despedirse de este mundo con el abrazo simbólico del paisaje que había pacientemente reproducido en sus telas.








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