
Caras y Caretas Cordobesas
Víctor Ramés
Las tres décadas expuestas de Fader
(Vigesimosexta parte)
Fader iniciaba un período de esperanza, al ser atendido por un especialista como el doctor Antonio Cetrángolo, director del sanatorio de Ascochinga (o “estación climatérica”, como se llamaba a esas instalaciones destinadas a pacientes tísicos). Entretanto, su situación económica mostraba, a mediados de 1933, un panorama de escasez. El artista necesitaba sostener a su familia y había tenido que habituarse a no poder valerse totalmente por sí mismo. A esto se sumaban gastos asociados a su salud, como la necesidad de alquilar una casa en el lugar donde la altura fuese más sana, para alojarse allí durante el tratamiento, y debía pagar a personal que lo ayudase durante dicha permanencia. Las condiciones decidieron al siempre atento galerista Müller a organizar una siguiente muestra de Fader, no prevista, en su local en Buenos Aires con el objeto de producir recursos.
Las muestras tienen sus ritmos, hay ciclos en los movimientos de los coleccionistas. Las galerías hegemónicas cuentan con marchands de refinado olfato para calcular los tiempos y las temporadas del negocio. Sin embargo, también existen las emergencias, y así el leal Müller abría, el 26 de junio de 1933 a las 18 -aun corriendo el riesgo de saturar la plaza de por sí decaída de mercado artístico- una retrospectiva que exhibiría dieciséis obras realizadas por Fernando Fader durante su época cordobesa.
Los resultados de aquella iniciativa en la Galería Müller pagaban tributo al marco general de la economía del país. Gutiérrez Viñuales colabora a sintetizar esa cuestión en Fernando Fader - Obra y pensamiento de un pintor argentino, citando una carta de Müller a Fader del 2 de agosto de 1933. Allí le informaba sobre aquella exposición: “la inauguración fue muy hermosa; un enorme público y ambiente cálido. El segundo día pude colocar `Bajo la higuera’ a un amigo holandés por 6.000 $... pero los tiempos están como nunca y la poca gente que todavía tiene dinero, lo retiene, y no quiere gastar... Hasta ahora no he visto en mi vida mes peor que este julio de 1933... Parálisis completa...”.
Esto sumaba una amargura más al pintor, quien reconoció, no obstante, a su viejo amigo la intención de protegerlo y alentarlo, como siempre.
Hay un casi detalle “faderiano” en una novedad referida a la inauguración del nuevo edificio de una institución artística, ese mismo año. En materia de espacios de exposición artística y de la presencia de Fernando Fader a través de obras suyas en colecciones oficiales, en el año 33, un mes antes de la muestra en Müller, había tenido lugar en Buenos Aires la Inauguración del nuevo edificio del Museo Nacional de Bellas Artes, informada el 20 de mayo por Caras y Caretas. El edificio fue levantado en la avenida del Libertador, en lo que había sido una antigua casa de bombas de agua potable remodelada y adaptada por el arquitecto Alejandro Bustillo. La fundación del museo databa de 1896. En su nuevo y definitivo emplazamiento, el Museo de Bellas Artes borró cualquier antecedente palaciego, para plantear un uso despojado de lo que había sido una estructura industrial. Las salas eran grandes espacios blancos, rectos y despojados, y estaba organizado por secciones. En la Sala Argentina, que contaba con importantes áreas dispuestas para los óleos de Fernando Fader pertenecientes a la colección del museo, los mismos hallaban un destacado despliegue. Se sumaba, entre otras cosas, un avance en el dispositivo de legitimación por parte del estado a los artistas expuestos, en el contexto de un museo donde se podían recorrer asimismo salas de obras de maestros de países europeos. Fader tenía allí su lugar indiscutiblemente asegurado.







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