
Atrevimiento explícito
J.C. Maraddón
Antes de que el rocanrol paseara su furia nuevaolera por los rincones más oscuros de la ciudad de Buenos Aires, en los tugurios porteños se escuchaba en vivo la música de jazz, que contaba con exponentes de fuste y con parroquianos que extendían sus noches en esos antros, al amparo de otros noctámbulos como ellos. De hecho, La Cueva de Pasarotus de la avenida Pueyrredón, donde desde la década del cincuenta habitaba el virtuosismo del pianista y trombonista Juan Carlos Cáceres, se iba a transformar a partir de la segunda mitad de los años sesenta en la cuna del rock argentino.
Si la arquitectura capitalina remedaba en sus formas los paisajes de París, también el panorama sonoro de la reina del Plata buscaba asimilarse a la tendencia de la gran urbe francesa, famosa por sus clubes jazzeros y receptáculo de algunas de las grandes figuras mundiales de ese género. Aunque a escala masiva eran otros los estilos que en ese entonces monopolizaban las preferencias de las mayorías, había una elite intelectual que saboreaba los manjares jazzísticos, en una época en que el bebop había dejado atrás al swing y las improvisaciones no respondían tanto a la premisa del baile sino a la manifestación del virtuosismo.
Ese ambiente subterráneo se confundía a veces con el circuito de night clubs, boites y cabarets, hacia donde se dirigían aquellos y aquellas que en su deambular nocturno coqueteaban con los excesos y estaban a la pesca de romances furtivos. Vistos en perspectiva, aquellos hábitos se presentan inmersos en una turbiedad ominosa, pero así de complicadas eran las circunstancias para quienes disentían con las normas vigentes de moral y buenas costumbres, que promovían actividades bajo la claridad del sol o el brillo de una luz hogareña, y reprendían todo lo que sucediera tras el disimulo de las penumbras.
En un principio el rock heredaría ese gusto por lo prohibido, que hallaba su momento más propicio después de la medianoche, cuando ya se habían entregado al sueño los que se levantaban temprano para ir a trabajar o estudiar. La madrugada, en cambio, cobijaba a las almas solitarias que estaban dispuestas a desafiar los mandatos del orden, incluso durante esos periodos demasiado frecuentes en los que el país era gobernado por una dictadura militar, cuyo uso y abuso del estado de sitio posibilitaba que cualquiera en actitud sospechosa fuese detenido sin derecho a protestar por ese acto arbitrario.
Entre otros rincones de la ciudad de Buenos Aires donde el jazz se hizo fuerte entre los cincuenta y los sesenta, hay que mencionar un departamento de la esquina de Ayacucho y Posadas, donde los miércoles y los domingos actuaba el Tarsia Jazz Group, una formación legendaria de miembros rotativos, que contaba con el aval del dueño de casa, Juan Carlos Tarsia. Por esas jams pasaron talentosos artistas como el pianista Santiago Giacobbe, el contrabajista Jorge González, el baterista Osvaldo López, el contrabajista Jorge López Ruiz, el baterista Carlos “Pocho” Lapouble, el trompetista Fats Fernández y el pianista Enrique Villegas.
Una de esas sesiones quedó inmortalizada en la película “De lo que no hay”, del director cordobés Alfredo Mathé, que fue filmada en 1968 y que por quedar inconclusa no llegó a ser estrenada en los cines, aunque luego tuvo difusión televisiva y actualmente está disponible en YouTube. Típico producto del cine nacional de aquel tiempo, en poco menos de una hora de duración el filme narra la historia de una empleada doméstica (interpretada por la folklorista Julia Elena Dávalos), que llega desde el interior a la capital y, en su ingenuidad pueblerina, termina involucrada con personas que se aprovechan de su inexperiencia.
En una bizarra secuencia en la que Mara, la protagonista, llega borracha al club jazzero arrastrada por un galán que acaba de conocer, su pretendiente se entromete de la nada como cantante de un grupo integrado por un joven Carlos Franzetti, junto a Fernando Gelbard, Víctor Olivier y Rubén De Andrea, que en los créditos aparecen mencionados como Tarsia Jazz Group. El clima denso del lugar, que se traducirá en un horrible epílogo para los sueños de la chica en cuestión, nos da la pauta de cuál era el ámbito en el que hacían lo suyo esos cultores del jazz.
Otra curiosidad de esa realización de Alfredo Mathé es que en ella tuvo participación el artista plástico Carlos Alonso, quien intervino con collages los negativos del filme, pero ese trabajo no llegó a ser incluido en la copia final y terminaría expuesto con posterioridad en una muestra. Esta obra es un ejemplo de cuán avanzadas eran las concepciones del creador que falleció hace pocos días en Unquillo a los 97 años: asociarse con un director de cine para aplicar sus ideas sobre la propia cinta sigue siendo, al día de hoy, una acción vanguardista de atrevimiento explícito.







La versión local del diálogo Llaryora-Juez y Benítez como interlocutor

Liliana Montero: “Nación recorta en discapacidad porque desconoce el tema”

Córdoba apuesta fuerte a la visita del Papa como vidriera política y turística

Escándalo en la Legislatura por el caso Ludueña y una inesperada reacción del PJ




