Chavistas y procesistas

Desde los dos bandos en conflicto siguen tensando la cuerda, retratando a sus adversarios como todo el mal posible en la tierra.

Nacional 16 de noviembre de 2023 Javier Boher Javier Boher
2023-11-15-massa-milei

Por Javier Boher
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Cada vez queda más claro que vivimos en un país de analfabetos cívicos. Quizás no es culpa de la gente, sino de un sistema que se hace cada vez más confuso. También puede que sea culpa de los políticos, que antes tenían un determinado nivel de preparación y de compromiso con el bien común que se fue perdiendo con el tiempo. Es difícil saber por qué se da esta situación, pero no se puede negar que exista.
La tradición hiperpresidencialista en Argentina hace que los ciudadanos depositen todas sus expectativas en quien ejerce la titularidad del poder ejecutivo, a pesar de que la fortaleza en realidad radica en la estructura partidaria que hay detrás. ¿Cuántas veces en la provincia no estaban el gobernador ni el vice y las cosas seguían funcionando? Si hasta alguna vez llegó a ejercer la gobernación un vocal del TSJ porque todos los demás estaban de viaje.
Esa situación de poner todas las expectativas en el presidente (o el gobernador o el intendente) pierde de vista que todo el resto es el verdadero sostén. A cuatro días de definir quién será el nuevo Jefe de Estado todavía hay gente que cree que Massa o Milei van a tener todos los poderes necesarios para transformar el país. Aunque el primero pueda tener mucho más apoyo, tampoco es cierto que tiene el poder para convertir al país en Venezuela antes de que estemos comiendo el pan dulce navideño. 
Esa ignorancia cívica se ve hasta en los mismos candidatos, que hacen promesas o chicanean a su rival con cosas que no están al alcance de su cargo. Hablar de salud y educación públicas como eje de campaña presidencial, cuando dependen de cada provincia y no de la nación, es un engaño absoluto a los ciudadanos que, incautos, creen las promesas.
Pasa lo mismo con la responsabilidad que implica votar a alguien. Cualquiera se puede arrepentir de haber convertido en gobierno a una persona o partido, pero en lugar de exigirle con más fuerza que respete la palabra empeñada, se dejan vencer por la resignación de que son todos iguales.
Así, los que hoy se dedican a construir un Massa bolivariano o un Milei procesista no parecen hacerlo desde la honestidad intelectual, sino por el afán de obtener la victoria, por el fanatismo o por la ignorancia. Esto no significa que no pudieran eventualmente orientar sus gobiernos hacia uno u otro lado, pero creer desde el primer momento que seguramente eso será lo que viene es tenerse demasiada fe como oráculo. Ojo, que este llamado a la moderación tampoco es una negación de esos hipotéticos escenarios.
Esta semana el kirchnerismo ha apostado a la cosecha de apoyos internacionales para Massa, algo que seguramente no va a definir casi ningún voto en un país en el que basta ver Los 8 Escalones para darse cuenta del nivel de desconocimiento cada vez mayor de lo que pasa en el mundo. Ni hablar de que los referentes no son los grandes defensores de la democracia y la libertad, sino parte de ese eje progresista que ya es cada vez menos sinónimo de progreso.
Quizás por eso los libertarios insisten en explotar esa veta, después de dos décadas de estatismo bobo que nos llevó a altos niveles de pobreza y estancamiento económico. 
En ese sentido, se dio una polémica asombrosa en las redes sociales por algunos venezolanos llamando a votar por Milei. El kirchnerismo, casi como cualquier ciudadano básico o poco formado que le tiene miedo o rechazo al extranjero, salió a pedir que esos venezolanos se vayan del país. Gente con máster o doctorado que entraba en trance onanista porque Massa recitaba el preámbulo de la Constitución, ese que dice que es "para todos los hombres del mundo que quieran habitar en el suelo argentino", pidiendo que corran de este refugio del progresismo latinoamericano a los que se escaparon de las consecuencias de su aplicación. Se ve que el nuestroamericanismo sólo existe cuando opinan igual.
Al revés también ha pasado lo mismo. En la construcción de Milei como un potencial dictador neoliberal, genocida, al servicio de la embajada y todas esas fórmulas habituales se han aprovechado de que algunas personas no pueden esconder por mucho tiempo su verdadera naturaleza. 
En apenas un par de horas la candidata a vicepresidenta, Victoria Villarruel, pidió tirar abajo la ESMA, dijo que para resolver esto hace falta una tiranía y aseguró que sabe de mujeres que han abortado bebés a término. No le faltó marcar ningún casillero de las cosas que no habría que decir si se pretende suavizar su espacio.
Todo eso, por supuesto, sirve a los relatos electorales de uno y otro espacio, a pesar de que difícilmente se puedan traducir en políticas públicas concretas en el corto plazo. Si Massa es elegido presidente no se va a poner a deportar venezolanos, no los va a entregar a su amigo Maduro ni se va a lanzar a una ola de expropiaciones. Si gana Milei no existe la posibilidad de que cierre los espacios de la memoria o derogue la ley de aborto. Para eso está el Congreso, ese que se votó en octubre y que va a tener una alta fragmentación. Ni hablar del salpicón de gobernadores de todos los colores que va a haber. 
Construir esas imágenes de los candidatos le sirve a los adherentes y a los que quieren justificar su voto, pero nada más. Afortunadamente existe una constitución casi imposible de reformar, que prevé mecanismos bastante claros para controlar el poder y que no se puede ignorar así como así. No importa el miedo que quieran generar los preocupados con sus relatos, gane quien gane el artículo 36 seguirá estando ahí: "Esta Constitución mantendrá su imperio aun cuando se interrumpiere su observancia por actos de fuerza contra el orden institucional y el sistema democrático". 
Chavistas y procesistas no tienen lugar acá.

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