Con la Rosada en la mira

Martin Llaryora quiere, probablemente desde siempre, ser presidente. Nunca estuvieron mejor dadas las condiciones para que lo intente un gobernador cordobés.

Provincial 18 de diciembre de 2023 Javier Boher Javier Boher
2023-12-17-llaryora

Por Javier Boher
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La semana pasada estuve charlando con algunas personas que me hicieron algunas observaciones sobre lo que vengo escribiendo, tanto de la forma como del contenido. Hubo de todo, pero uno lógicamente se concentra en aquellas cosas que no se terminan de entender o que hacen ruido en los lectores. Aunque es imposible agradar a todos, supongo que la compulsión por hacerlo es la forma de mejorar.

Entre los muchos temas tratados salió el trato que suelo dar al peronismo. Tantos han hecho usufructo de esa etiqueta que se hace cada vez más difícil encontrar algún ejemplar puro y lo que abunda son peronistas alineados con algún conductor puntual. Lo que no cambia, más allá de los nombres o líderes ocasionales, es la forma de ver y entender la política (aunque el amor por la derrota digna que ha adquirido el kirchnerismo hace difícil ponerlos en la misma bolsa).

La gran duda que sobrevuela en el aire es quien va a ser capaz de unificar al justicialiismo en los próximos años, atento a que la derrota de Sergio Massa lo ha inhabilitado para ir de nuevo. Seguramente el tigrense crea que la tercera es la vencida, con la épica de Lula, aunque lo que marca la historia argentina es que acá sobran los Alende, los Altamira o las Carrió, que insistieron hasta ser cooptados, desplazados o absorbidos.

Algunos creen que Axel Kicillof es la gran esperanza del peronismo, pero eso es no entender al votante argentino. En el alfonsinismo mental que se ha apoderado del espíritu kirchnerista, vuelven a la idea de una socialdemocracia con corazón bonaerense, un experimento que solamente funcionó cuando el de Chascomús llegó a la presidencia. El voto peronista es conservador popular y está en el interior profundo, más allá del voto duro de ese cinturón que rodea a la Ciudad de Buenos Aires y tiene indicadores comparables a los del Norte Grande.

El problema más grande que tiene Kicillof es que no va a tener los grandes recursos que le envió el presidente anterior, con una situación social más delicada y una economía prendida fuego. Es muy difícil gobernar una provincia tan grande y compleja, de allí la maldición que pesa sobre los gobernadores de dicho distrito: donde algunos ven brujería otros vemos que se le pasa factura a los responsables.

La diatriba contra los pituquitos de Recoleta que le nació a Llaryora le valió entrar en el radar nacional, tras la sorpresa de una elección que para el periodismo porteño tenía un resultado cantado. Eso, que enojó a muchos personajes de CABA y alrededores, le sirvió para sacar el carnet de hombre del interior que otros dirigentes salidos de las entrañas de la patria eligen rechazar para caer bien en los medios nacionales.

Desde ese momento algunos creyeron ver en Llaryora a un dirigente con ambición nacional, lo cual es llamativo, porque siempre se notó que aspira a llegar a la Casa Rosada. Tiene la personalidad de esos a los que se les cruzaba ser presidente cuando tomaban la chocolatada cuando salían del colegio. Militando en el secundario, en la universidad o en cada elección a la que se presentó, su objetivo debe haber sido siempre llegar hasta allá. Lógicamente no es el único, pero no todos trabajan sistemáticamente para ello. El mejor ejemplo es que mientras De la Sota lo buscó siempre, Schiaretti solo lo hizo a modo de despedida.

En su discurso de asunción al frente de la provincia dejó en claro que pretende ser el jefe de la oposición nacional, posición difícil sabiendo que el peronismo cordobés está en muy buena sintonía con el gobierno libertario. Acá la máxima de que el que gana conduce y el que pierde acompaña entra en un área complicada: Schiaretti no perdió la provincia, pero el último ganador es Llaryora, que tratará de ir armando su camino fuera de la tutela del humilde hijo de barrio Talleres.

En su mensaje a los cordobeses le habló a los argentinos. Rescató el rol del Estado, habló de la seguridad y ponerle límites a la policía, hizo un par de guiños a los radicales y trazó las diferencias que tiene con Milei y los libertarios. De ahí se desprende que quiere ir por los radicales y por el kirchnerismo, lo que no resulta para nada descabellado, aunque pueda resultar insuficiente frente a un cambio de época que apunta en la dirección del liberalismo.

A lo largo de los años fue construyendo un camino de éxito a partir de múltiples derrotas. Cada vez que quiso algo lo dejaron con otra cosa: todavía recuerdo su cara de hastío en un acto durante la campaña de 2019. Se las ingenió para avanzar a pesar del empeño de muchos por evitarlo, por eso llegó hasta donde lo hizo como un self made man o, mejor dicho, un self made peronist, de los que cada vez parece haber menos.

La gran duda que emerge es cómo podría articular ese proyecto para llegar a la Rosada.

Hasta ahora su imagen es la de un gestor eficiente. Lo hizo en San Francisco y en la capital. Esa es la mejor carta para jugar en tiempos en los que se descree de la capacidad del Estado para brindar soluciones, pero no alcanza. Quizás le sirva para mejorar su potencia en la provincia y en provincias vecinas, pero no le dará el contenido: habitualmente la gente no se deja tentar por esas cosas.

Tiene la suerte de que el peronismo de la franja central y productiva está acéfalo, porque fue derrotado en Santa Fe, San Juan, San Luis y Entre Ríos. Aunque esa franja no gane por sí sola la elección, no habiendo allí hombres fuertes puede tratar de consolidarse como el jefe del interior productivo.
Como segundo paso puede ir por el resto de los peronismos, aunque probablemente apuntaría por el de la patagonia, un poco más progresista que en las provincias del norte, donde el peronismo más joven ha trabajado más por los libertarios que por el kirchnerismo.

Llaryora se quiere sentar en el sillón de Rivadavia (aunque, como bien me señalaron una vez, debería ser el sillón de Urquiza). Lo desea hace mucho. Probablemente nunca hayamos visto condiciones más favorables que estas para un gobernador cordobés, que pueda diferenciarse tan claramente del orden nacional, con nombre propio y sin competencia inmediata en otros distritos grandes. Está todo lo necesario. Lo único que falta es trabajar duro y a conciencia, con una estrategia clara. Veremos en 2027 si le llega el turno.

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