La bandera de Cristina

La militancia esperaba el discurso de la ex presidenta para definir un curso de acción. No parece haberles aclarado nada.

Nacional 29 de abril de 2024 Javier Boher Javier Boher
2024-04-28-cristina
Por Javier Boher
Si hay algo que reconocerle al peronismo en general, pero al kirchnerismo en particular, es su militancia. Podríamos irnos con un análisis sobre la etimología de la palabra y la raíz militar, marcial, que tiene, pero a eso lo vamos a dejar de lado. Mejor buscar otras cosas.
Los años de militancia más fervorosa son los de la juventud. Es en esa época en la que los ideales arden con más fuerza en el pecho de la gente, con la convicción de que cambiar el mundo es algo que está al alcance de la mano. Muchos de nosotros hemos soñado con una sociedad más justa, más próspera, más igualitaria, aunque quizás no hayamos estado tan de acuerdo con el rumbo para alcanzarlo.
A medida que pasa el tiempo vamos sumando obligaciones y rutinas. Tenemos hijos y éstos empiezan a tener necesidades. No abandonamos las ideas o las causas que nos motivaban, pero empezamos a ver las cosas de otra forma. Con o sin militancia, la experiencia nos hará inevitablemente más conservadores, entendiendo que tal vez las formas son tan importantes como el fondo. Maduramos. Envejecemos.
Si de jóvenes creíamos que el mundo no cambiaba porque los grandes líderes globales no querían, de grandes nos damos cuenta de que el mundo es mucho más complejo y que hay procesos y tendencias ajenas a la voluntad de los líderes. La influencia sobre las masas, pero nadie es dueño de las mismas.
Esto viene a cuenta del acto que encabezó Cristina Kirchner el sábado pasado. Ya no se trata solamente de señalar que es una señora mayor, sino también de marcar que sus seguidores también lo son. Néstor Kirchner llegó al poder cuando yo estaba en sexto año del secundario, 17 años recién cumplidos. Era de esos jóvenes que había sufrido los años malos de la Convertibilidad y que sentía que había que cambiar algo. Veinte años después tengo hijos y me tengo que preocupar por su futuro. Estudié, me recibí y llevo más tiempo trabajando que lo que le dediqué a toda la educación formal. Pago cuentas como todos y veo cómo se me va cayendo un pelo en el que cada vez asoman más canas.
Las caras que rodearon el acto de Cristina mostraron el mismo e implacable paso del tiempo. Algunos dirigentes se siguen vendiendo como jóvenes renovadores, pero pisan -si no pasan- los 50. ¿Hay dirigentes de menos de 40 en el kirchnerismo? Pocos, seguramente.
Nadie en el kirchnerismo termina de aceptar que los tiempos cambiaron. Todavía hay jóvenes con ideas de izquierda, a pesar de toda la movida libertaria. Son aquellos con ínfulas más académicas, que menosprecian el brote neoconservador de una sociedad que ve cómo unos pendeviejos con necesidades resueltas les dice que hay que pensar más en el otro.
Esa es una de las curiosidades del acto del sábado. Cristina se apoyó con más fuerza en La Cámpora, que es la facción que menos fuerza tiene. Son los que más la han militado y los que más la veneran, justamente lo que hoy se convierte en su punto débil, la razón de su falta de fuerza. En un momento del discurso se escucha a alguien (algunos sostienen que fue Mayra Mendoza) que grita "mándanos, Cristina, mándanos". ¿Qué clase de fuerza viva puede ser una que precise de la conducción de una señora que no entendía el mundo cuando fue presidenta y que lo entiende aún menos en la actualidad? Los militantes no precisan de racionalidad, pero los movimientos políticos sí. Por eso el kirchnerismo se sigue diluyendo, porque ha premiado la obsecuencia por encima de la renovación.
El tiempo ha pasado para Cristina, pero también para esos ex jóvenes que estaban a su alrededor. En un momento la cámara enfocó a Martín Sabbatella, que la aplaudía de pie. En 1999 llegó a ser intendente con 29 años, un pibe. Hoy tiene 54. Mayra Mendoza llegó a diputada en 2011, con 28 años. Hoy tiene 40. En esa lista también estaba "el cuervo" Andrés Larroque, que hoy tiene 47, como Wado De Pedro u Horacio Pietragalla, que también integraban la lista. Gente grande que tiene que pedirle a una señora aún mayor que les diga qué tienen que hacer.
El peronismo siempre ha sido verticalista, pero en la natural progresión de las cosas siempre hubo algún joven dispuesto a correr a los viejos de más arriba. La Renovación le permitió al peronismo reinventarse, algo que hoy no puede hacer. Cristina es una Bercovich Rodríguez a la que no se le anima ningún De la Sota, porque están todos esperando, diligentes, lo que mande Cristina. Esa militancia cuarentona ya no tiene la fuerza que tenía a los 20. Los cuadros ya probaron las mieles de un sueldo pagado por el Estado y perdieron el hambre para transformar el mundo: ¿para qué cambiarlo, si así les va bárbaro?.
Las redes no pasaron por alto el discurso, pero lo que quedó clarísimo fue la brecha generacional entre los que esperaban el discurso con ilusión y aquellos a los que Cristina no les mueve un pelo. La juventud de streamers que andan dando vueltas como una gran renovación para los medios de comunicación tienen casi todos más de 30 años. La mayoría de ellos, incluso, evita pronunciarse muy a favor de Cristina: de chicos pasan a hombres con preocupaciones, familias y cuentas para pagar, ¿se van a prender fuego por una figura que no pega entre los más chicos?.
El kirchnerismo está sin rumbo y trató de apropiarse del envión de la marcha en defensa de la universidad pública, pero no puede. No tiene quién la capitalice, quién pueda sacarle provecho. No tiene a nadie que agarre la bandera y trate de ponerla adelante. Están todos esperando a ver qué hace Cristina con la misma, pero no quieren ver que la expresidenta apenas si se puede aferrar al asta como para no terminar de desplomarse.
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