La crisis de los alimentos

La ministra Pettovello y su gente quedaron fuertemente expuestos por el escándalo que rodeó la negativa a entregar mercadería.

Nacional 03 de junio de 2024 Javier Boher Javier Boher
2024-06-02-pettovello
Por Javier Boher
El gobierno no puede andar nunca a paso firme. Por un motivo u otro, cada triunfo que consigue es rápidamente opacado por alguna derrota. Todavía tiene suerte de que en este ciclo se siguen repitiendo las buenas noticias o los golpes de efecto, por lo que cabe esperar que al problema con el que se cerró la semana lo suceda algo positivo que ayude a desescalar.
Hace un tiempo Juan Grabois empezó a gritar en solitario que se estaban reteniendo alimentos que debían enviarse a los comedores. El ex precandidato a presidente por el kirchnerismo (que espera tener su chance de ser el candidato dentro de tres años) era la única voz atacando al gobierno por ese lado. Tras el cruce con Ramiro Marra (una exhibición obscena de la decadencia argumentativa que sufre la política argentina) esa voz pasó a ser un murmullo y siguió sumando gente hasta convertirse en una especie de clamor por los alimentos desaparecidos. 
Esto fue posible porque el gobierno nunca supo dar una respuesta clara, firme y -fundamentalmente- verdadera. Ensayó una primera respuesta diciendo que no había alimentos stockeados en ningún lado, que eso era un invento. Se publicaron cifras sobre los comedores truchos y el negocio de las organizaciones sociales y se aplacó la cosa durante unos días. 
El kirchnerismo insistió, así que el gobierno cambió su posición. La comida existe, pero es para distribuir ante una eventual catástrofe natural. En Bahía Blanca siguen esperando que alguien los ayude después del temporal del verano, lo que hizo que esa explicación sea descartada rápidamente. 
Fue a raíz de eso que el gobierno esbozó una tercera explicación: eso es básicamente yerba, no son alimentos. Ya era tarde: por no asestarle una puñalada en el corazón a esa amenaza que estaba creciendo, finalmente tuvieron que reconocer el error, anunciar que se iba a repartir la mercadería y echar al funcionario involucrado.
Mención "Perro Verbitsky de Oro" al rumor de que los custodios de la ministra Pettovello habrían apretado durante horas a un funcionario del ministerio para que confiese sobre cómo era todo este circuito. Ese tipo de jugadas son un movimiento histórico del kirchnerismo desde el falso secuestro de Gerez hasta el patético "Ollas no" en la panza de una docente que terminó imputada por haber montado una burda opereta para perjudicar al gobierno de Macri. 
Por supuesto que hay que investigar si hay algo de cierto, porque de serlo es inconcebible, pero a Juancito el lobo le comió las ovejas por haber mentido tantas veces. Acá hay que desconfiar de todo.
La mala praxis oficialista en este tema desnuda algo que se habla por lo bajo. Ellos mismos pusieron una vara alta respecto a la casta y la corrupción, pero algunos sostienen que lo único que pretendían los funcionarios que no largaron los alimentos era hacer lo mismo que hacía el kirchnerismo, vender esas cosas para hacer unos pesos para la política.
Ahora bien, el kirchnerismo supo de esto no solamente porque las organizaciones manejan comedores y porque se les cortó parte del negocio de la venta de esos productos, sino también por la profunda penetración de sus cuadros en el aparato del Estado. Esas sucesivas oleadas militantes que ingresaron al sector público son una vía de fuga de información y un obstáculo para la gestión, lo que le representará un desafío cada vez mayor a los libertarios si no consiguen definir mecanismos para evitar que las convicciones ideológicas afecten la ejecución de políticas públicas.
Nada de todo este escándalo existiría si no fuese porque el Estado hace algo que no le corresponde, que es comprar alimentos para distribuir. Hay organizaciones mucho más eficientes en ambas tareas, pero nada puede superar a las familias buscando precios y haciendo de comer en su casa. Quizás todo esto sea lo que necesitaba el gobierno para avanzar en la eliminación definitiva de esas cunas de corrupción y clientelismo con las que el Estado le paga a los partidos para que lleven agua para sus molinos.
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