La degradación de lo original
J.C. Maraddón
Los espacios que con voracidad han ido ocupando las innovaciones tecnológicas en lo que va del presente siglo, han ido a su vez abriendo vacíos legales que fueron aprovechados por los inescrupulosos de siempre, rol ahora desempeñado por ciberdelincuentes cuyo aspecto suele tener más de nerd que de mafioso. Anticuadas normas que se respetaban en la era de lo analógico debían ser forzadas para incorporar al naciente universo digital, en un proceso que pecó de lento e inútil y que dio lugar a eternos litigios cuyas razones quedaban perimidas porque las superaba la dinámica misma de los nuevos prodigios de la ciencia.
La ley ha ido habitualmente muy por detrás de esa aceleración en los avances de la tecnología y ha sido habitual que cuando finalmente las normativas han consentido adecuarse, su aplicación se torna imposible porque aquello sobre lo que regían ya no existe más y ha sido reemplazado por un procedimiento aún más eficaz. Se trata de una carrera muy despareja, que si bien ha merecido un apartado especial dentro de la abogacía y de los estudios sobre seguridad, ni aun así ha podido acortar la distancia que la sigue separando de los acontecimientos que se producen en la actualidad.
Aunque se reconoce cierta mística ácrata detrás de esa actividad que se engloba dentro de la piratería virtual, eso no significa que no pululen por allí maleantes cuyo único objetivo es obtener ventajas personales, sin que haya motivaciones ideológicas que los inspiren. Utilizar lo ajeno en provecho propio es algo que se ve facilitado en ese universo paralelo donde millones de personas desarrollan gran parte de su vida, ajenos a la sospecha de que allí también anidan malintencionados dispuestos a causarles daño con el fin de sacar algún provecho que no todas las veces se restringe a la virtualidad, sino que también puede aplicarse al mundo real.
Nunca bastan las precauciones a tomar dentro de esa selva informática, donde hay expertos que corren con ventaja y que no necesariamente van a emplear su conocimiento para hacer el bien. Y si hasta grandes empresas, con departamentos especializados en estas lides, se han convertido en víctimas de fraudes por el estilo, con mayor razón los ciudadanos comunes corren el riesgo de aparecer en el radar de estos malhechores, para los que no hay fronteras ni regulaciones estatales suficientes que les impidan llevar a cabo esos delitos, cuya tipificación tal vez ni siquiera exista.
La inteligencia artificial, como última gran avanzada científica, presenta cada día un nuevo desafío a los responsables de reglar las distintas áreas del quehacer cotidiano, que se prestan para cometer ilícitos. Como si ya de por sí lo que sucede en las pantallas no alcanzara para provocar dolores de cabeza a los encargados de garantizar la seguranza, esta reciente herramienta abre un abanico infinito de posibilidades, que representará enormes adelantos para la humanidad, pero que también ofrece a los maleantes un recurso inagotable, al que quizás resulte infructuoso cualquier intento de ponerle límites.
Al viralizarse el filtro “estilo Ghibli” que transforma a cualquier fotografía en una imagen extraída de una película de animación de Hayao Miyazaki, sin contar con la autorización del propio director cinematográfico, se ha transgredido el derecho a la propiedad intelectual incluso más allá de las supuestas intenciones de los proveedores del Chat GPT. Pero, además, se ha vulnerado la unicidad de una obra artística que se destacó por sus particularidades y que ahora, volcada a un usufructo masivo y despojado de su valor original, se degrada a niveles despiadados, en un proceso que no presenta opciones ciertas de ser revertido a tiempo.