El testimonio de un siglo
J.C. Maraddón
Después de la Segunda Guerra Mundial, que dejó un saldo de millones de muertos y abrió paso a una era signada por el fantasma de la hecatombe nuclear, la clase dirigente fue cuestionada por las nuevas generaciones, que buscaban producir cambios radicales para mejorar las condiciones de vida. Mientras los adultos todavía depositaban su confianza en aquellos veteranos líderes que emergieron como administradores de la situación tras el conflicto bélico, sus hijos habían aprendido la lección y abrigaban otros ideales, que alentaban la necesidad de vivir a pleno, ante la posibilidad concreta de que una catástrofe atómica acabara con la vida en el planeta.
El mundo atravesó así un proceso de rejuvenecimiento inesperado, cuando esta nueva camada de chicas y muchachos tomó el toro por las astas y consiguió, por primera vez en la historia, que gente de su edad se convirtiera en una voz influyente en asuntos de enorme trascendencia. Aspectos tan variados como la sexualidad, el trabajo, la convivencia social, la propiedad, la religión y hasta la vestimenta, fueron objeto de discusión por parte de esa insurgencia juvenil nacida entre finales de los años cincuenta y comienzos de los sesenta, cuyo legado perdura hasta nuestros días.
La música fue la expresión artística que mejor canalizó esa energía, y en especial los intérpretes de rock se constituyeron en abanderados de un ideario con el que comulgaban millones de personas, algunas de ellas impulsadas en sus creencias por el mensaje que les transmitían sus ídolos. Si bien hubo otros géneros que se plegaron al fenómeno y supieron asumir posturas acordes a las circunstancias, no cabe duda de que fue la comunidad rockera la encargada de infundir en su público ese espíritu de lucha por mayores libertades que sacudía a la humanidad y que iba a plasmarse en acontecimientos políticos de relevancia.
Pero no sólo el panorama musical se vio alterado por ese clima de época: casi todos los géneros del arte fueron sensibles a lo que estaba ocurriendo y dieron a luz movimientos en los que las ideas renovadoras se tradujeron en tendencias vanguardistas que profundizaban las rupturas con lo establecido. Las artes plásticas y escénicas, el cine, la danza y la literatura, por nombrar sólo algunas áreas creativas, cobijaron a los protagonistas de un disrupción generalizada, de esas que solo las convulsiones revolucionarias son capaces de engendrar y de alentar en su ascenso a la consideración masiva.
Como parte de ese contexto, en Latinoamérica estalló un boom literario tan sorprendente como calificado, con el surgimiento de autores nacidos en este continente que, sin rechazar la herencia cultural recibida, la adecuaban a un formato que no tardó demasiado en seducir a lectores del mercado global. Acunados por ese universo en ebullición, publicaron sus textos iniciales montados sobre un escenario favorable a las audacias que propiciaban en su prosa, haciendo alarde de un soberbio uso de los recursos disponibles. Todos se rindieron frente a esa corriente a la que algunos comenzaron a denominar “realismo mágico”.
Aunque supo ser rotulado bajo esa categoría, el peruano Mario Vargas Llosa renegó de esa pertenencia, de la misma manera que fue abandonando sus posiciones favorables a la epopeya sesentista, para adherir a posturas mucho más conservadoras. Tal vez por eso se postergó su merecida condecoración con el Premio Nobel de Literatura, que recién le llegó en 2010. Su fallecimiento, ocurrido el domingo pasado a los 89 años, reaviva las polémicas en torno a esa evolución personal que casualmente acompañó la de cierta opinión pública, más proclive hoy al status quo. Lejos, muy lejos de los vaivenes ideológicos, su obra se erige como un sólido testimonio de aquel ya lejano siglo veinte.