Día del pogo y la impostura
Los partidos de izquierda nunca pudieron procesar el fenómeno del peronismo. Por un lado se veían obligados a rechazar el uso de las masas sin fines emancipatorios. Por el otro, debían ceder a la evidencia de que el pueblo por el que trabajaban y al que decían representar elegía al justicialismo como su único y genuino portavoz. Esa disyuntiva los convirtió en decorado de la discusión política argentina, más cerca o más lejos del peronismo según el lado hacia el que se volcara el péndulo ideológico de la sociedad.
Dentro de las distintas vertientes de la izquierda, la diferencia entre los clasistas y los moderados siempre fue palpable. Si los primeros siguen bregando por un Estado fuerte e interventor, que centralice las decisiones económicas y eliminé la propiedad privada, los segundos se sienten más identificados con el adjetivo “socialdemócrata”, el mismo que usa Guillermo Moreno para descalificar al progresismo perfumado que quiere respetar la propiedad privada y las libertades individuales, pero reduciendo las brechas sociales.
Los dos están realmente alejados del sentir promedio de las masas, pero este segundo grupo es particularmente peor, porque lo que no dice es que siempre tiene un sesgo clasista: les gusta un pueblo idealizado al extremo de dejar de ser el pueblo realmente existente. Mi papá decía que ese es el problema de la izquierda, que pretende trabajar para ilustrar a las masas antes de conseguir su voto. Quiere que los voten por ser la mejor opción racional, no por el choripan y la coca.
En esa línea de jugar a ser popular, pero pidiéndole a la gente que sea menos “morena”, el diputado nacional Esteban Paulón hizo lo que haría cualquier oportunista que se precie, presentar un proyecto de ley para declarar al 5 de junio día nacional de la cultura ricotera y el pogo. Los que ganan tienen el coraje de llamar las cosas por su nombre en lugar de usar eufemismos. Hace 12 años, en junio de 2014, el kirchnerismo presentó el proyecto de ley para convertir el 7 de octubre en el Día Nacional de los Valores Villeros. La objeción de los socialdemócratas de entonces fue al nombre, no a la fecha ni a los fundamentos.
Paulón hace rato está tratando de convertirse en el abanderado del progresismo, defendiendo todas las causas que lo puedan poner en la vereda de enfrente al gobierno. Empezó con la cuestión de la diversidad sexual, ganando algo de protagonismo después del espantoso discurso homofóbico del presidente en Davos. Después de puso cada traje que demandó la ocasión, defendiendo la universidad pública, los jubilados y todo aquello en lo que pudiera conseguir un poco más de conocimiento, adhesión o llegada.
No está mal que presente un proyecto que represente los deseos y creencias de su electorado, porque ya tenemos día del asado, (11 de octubre), del chamamé (19 de septiembre), del cuarteto (4 de junio), del rock (21 de julio) y aunque no está reconocido por ley, el día nacional del boludo, que podremos celebrar el próximo 27 de este mes.
La duda más grande es qué pretende finalmente Paulón con su decisión. En las últimas elecciones fue candidato a senador nacional y le fue pésimo. Su agenda no parece representar acabadamente al pueblo, ni siquiera a una porción que le permita entrar por sus propios medios al Congreso. Quizás está haciendo buena letra para que lo tengan en cuenta en algún gran frente progresista anti-Milei, una receta que han usado varios socialistas cordobeses para seguir viviendo de la plata pública aportando un sello que le lave la cara a la coalición, pero sin ser verdaderamente representativos de nada.
Paulón, como tantos otros dirigentes, no entiende que los tiempos cambiaron. Tal vez los más jóvenes consumen Los Redondos porque es la música de los padres, pero están lejos de la mística de los recitales, el pogo y la cultura rockera que pretende reconocer el nuevo día nacional. No es que saltar todos juntos escuchando música haya desaparecido, pero definitivamente dejó de ser mainstream para quedar reducido a pequeños espacios de la sociedad. Es el reconocimiento de una estética que ya no tiene masa ni sustancia.
Cada vez que aparecen algunos que se dicen de izquierda recuerdo un diálogo de la serie Borgen, entre el canciller y la primer ministra. El hombre viene sufriendo los fuertes embates del frente interno y siente que ya llegó su tiempo de dejar la política. Recuerda cuando empezó su militancia y cómo le mejoraron la calidad de vida a los daneses, tras lo que le dice a su interlocutora algo así como que nunca se habría imaginado que iba a ser el último obrero del partido socialdemócrata. Es, quizás, un poco de lo que le pasa a los partidos que dicen hablar en nombre del pueblo y hace rato dejaron de tener dirigentes salidos desde la base de la sociedad.
Lo gracioso es que, por más que traten de evitarlo, a los paulones de la política siempre se les termina notando la impostura.