Periodismo y nuevos medios
Abro Twitter después de un par de horas dedicado a otras cosas y me golpea con fuerza el escándalo de Florencia Peña por haber anunciado la muerte de Jorge Messi, dato que luego se comprobó falso. Anteayer por la mañana nos habíamos enterado de la enfermedad del padre del ídolo argentino, que lleva meses en esa situación y que la familia quería mantener todo el asunto en el plano privado. Quizás pasó de moda respetar el derecho de las personas a no exhibir los temas de la intimidad que más los dañan y nosotros no nos enteramos.
No importan los nombres de los involucrados, porque no es algo exclusivo de una persona ni de un medio, sino una consecuencia directa de una transformación tecnológica que nos involucra a todos los que trabajamos de comunicar. Lamentablemente, en ese grupo están desde los que cobran un salario básico en condiciones irregulares hasta los que facturan miles de dólares mensuales por sus transmisiones online, cada uno con intereses y códigos diferentes.
El problema del anuncio errado es una prolongación de la vieja necesidad de los medios de conseguir la primicia que nadie tiene, el dato que ponga al autor y al medio un paso adelante del resto.
Esto me recuerda una historia sobre la muerte de José Manuel De la Sota. Un prestigioso periodista de un destacado medio cordobés recibió la noticia de uno de los primeros que llegó al accidente. Información confiable y de primera mano que no se publicó inmediatamente porque querían chequear adecuadamente con otras fuentes. El periodista le dijo que lo ponga a su nombre, que él se hacía cargo, pero ni siquiera así accedieron a publicarlo. Otro medio se llevó la primicia, quizás porque chequeó más rápido (o porque confió en su periodista y directamente no lo hizo).
La nueva era del streaming y los algoritmos ha generado una necesidad aún mayor de tener el dato que todos quieren. La perversa combinación de la búsqueda por sobresalir en un océano de información y la necesidad imperiosa de aumentar las vistas para ver crecer la facturación conspiran contra la calidad de la información, que queda relegada a un segundo plano.
El mundial ha traído otra cara del mismo fenómeno, el ragebait, donde la gente sale a buscar monetizar las interacciones fruto de la ira de gente que ha sido provocada. No importan la verdad, el buen gusto, ni la pertinencia de lo que se comparte, solamente decirlo antes que el resto para estar en boca de todos. Quizás esa sea la peor parte de todo el escándalo: la persona y el medio que quedaron en el ojo de la tormenta igual recibirán una recompensa por todo el tráfico canalizado hacia sus redes.
En el proceso de grandes cambios que se están viviendo es difícil saber dónde y cuándo se terminará de acomodar la situación para alcanzar nuevos estándares de profesionalismo que restauren la dignidad de una profesión vapuleada como el periodismo. La competencia desigual y con otro tipo de reglas éticas respecto a los nuevos medios digitales -que privilegian la inmediatez por sobre la calidad- no cambian los preceptos sobre los que se asienta nuestra profesión. No puede dar todo lo mismo.