
Decirle que no al rock
J.C. Maraddón
J.C. Maraddón
Tras el abrupto final del punk, de cuyos restos emergió un heterogéneo movimiento catalogado como “new wave”, se avizoró un panorama en el que una camada de cantantes femeninas alcanzaban la fama, ya fuese al frente de bandas o como solistas. Quizás la más conocida entre ellas sea Debbie Harry, quien como vocalista del grupo Blondie entonó algunos de los hits fundamentales de finales de los años setenta y prolongó su éxito durante los ochenta, ya en ese momento convertida en una diva del pop rock bailable. Pero no fue solamente ella la que trepó en los charts de ventas en ese periodo.
También andaba por allí Chrissie Hynde, quien al comando de la banda The Pretenders se posicionaba como una referencia rocanrolera. Y sostenían su bandera como líderes del grupo Heart las hermanas Ann y Nancy Wilson, que venían dando batalla en un terreno en el que había una presencia mayoritaria de hombres. Otra formación con preeminencia femenina, The Runaways, se iba a separar en 1979, para que al año siguiente una de sus integrantes, Joan Jett, arrancase con una trayectoria solista en la que se sucedieron temas de enorme repercusión, que a esta altura ya son clásicos recordados por todos.
En ese contexto, la cantante estadounidense Pat Benatar publicó su disco debut en el sello Chrysalis, que también había fichado a Blondie y a otros conspicuos representantes de la nueva ola como Huey Lewis & The News, Billy Idol, Ultravox, Spandau Ballet y The Specials. Con una actitud de empoderamiento explícito en sus presentaciones en vivo, para trabajar en los estudios de grabación se amparó en la experiencia del productor Chris Stein, quien había sido el cerebro detrás de fenómenos masivos como los de las bandas The Sweets y Suzie Quatro, además de haber manejado la consola para discos de Blondie y The Knack.
Aquel primer álbum de Pat Benatar, titulado “In The Heat Of The Night”, resultó ser un boom comercial en Estados Unidos y le procuró una difusión internacional a partir de singles como “Heartbreaker” y “I Need A Lover”, que la mostraban en su mejor forma, como una intérprete de rocanrol bien acorde a lo que reclamaba la época. Pese a que la música disco era la favorita de los que querían bailar y el synth pop comenzaba a aflorar como un estilo de creciente popularidad, el rock de guitarras reclutaba el aprecio de las mayorías y Pat Benatar era una de sus referentes destacadas.
Tal vez por eso, en 1981 la empresaria Camille Barbone, socia propietaria de la compañía Gotham Records y manager de la por entonces principiante Madonna, le insistió a la futura reina del pop en tomar como modelo a Pat Benatar para trascender como rock star. Pero su representada no coincidía con ese propósito, porque ya había tenido su cuota de rock con los grupos Breakfast Club y Emmy. Ahora lo que quería era proveer de canciones que se bailasen en las discotecas, con ritmos ligados al funk y a la herencia afroamericana en general.
Esta transición del underground al estrellato, que finalmente empezaría a vislumbrar en su horizonte hacia 1982, es una de las etapas que focaliza “Becoming Madonna”, un documental no oficial dirigido por Michael Ogden que se estrenó a fines de agosto en Universal+ y que expone material de archivo nunca antes visto. En estos días en que se ha confirmado que está en camino una biopic de tan emblemática artista, es oportuno repasar imágenes y testimonios de sus inicios y de su arribo a la máxima notoriedad global, objetivo que según “Becoming Madonna” ella se planteó desde el mismo momento en que partió de Michigan rumbo a Nueva York.







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