
La suerte de Quilino
La polémica por los medicamentos vencidos es un llamado de atención a los responsables de la sensible área de salud
05 de septiembre de 2025
Javier Boher
Por Javier Boher
Hace un tiempo estaba charlando con alguien del sector de salud que está a cargo de un hospital y me contó una historia que ejemplifica bastante bien las diferencias entre el sector privado y el sector público.
Hace unos años se estaba debatiendo la nueva legislación provincial para el personal de salud y los involucrados debían revisar el proyecto para hacer observaciones o propuestas de mejora. Mi interlocutor (a cargo de un hospital privado) le propuso al ministro sacar la referencia a las enfermeras idóneas, puesto que la provincia ya exigía formación profesional en su personal. La respuesta fue que eso es para el sector privado, porque en la provincia -especialmente en el interior- hay mucho personal sin estudios que acrediten sus conocimientos. Esa es la doble vara que se maneja, incluso en un área sensible como la salud.
Esta semana se desató una polémica por la denuncia de una médica de guardia del hospital municipal de Quilino de que les proveían medicamentos vencidos. La denuncia de radicó en la policía, intervino la justicia y detectó que todo era cierto. La municipalidad hizo su descargo, con algo que me llamó la atención: ante los dichos de la médica de que la responsable de la farmacia no tenía título habilitante, la respuesta fue algo así como que incluso en esas condiciones merecía respeto, el equivalente al “soy igual de persona que vos” que usa cierta gente en algunas discusiones donde se presenta alguna asimetría. Una cosa es ejercer el periodismo sin titulación, pero algo muy distinto es estar a cargo de drogas o medicamentos sin entender del tema.
Hace unos años un amigo trabajaba en un hospital, llevando los pedidos de drogas a los médicos. Por un descuido, una distracción o indolencia, se equivocó al llevar algo para una paciente pediátrica que había sufrido un abuso sexual. La nena de murió, no necesariamente por el error, pero de no cometerlo quizás hubiese tenido más chances de sobrevivir. La responsable de la farmacia lo llevó a la morgue y le mostró cuáles son las consecuencias de hacer mal las cosas cuando se trata de la salud. Al poco tiempo renunció, carcomido por la culpa.
Estamos atravesando un problema enorme con el fentanilo contaminado, que ya ha matado a alrededor de un centenar de personas. ¿Sabe esa persona cómo se debe proceder ante el caso de tener parte del lote contaminado? Muy probablemente no, habida cuenta de que entre las ampollas de medicamentos que le daban a los médicos estaban mezcladas las vencidas con las vigentes.
La salud en este país es un problema. Se gasta mucho, pero se gasta mal. Los ciudadanos pagamos al menos una vez la salud con los impuestos; otros pagan dos veces cuando tienen obra social y una minoría paga por triplicado al además gastar en una prepaga. Sin embargo, la atención es deficiente, al punto de que hay extras y coseguros en todos lados, falta recupero en los hospitales públicos, e incluso se acotan las cartillas de prestadores a los que pueden acceder los afiliados a OOSS o prepagas.
Además se suma el tema de los niveles de gobierno. Cada municipio quiere tener su sala de primeros auxilios o su dispensario con todas las especialidades posibles, pero no hay médicos con ganas de trabajar por la plata que los municipios están dispuestos a pagar. Si no se consiguen médicos de guardia para la ciudad, conseguirlos para el interior es directamente un trastorno.
Los municipios se compran el problema de administrar un área sensible al no tener personal capacitado para hacerlo, todo porque queda bien decir que a su gestión le interesa la salud. ¿Cuál es el control sobre las drogas que circulan por esos dispensarios?¿Qué títulos se le pide a la gente que allí trabaja?¿Cómo se trabaja para prevenir accidentes o consultas que colapsen esos precarios sistemas?
La situación de Quilino, al menos según lo que se conoce hasta ahora, es de un potencial de daño enorme. Quizás si no pasó nada fue apenas por una cuestión de suerte, que suele acompañar en demasía a los políticos mediocres y a los empleados menos capacitados. Hay que introducir cambios y controles antes de que se acabe.
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