El arte de no ver festivales en verano

El streaming es la opción, a la hora del entretenimiento después de la cena, en una ciudad capital sin cineclubes ni teatros, y cuando se han visto demasiados festivales en la vida. Algunas películas ofrecen al menos una página por llenar.
Cultura20 de enero de 2026Gabriel ÁbalosGabriel Ábalos
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Por Gabriel Abalos
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Las plataformas de streamings, que no ya las carteleras, tratan de mantener un clima de actualidad en materia de películas, aunque la única ceremonia que aglutina el interés del público está dada por el nunca desdeñado anuncio del estreno. Claro que ya se ha diluido esa multitud de carne y hueso que antes agitaba las puertas de los cines, y que el propio cine se ocupó de convertir en símbolo de sus eras doradas. El estreno de una serie, por ejemplo, creará una cadena de entusiasmos manifestadas en comentarios en las redes, en particular por los cultivadores del título favorito. Luego, todo el mundo con sus galletas, jugos, copa, plato de delivery, a la hora en que la jornada se aquieta, estará sentado o tirado frente a la pantalla, sintiéndose parte de una comunidad que no existe como tal, a no ser por esa colección de soledades que conforman las redes. Eso no importa, por supuesto, importan las sensaciones que nos produce un emoji, que es lo posible, cuando no lo son, por la distancia, un abrazo o un beso. Esos sustitutos de los gestos que nos dejó la pandemia. 

Con las películas es aún peor, duran lo que dura entre el título y los créditos, y entonces todo se disipa, a menos que haya alguien presente con quien comentar, o bien ir corriendo a escribir en ese universo imaginario lo que leerán algunas personas, en diversos horarios. En los hechos, el ritual de ver una película y de procesar los sentimientos que nos deja, no está sincronizado con el de nadie, es una actividad escalonada en los días de lanzamiento, eso si tenemos la misma plataforma (una barrera más para abrazar la presencia virtual o el parecer de los otros y la recepción, por supuesto, de nuestras impresiones).

Estas ocasiones antes requerían cuerpos sentados uno al lado del otro, cuerpos públicos en un lugar público. Algo que todavía ocurre con el teatro y la música, gracias al cielo. Y en las salas de los cineclubes, por ejemplo, donde la fantasía de universalidad se reduce a un grupo de cinéfilos y no conocemos a la mayoría. 

Es decir, en síntesis, la tan anunciada soledad congénita, subrayada por las ciudades inhóspitas, por culturas en decadencia, etc., no hace falta ponernos sesudos. Ver series o películas es hoy una actividad puntillista, cada quien en su cubículo tratando de irse de allí por medio de una buena historia; y no se trata de una conspiración, simplemente no queda otra, si no se fue uno de vacaciones y a lo sumo tiene una Pelopincho –dan ganas de trasladar el televisor pero el cable no alcanza. La soledad del espectador o la espectadora en el patio.

Imaginen tener que ver, para estar a tono con los corresponsales de la Web, alguna de las películas de miedo disponibles este comienzo de año. Varios clásicos han retornado a los estudios, con sus viejos libros reinterpretados y potenciados por las herramientas audiovisuales modernas. Usar la palabra “moderna” es más antiguo que la modernidad, el modernismo y la modernización todas juntas. Lo cierto es que han regresado a alimentar sus mitos los dos clásicos (River-Boca, en versión reduccionista), es decir las dos criaturas: Drácula, y la de Frankenstein. Demostrando al mismo tiempo la falta de imaginación “moderna”, la autopercepción de los realizadores como “clásicos”, y la libre voluntad, sin duda, de conectar con las raíces del terror en los relatos que creó la literatura y el cine multiplicó. Todo ello absolutamente legítimo en la industria, de eso no cabe duda. La de Drácula de Besson se parece más a Coppola que a Bram Stoker, y su derrotero resulta ser romántico. Nosferatu, de Robert Eggers es un viaje preciosista por la fotografía, homenaje a la de un siglo atrás, de Murnau, sin exagerar. Un preciosismo revulsivo, eso sí, cada uno sabe con quién se junta. Y Frankenstein, ahora por Guillermo del Toro, reafirma lo que siempre sospechamos, que la criatura en el fondo era buena, y el doctor un mal bicho. Las tres mencionadas prueban cuánto saben de cine esos tres directores y aquí no está invitada la ironía.

En casa tratamos de mantenernos al día con las “pelis de los Oscars”, pero luego uno toma nota de los datos que flotan en la corriente de las redes y exprime plataformas. Una serie, Pluribus, nos hace pensar que realmente estamos invadidos por alienígenas y a cada capítulo descubrimos que esto se reafirma cuando apagamos la pantalla. También se ha visto una titulada Weapons, es decir armas, o La hora de la desaparición, no se sabe cuál es peor, si el título original o su retitulación, un terror que trae comentarios entusiastas, pero tampoco se sabe por qué. También, un tanto atrasada, Megalópolis de Coppola, cuya segunda mitad es mejor que la primera y acierta, aunque no sin ruidos, en retratar al imperio de USA en el espejo del Imperio Romano.

Otras práctica solitarias para todo público, en términos de ver pelis, ofrece La historia de Souleymane, de Boris Lojkine, donde se sufre a ritmo casi documental y arrollador, junto a un inmigrante guineano ilegal, tratando de sobrevivir como delivery y a punto de ser deportado, en el otro París, el de todos los días y el de los que no la pasan nada bien. El sistema produce inmigrantes para luego poder desecharlos. Salvo que jueguen al fútbol.

Una de espías, tensa, compleja acorde con un enredado sistema para manipular al mundo, y donde los encargados de hacerlo mover están todos, por definición, bajo sospecha. Código Negro, diálogos filósofos como el acero, con Kate Blanchett y Michael Fassbender, dirige, impecable, Stephen Soderbergh. También pasó Cacería de brujas, de Luca Guadagnino, con Julia Roberts, se lee por ahí que “está rompiendo Internet”, pero ya se sabe que se escribe cualquier cosa. Una película sobre moral que no da ninguna lección al respecto, pero absolutamente es un buen programa, porque hay oficio.

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