
Ajuste, internas y poder: por qué la oposición universitaria no logra ordenarse en la UNC
Francisco Lopez Giorcelli
Por: Francisco Lopez Giorcelli
En pleno receso académico, la política universitaria no se detiene. Lejos de las aulas y sin la presión cotidiana de la actividad estudiantil, la UNC atraviesa un momento de reconfiguraciones del mapa político donde se toman decisiones que marcarán el año. En este escenario, el ajuste presupuestario funciona como un eje ordenador de los discursos, pero también como prueba de estrés para el oficialismo y, sobre todo, para una oposición que no termina de encontrar su forma.
El impacto del recorte nacional no se expresa sólo en números o partidas. Se traduce en tensiones internas, en decisiones administrativas que buscan sostener la gobernabilidad y en costos que, muchas veces, se trasladan sin estridencias a la comunidad universitaria. El caso de DASPU, con el aumento de las cuotas de afiliación para sostener la demanda prestacional, es un ejemplo elocuente de cómo el ajuste se procesa puertas adentro, sin conflicto abierto pero con efectos concretos. Ese tipo de medidas revelan una lógica de administración del desgaste que el oficialismo prioriza y que la oposición observa con incomodidad, pero sin una respuesta articulada.
La oposición en la UNC no es homogénea ni mucho menos actúa como un bloque unido. Conviven, al menos, dos grandes espacios: uno de tradición progresista, Avanzar, que si bien forma parte del oficialismo gestionando el Campus Virtual, es un espacio con fuerte inserción en la gestión académica y un discurso más social e institucional; y otro identificado con el peronismo kirchnerista (los espacios que conducen tras bambalinas los ex rectores Scotto y Tamarit), con mayor énfasis en la disputa política y la lectura nacional del conflicto universitario. Ambos cuestionan el ajuste y comparten diagnósticos sobre sus efectos, pero rara vez coordinan acciones o estrategias. Más aún, en facultades compiten entre sí por espacios de poder, secretarías y conducción lo que termina debilitando cualquier intento de construcción común.
Esa fragmentación no es sólo ideológica, sino también de agenda. Mientras el progresismo suele priorizar la estabilidad y la gobernabilidad en un contexto adverso, el espacio k/peronista busca marcar diferencias políticas más nítidas, aunque sin capacidad de imponer agenda. El resultado es una oposición que se mueve, habla y se pronuncia, pero que no logra ordenar un relato ni una práctica que le tensione el discurso de manera efectiva al oficialismo universitario.
El problema se vuelve más evidente en facultades con electorados masivos y volátiles, como Derecho y Psicología. Allí, las últimas elecciones dejaron señales claras de cambio y de desgaste de las conducciones tradicionales, tanto en la gestión como en los centros de estudiantes. El voto no militante, mayoritario y poco ideologizado, demostró ser capaz de alterar equilibrios consolidados. Sin embargo, ni el progresismo ni el peronismo universitario parecen haber terminado de leer a ese sujeto político, atravesado por un contexto nacional donde las ideas libertarias y el discurso antipolítica siguen teniendo peso.
En ese marco, la oposición corre el riesgo de quedar atrapada en una lógica de espera pasiva. Confiar en que el ajuste desgaste al oficialismo puede ser una estrategia conocida, pero no necesariamente eficaz. El desgaste no siempre se traduce en acumulación de poder; muchas veces deriva en apatía, y la apatía suele beneficiar a quien administra, no a quien cuestiona. Mientras tanto, el oficialismo aprovecha el bajo nivel de conflictividad para ordenar internamente, contener demandas y evitar escenarios de confrontación abierta.
El inicio de 2026 encuentra así a la UNC con conflictos latentes pero sin antagonismos claros. La oposición no está ausente ni desarticulada, pero sí partida y concentrada en sus propias internas. El desafío no pasa por multiplicar comunicados ni endurecer discursos, sino por resolver una pregunta más incómoda: si frente al ajuste conviene confrontar, acompañar o seguir esperando. La respuesta, por ahora, sigue abierta, y en esa indefinición se juega buena parte del equilibrio político universitario de los próximos meses.


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