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Presente y Pasado.. Notas sobre el significado de “Hombres de Estado”

Frente a la crisis de las élites y la fragmentación política, este análisis explora las condiciones necesarias para que un liderazgo trascienda la mera administración coyuntural. Tomando como referencia el New Deal estadounidense, el texto examina la urgencia de construir un proyecto nacional capaz de superar el faccionalismo y el vacío de horizonte que hoy conducen al Estado hacia una deriva autodestructiva.
Nacional25 de febrero de 2026 Eduardo Dalmasso

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Por Eduardo Dalmasso

Las presentes notas sobre los *hombres de Estado* se inscriben en una reflexión previa acerca de la crisis de la Universidad como espacio formador de élites, y en el análisis convergente de Schumpeter y Lenin respecto de la centralidad dirigente de minorías organizadas en todo proceso político significativo. A partir de esa discusión, y de la experiencia histórica del gobierno de Franklin D. Roosevelt como momento de consolidación hegemónica en los Estados Unidos, surge una pregunta inevitable: ¿qué distingue a aquellos dirigentes que logran encarnar al Estado y conducir transformaciones estructurales de largo alcance?

La decadencia argentina no constituye únicamente un fenómeno económico o institucional. Expresa, más profundamente, un quiebre hegemónico que deriva en una forma de anarquía prolongada y en la dificultad para producir liderazgos capaces de articular una visión estratégica que trascienda lo faccional. En esa trayectoria —marcada por ciclos de modernización truncos y rupturas institucionales— el problema del liderazgo se revela constitutivo: sin hombres de Estado que transformen intereses dispersos en voluntad colectiva, la política se reduce a administración coyuntural o a confrontación permanente (Altamirano, 2001; Portantiero, 1987; Gramsci, 1931-35).

Aun suponiendo, con esfuerzo, las mejores intenciones de los gobernantes de las últimas décadas, las consecuencias que vivimos explicitan la insuficiencia de su mirada crítica y la debilidad de su comprensión de la realidad a transformar. Enredados en el sectarismo o en la comodidad de éxitos efímeros, sus decisiones sobre realidades altamente complejas conducen a un Estado a la deriva.

Las experiencias vividas constituyen una muestra desmesurada de pensamiento mágico: la creencia en un ingreso acelerado al primer mundo o la presunción de que la invocación retórica del pueblo habilita por sí misma la capacidad de gobernar.

La formación de élites de Estado constituye, en este marco, uno de los pilares menos visibles y más determinantes del desempeño institucional. Los modos de selección, socialización y reproducción de quienes asumen responsabilidades públicas configuran una cultura de gobierno que excede la alternancia partidaria. Allí se consolida lo que puede denominarse, en sentido bourdieusiano, un *habitus estatal*: un conjunto de disposiciones orientadas por la primacía del interés nacional, la continuidad institucional y la subordinación de lo ideológico a la razón estratégica.

La experiencia del *New Deal* muestra que el liderazgo transformador no se limita a administrar crisis ni a disputar elecciones. Supone la articulación entre saber experto, construcción de coaliciones amplias y redefinición del pacto histórico (Leuchtenburg, 1963; Skowronek, 1997).

De lo expresado surge entonces una cuestión central: ¿es posible para un país atravesado por la anarquía y una sociedad desgastada constituir un entramado político capaz de superar el faccionalismo y la deriva decadente? Ello depende del nivel de conciencia respecto de los errores del pasado y del presente, y de la emergencia de líderes cuya visión encolumne a las mayorías para superar el pensamiento mágico y delinear una hoja de ruta que permita, al menos en parte, resolver las profundas contradicciones de intereses instalados y sus rémoras corporativas. En definitiva, reparar las desarticulaciones que conducen al Estado históricamente más rico de América Latina hacia una senda autodestructiva. Desde esta perspectiva, la elección del *New Deal* como referencia histórica encuentra justificación en las circunstancias críticas que motivan su emergencia.

 

 Acerca de los grandes líderes

Los grandes líderes no se distinguen primariamente por su moralidad privada, sino por su ética pública: por la capacidad de subordinar intereses sectoriales a un horizonte compartido de sentido (Weber, 1919/2004). Lo administrativo deviene entonces instrumento de una finalidad política superior, entendida como construcción histórica (Arendt, 1958).

Estudiar la experiencia de hombres de Estado implica comprender cómo se sitúan ante realidades y desafíos específicos. Ningún liderazgo es idéntico a otro y cada coyuntura es singular; sin embargo, en su accionar revelan directrices que pueden operar como orientaciones analíticas. Lo relevante es examinar aquellos liderazgos que se configuran para responder a cuatro elementos constitutivos de una crisis profunda del Estado:

  1. Crisis de legitimidad.
  2. Fragmentación social.
  3. Vacío de horizonte.
  4. Emergencia de un liderazgo capaz de convertir conflicto en proyecto.

Parafraseando a Henry Kissinger en sus estudios sobre líderes, podría afirmarse que lo que se requiere son hombres de Estado capaces de concebir un nuevo orden cuando el existente se agota. Dirigentes que impulsen un nuevo pacto sustentado en un proyecto inclusivo, acorde con los paradigmas que impone la realidad internacional y el acelerado desarrollo científico-tecnológico; que movilicen a la nación para superar tanto las gestiones de impronta populista como aquellas subordinadas a visiones meramente financieras o a intereses minoritarios. Ese cometido exige, necesariamente, la gestación de una nueva cultura política capaz de sostener una visión y un discurso hegemónico durante décadas.

Dr. en Ciencia Política (UNC-CEA)

 

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