
Esa costumbre de arraigarse
J.C. Maraddón
El legado que la cultura rock recibió de la generación beat, incluía el desarraigo como una de las maneras de desafiar las reglas, y el viaje como un estado de aventura permanente que contradecía los mandatos de establecerse, formar familia y plantar árboles, impartidos desde tiempos ancestrales. Sin embargo, luego de deshacerse del lastre de la pertenencia a un determinado sitio fueron varios los rockeros que terminaron añorando su querencia y que plasmaron ese sentimiento en las letras de sus canciones. Quizás la influencia del género country haya contribuido a despertar esa nostalgia por el hogar del que se había partido en busca de sensaciones novedosas.
Desde “Sweet Home Alabama” de Lynyrd Skynyrd hasta “Home” de Iggy Pop, han sido muchos los temas que reflejaron las ansias por volver a casa, tan difíciles de asociar con esos músicos rebeldes que se habían propuesto cambiar el mundo y que prometían darlo todo para cumplir con su objetivo. Si hasta un personaje como Pity Álvarez, tan reticente a adaptarse a las normas de convivencia, compuso para Intoxicados una pieza titulada “Volver a casa”, en la que le pide a su chica que le permita regresar, con la aclaración de que es “sólo para ver al perro”.
Otra historia de amor, en este caso con dedicatoria para Laurie Anderson, es la que llevó a David Byrne a escribir “This Must Be The Place (Naive Melody)”, una canción que aparece en el disco “Speaking In Tongues” que el grupo Talking Heads publicó en 1983. Con versos que afirman “quiero estar en casa” y que suponen que “este debe ser el lugar”, Byrne está reconciliando las consignas antisistema con cierta tendencia a echar raíces propia de las convenciones sociales, aunque tampoco se muestra totalmente seguro de que está haciendo lo correcto.
En una estrofa, se le escucha cantar con ímpetu: “Hubo un tiempo antes de que naciéramos/ Si alguien pregunta, aquí estaré”. Es clara la vinculación que encuentra entre el hogar y el útero materno, una analogía que no es nueva pero que llama la atención en un músico proveniente de un género que en sus orígenes señaló a la familia como causante de todos los traumas y como responsable de transmitir los valores más recalcitrantes de la sociedad. A veinte años de la década revolucionaria, nos encontrábamos ahí con una mirada menos estigmatizante sobre la posibilidad de sentar cabeza y habitar una morada propia.
Ese carácter uterino que vuelve acogedor el espacio donde nos ha tocado residir, no está ausente de “Cuadernos de la casa”, el libro publicado por la escritora cordobesa Candelaria de Olmos a finales del año pasado y editado por el sello Lote 11. A la antigua usanza de las bitácoras, la autora narra día por día la experiencia transformadora que le tocó atravesar entre 2022 y 2024, cuando poco antes de cumplir 50 años decidió remodelar una casa que había comprado en un barrio del sur de la ciudad, para luego mudarse allí junto a sus dos hijos.
Las vicisitudes de la obra en construcción se anudan con sus propias cavilaciones acerca del desafío de abandonar su anterior vivienda, donde ya se había habituado al entorno, para desplazarse hacia una edificación cuyas características iban surgiendo del consenso entre ella y el arquitecto. Consciente de insertarse en un contexto donde cada vez hay más personas en situación de calle, ella se hace cargo de una cuestión que la afecta hasta lo más íntimo y que le recuerda todas las veces que se vio obligada a trasladarse de una casa a la otra, desde la infancia hasta la adultez.





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