
Caras y Caretas Cordobesas
Víctor Ramés
Corta visita del príncipe Humberto (Tercera parte)
Las crónicas y las fotografías que han quedado conservadas en la prensa y en otras fuentes, sobre el paso del príncipe Humberto de Saboya por las provincias argentinas, evidencian el funcionamiento de un mismo esquema protocolar. Igual puesta y dramática de escena del amplio programa de agasajos, visitas, recepciones, actos, se veía en publicaciones que reflejaban la recepción de Humberto en los demás países vecinos de la región. Se registraban parecidos cuadros del visitante junto al gobernador, o al presidente, según correspondiese, desplazándose en coche a caballo o en automóvil de uno a otro lugar siguiendo el plan ceremonial, siendo exhibido ante una multitud impresionante como un trofeo. En el guion el príncipe de apenas veinte años asumía el rol apropiado, aparecía como una figura puramente exterior, para ser vista. Además del uniforme militar de gala, con o sin kepi, llevaba siempre puesta su sonrisa que nada dejaba saber de sí, más que lo que repetían los comentarios: “Llegó el príncipe y resultó un joven simpático”, titulaba el diario Crónica, y otras notas lo reputaban un joven “buen mozo y sonriente”, un joven “apuesto, de buen talante”. Todos querían que el príncipe fuera precisamente eso, y la sucesión de visitas, con algunos detalles, parecían una repetición de la anterior.
Como en todas partes, no se hablaba a su paso de otra cosa en cafés, en oficinas, en las esquinas. Al entusiasmo lo ponía la propia gente, que parecía representar muy bien, a su vez, lo que se decía en los diarios.
Constantemente fotografiado, como se aprecia en las revistas El Hogar, Mundo Argentino y, por supuesto, Caras y Caretas, enfrentado a multitudes, posando aquí y allá en diversas situaciones, era ya un poco como sentirse el rey del mundo. Un verdadero star al que la prensa multiplicó en estatura, significación e importancia simbólica. Aquí en Córdoba, tras haberse cumplido los compromisos diurnos, el visitante regio fue conducido a un agasajo, una fiesta vespertina de despedida en el lujoso Crisol Club, cuya escalinata de acceso había sido mágicamente iluminada para la ocasión, halagando los sentidos del heredero de la Corona Italiana. Posiblemente agotado, como en cada etapa de esta misión, concluyó el Príncipe su estadía breve en Córdoba y fue acompañado por una diligente comitiva y por parte del pueblo mismo hasta la estación del Central Córdoba, donde debía ser objeto de una cariñosa despedida antes de abordar el tren presidencial para recomenzar en Mendoza.
Toda esa exterioridad parecía dejar fuera el objetivo del viaje del príncipe. Nos remite a esto unas líneas en el diario Crítica durante los días de la llegada y estadía de Humberto II en Buenos Aires: “El Principe se ha presentado con una sonrisa. Lo esperamos confiados en que su misión nada tiene de política y únicamente obedece a sanos propósitos de vinculación mutua.”
No debía de ignorar el periódico que la sonrisa del Príncipe de Saboya venía a proyectar una imagen positiva del fascismo de Mussolini, y a tantear las posibilidades de obtener algunos beneficios a partir de la presencia de miles de italianos en estos territorios. Convencer, incluso, al gobierno argentino de recibir a un mayor número de emigrados italianos en su gran territorio.
Esos y otros propósitos formaban parte del mensaje que portaba el futuro rey. Pasó Humberto II las pruebas del debut diplomático y volvió a su país. Un sinopsis de su carrera es posible: seis años más tarde se casó con la princesa María José de Bélgica, que demostró tener un fuerte carácter. Tuvieron cuatro hijos e hijas. En mayo de 1946 Víctor Manuel III abdicaría en favor de su hijo. El resto de la historia, en la siguiente nota.







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