
No ser menos que nadie
J.C. Maraddón
A comienzos de los años setenta, todo el prestigio y la experiencia acumulados a lo largo de décadas por el cine argentino parecieron florecer con la elaboración de una serie de películas de gran calidad que alcanzaron el eco mundial a través de la nominación en 1975 de “La tregua”, de Sergio Renán, como candidata al Oscar en la categoría que por entonces se denominaba Mejor Película Extranjera. Semejante postulación coronaba tantos esfuerzos realizados por productores, cineastas, actores y técnicos nacionales, que obtenían de este modo un guiño de la factoría hollywoodense, como una especie de bendición que abría nuevos espacios para la cinematografía autóctona.
Un elenco de lujo había sido parte de ese filme estrenado un año antes: Héctor Alterio y Ana María Picchio se desempeñaban en los roles protagónicos de esa historia acerca de Martín, un hombre viudo que se enamora y decide rehacer su vida. También aparecía Luis Brandoni, quien tenía a su cargo el papel del hijo mayor de Martín, luego de haber sido partícipe ese mismo año de “La Patagonia rebelde”, la película de Héctor Olivera en la que interpretó a Antonio Soto, un anarcosindicalista español que fue uno de los artífices de las huelgas emprendidas por los peones rurales patagónicos en 1921.
Tanto Alterio como Brandoni sufrieron amenazas de la Triple A por su intervención en producciones de hondo compromiso político, lo que obligó al primero a exiliarse en España, en tanto este último se refugió durante unos meses en México, pero en su regreso a Buenos Aires fue secuestrado por el régimen militar. Tras un periodo brillante de la industria cinematográfica local, la dictadura impuso un forzado retroceso en ese ámbito, donde se promovían realizaciones exentas de cualquier sentido crítico y se censuraban aquellas que osaban plantear cuestiones vinculadas a lo social o lo político.
Con el advenimiento de la democracia, se verificó una apertura cultural que moitvó a que regresaran muchos de los que habían buscado cobijo en el extranjero, en tanto desde el INCAA se volvía a invertir en proyectos que garantizaran calidad en sus resultados. En 1984 se exhibió “Camila”, de María Luisa Bemberg, un largometraje con Susú Pecoraro y el español Inmanol Arias que también contaba con la actuación de Héctor Alterio y que iba a ser nominado al Oscar al año siguiente, como broche de un auspicioso retorno de la Argentina al mercado global de las artes audiovisuales.
Ya en 1985, ese resurgimiento se iba a consolidar con dos títulos que llegaron a ser un suceso de taquilla: “Esperando la carroza”, de Alejandro Doría, con Luis Brandoni, y “La historia oficial”, de Luis Puenzo, con Héctor Alterio. Hace cuarenta años, Puenzo acometía la hazaña de alzarse con el primer Oscar para el cine nacional, a partir de un filme en el que se narraban acontecimientos sucedidos entre 1976 y 1983, desde una perspectiva tan cercana como la época lo permitía. Ese premio a “La historia oficial” representó el mayor reconocimiento que podían obtener quienes aquí se entregaron a plasmar sus ideas en imágenes.
A continuación, pasaron cosas. Durante los noventa, surgió una camada de realizadores que aprovecharon convocatorias del Instituto de Cine para hacer sus primeras armas en la profesión, y luego construir una carrera en la que fueron definiendo un estilo propio. A quienes se dieron a conocer en aquel entonces se los agrupó bajo la categoría del Nuevo Cine Argentino, cuyos logros se prolongaron en la primera década de la actual centuria y se trasladaron también al formato televisivo, siempre en coherencia con una impronta definida y una aspiración a proponer algo novedoso que se alejase en alguna medida de los cánones.
Pero el encargado de devolver a la Argentina al podio de la Academia de Hollywood iba a ser un director más encasillado en los carriles convencionales del séptimo arte, cuyo trabajo en “El hijo de la novia” ya había merecido una nominación en 2002. Juan José Campanella alzó la estatuilla gracias a “El secreto de sus ojos”, que en 2010 repitió la hazaña de “La historia oficial”, con un argumento que también estaba ambientado en la etapa de la dictadura. La producción fílmica nacional confirmaba así la dirección ascendente en la que se había encaminado por lo menos desde el arranque del decenio setentista.
Pocos meses después de la muerte de Alterio en diciembre de 2025, en apenas 48 horas se produjo esta semana el fallecimiento de Luis Brandoni y de Luis Puenzo, quienes fueron despedidos con honores por sus colegas y por el público que disfrutó y sigue disfrutando de su legado. Con ellos, también se va algo de aquel momento en que nuestro cine se propuso abandonar el anonimato, para insertarse en la pantalla global al impulso de un afiatado profesionalismo y del talento de aquellos que lucieron sus mejores atributos con ansias de demostrar que no eran menos que nadie.







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