
Caras y Caretas Cordobesas
Víctor Ramés
Joven bandido olvidado en una página (Primera parte)
Su nombre poco dice y el texto transmite los buenos oficios de un periodista como Juan José Soiza Reilly, destacado corresponsal de Caras y Caretas, entrevistador profesional que sumaba nombres famosos y encumbrados como estampillas en una libreta de ahorro.
En este caso, Soiza Reilly “descendía” a entrevistar en la cárcel a un interlocutor joven, atraído por el picor de la noticia de un caso de bandidaje rural bastante precario. Lejos de las personalidades ante quienes este reportero había podido lucir su agudeza, su ironía, incluso su impertinencia, como el Rey Alfonso XIII, Cesar Lombroso, Vicente Blasco Ibáñez, Anatole France, Edmondo De Amicis, Gabriele D’Annunzio, Miguel de Unamuno, Rodin y Tolstoi.
El caso que lo llevaba a Córdoba tenía a un protagonista solitario y el instinto del reportero intuía una buena nota tras su figura. La nota misma nace y muere en dos páginas, y solo nuestro afán de extraer esencia cordobesa del muy famoso semanario la trae a cuento. Así introducía Soiza Reilly, ese sabueso, a su personaje.
“Se llama Alberto Mengual. La historia de este bandolero juvenil la conocen en Córdoba hasta los vigilantes.
Los diarios difundieron su fama de ladrón de caminos. En las encrucijadas y en los vericuetos de las sierras asaltaba automóviles. Hería. Robaba… Disfrazado de pillo cinematográfico, siempre supo ser un pillo verdadero.
No contento con asaltar a gentes sin prestigio, se echó encima de un juez. Acuchilló la cara del camarista cordobés doctor Félix J. Molina.
Huyó. La policía lo detuvo. El bandolero confesó sus delitos. Y ahora, en la cárcel, saborea la gloria de su propia novela…”
Agotado prácticamente en ese párrafo el hueso del relato, el reportero se queda a solas con su informante, y de allí adelante hay que trepar la cuesta para poner el resto de la nota a la altura la anécdota atrapante. En primer lugar, hay que establecer que el frío periodista no se dejará embaucar por su entrevistado, ya que “Mengual es joven y carismático y convence de su inocencia a todos cuantos le oyen hablar de sus aventuras de bandido.”
Soiza Reilly insiste en lo cinematográfico al referir la recreación de los hechos delictivos en el ambiente original, con presencia del juez:
“Una empresa cinematográfica ha obtenido permiso de la policía para hacer con el mismo Mengual la reconstrucción de los asaltos, y los fotógrafos consiguieron llevarlo a las sierras para retratarlo en presencia del juez doctor Mota, con sus armas, en actitudes de tragedia.”
El vínculo con el cine revela las emociones de un adolescente que admiraba al actor William Hart:
“— Un día — exclama Mengual — entré a un cinematógrafo. Trabajaba en la cinta William Hart... ¡Qué maravilla!
El artista asaltaba a los trabajadores de las minas que regresaban con sus caudales de pepitas do oro. Les arrebataba sus riquezas con buenos modales. Si alguno protestaba y defendía su tesoro a balazos, entonces William Hart saltaba por encima de todos, peleando como un tigre. Matando...
Al principio me pareció que William Hart era un ladrón común. Empezaba a molestarme que un tipo tan simpático como él robara a esa pobre gente. El autor de la película había pensado tal vez lo mismo que pensaba yo, pues en la segunda parte del drama se descubre que los hombres a quienes William Hart robaba eran también ladrones. Eran los asesinos de un gran capitalista, muerto por ellos para apoderarse de las pepitas de oro. William Hart lo sabe, corre a la casa donde la viuda del capitalista llora su desdicha y le devuelve el oro que le quitaron al marido. La viuda admira del desinterés de William Hart. Se enamora de él.”







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