
García y la máquina de entretener
J.C. Maraddón
Hacia los años sesenta, cuando los niños empezaron a integrarse al mercado del consumo, los productos de entretenimiento que se elaboraban para ellos seguían un criterio parecido al que se había desarrollado en la década anterior con respecto a los adolescentes. Se buscó que los infantes sintieran que había disponibilidad de opciones confeccionadas específicamente para ellos y que su mundo no era entendido por los adultos. Esos códigos de complicidad eran una herramienta poderosa de marketing y daban inicio a una técnica cuyo uso se iba a prolongar en el tiempo, hablándoles a los más pequeños de un modo particular y cómplice.
En esas épocas de diversión analógica, sin teléfonos inteligentes ni PlayStation, eran los mayores los que debían sumergirse en ese universo infantil para comprender en qué andaban sus hijos/sobrinos/nietos, y así poder acompañarlos en sus juegos. De a poco, esos familiares aprendieron también a disfrutar de los momentos compartidos como regreso a una niñez que no habían tenido, porque cuando a ellos les había tocado atravesar esa etapa no existían ni la televisión ni los flippers. En ese intercambio de experiencias se fortaleció un vínculo más estrecho entre generaciones que hasta ese momento no convergían más que en las vivencias hogareñas.
Hacia fines de la década del noventa y con la aparición de otros actores en la industria del entretenimiento infantil además de Disney, los genios de la mercadotecnia advirtieron que tenían que facilitar aún más esos procesos, para que todos pudiesen pasarla bien al unísono. Fue entonces que aparecieron sagas cinematográficas como las de “Toy Story” o “Shrek”, en las que se insertaba un doble mensaje que podía ser decodificado de una manera por chicas y chicos, y que en simultáneo disparaba grajeas para captar el interés de sus progenitores, también presentes en la sala.
Ese formato, probado luego con éxito en series de televisión, dibujos animados, obras de teatro, libros y canciones, se ha ido perfeccionando hasta llegar a la actualidad, un presente en el que ya resulta difícil distinguir un público del otro. Porque los niños han evolucionado muchísimo en su capacidad de percepción y a una edad temprana exigen contenidos que antes no hubiesen estado en condiciones de asimilar, al punto que hoy algunos de sus intereses coinciden con los de sus papás, más allá de las connotaciones positivas o negativas que pueda tener un fenómeno de tan insólitas características.
En ese contexto, la artista Ceci Raspo presentó el fin de semana pasado en una especie de showcase el espectáculo “Modo Charly”, con el que saldrá a escena los días 16 y 17 de mayo en el teatro Ciudad de las Artes. El concepto de esta puesta musical es trazar una panorámica de la obra de García desde Sui Generis hasta su etapa solista, junto a una recorrida por las distintas facetas de su biografía, siempre pensando en estímulos que expandan la imaginación y que propulsen las ganas de jugar de chicos y grandes por igual, a través de disparadores creativos.
El objetivo es desafiante por tratarse de un músico inmerso de forma constante en la polémica, cuyas composiciones abundan en giros irónicos y en referencias a diversos hechos de la historia contemporánea argentina. Eso pone en aprietos a quien se disponga a adaptar ese material para hacerlo legible a una platea que, como mucho, tal vez identifique al ídolo como ese señor al que suelen trasladar en silla de ruedas, lejos de conocer los episodios extravagantes en los que se vio inmerso y de las aventuras artísticas en las que se involucró durante su periodo más activo.
En procura de esa meta, Ceci Raspo realiza un disección precisa del vasto repertorio de Charly, para encontrar allí motivos que inciten al juego, y desenredar los relatos que el autor supo insertar en algunos de los temas que a esta altura ya son clásicos. Con desparpajo, se las arregla para incluir en su show una versión de “Mr. Jones, o Pequeña semblanza de una familia tipo americana”, una atrevida pieza de “Confesiones de invierno” que ironiza sobre ese prototipo familiar en el que se asentaban las bases de la sociedad medio siglo atrás.
Con el mismo esmero, Ceci Raspo se ocupa de apenas rozar (cuando no esquivar) aquellos jirones de la vida y la creación de Charly que ameritan debates más profundos y que por ende no son aptos para una propuesta de este tipo. A pesar del considerable lapso transcurrido, muchas de esas canciones y muchos de esos actos todavía resultan urticantes, lo que indica que estamos en presencia de alguien capaz de romper todos los moldes. En el mejor de los casos, cuando crezcan, esos niños serán los que juzguen por sí mismos la genialidad o el derrape infinito de García.







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