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Denunciar la violencia supone reconocer la dignidad del individuo

Un reciente caso de violencia de género vuelve a desnudar que hay personas que privilegian lo colectivo al callar sobre las penurias individuales
Nacional26 de junio de 2026Javier BoherJavier Boher
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Algunas veces resulta difícil separarse de las discusiones que se dan en las redes sociales, porque suceden frenéticamente dentro de las mismas y se extienden rápidamente hacia los medios tradicionales. Esto último, lógicamente, no significa que tengan en la sociedad la misma repercusión que en el microclima digital. Esto es porque hay cosas que no cambian con el tiempo, como que son noticia las cosas poco frecuentes, no las que suceden todo el tiempo.

Antenoche estalló un escándalo de violencia machista vinculado a un referente de los medios progresistas, kirchneristas o peronistas. La etiqueta varía según quién quiera hacerse cargo del acusado, algo que nadie parece muy dispuesto a aceptar.

Otra vez vamos a obviar los nombres, no para evitar los problemas legales, sino porque los actores individuales son poco importantes frente a la cuestión estructural que se repite recurrentemente a lo largo del tiempo y a través de las identidades colectivas de una época. En cualquier caso, lo que vale la pena rescatar es lo que subyace a la dinámica sobre acusaciones y silencios alrededor de las transgresiones.

El patrón fue más o menos calcado a lo que se ha visto en tantas oportunidades. Una mujer denuncia algún tipo de violencia, que la mayoría de las veces arrancó en el plano psicológico pero eventualmente giró a la violencia sexual y física. A continuación muchas mujeres salen a decir que era un secreto a voces, algo que nadie quería decir en voz alta para no afectar a un compañero de militancia ni hacerle el juego a la derecha. Finalmente, las mismas que salen a poner en la picota al que hizo un chiste fuera de lugar siendo del bando opuesto piden prudencia en los comentarios, porque hay que ver cómo fueron las cosas en realidad.

Esto último, que debería ser la norma en todos los casos, es una excepción que solamente se constata cuando las sospechas recaen sobre los que militan en el mismo espacio.

Se podría hacer una lista larguísima de militantes y dirigentes a los que se les han probado muchos de estos casos, seguramente más de uno por año desde hace más de una década, pero por algún motivo hay que desconfiar de que haya allí un patrón. Siempre son casualidades, a pesar de que ya todos sabían y nadie decía nada.

Por esas cosas del destino, aquellos que tenemos la mala suerte de haber nacido hombres somos solidariamente responsables por lo que hace cualquier otro hombre, incluso sin saber de qué se trataba ni qué se decía. Nunca jamás en mi vida había visto al sujeto denunciado en esta ocasión, pero casi con seguridad lo hubiese puesto en el apartado del catálogo lombrosiano reservado a potenciales agresores sexuales, aunque no sé si por la cara, la estética o el discurso garantista absurdo que al final es la excusa para pretender quedar fuera de la cárcel cuando se confirmen las sospechas en su contra.

Aunque lo más simple en el pensamiento binario tradicional es creer que criticar a estos personajes es ponerse en el lado opuesto de la actual disputa política, nada más alejado de la realidad. Existe un fenómeno muy extendido en la actualidad entre algunos jóvenes de derecha que es venerar la imagen de la.mujer tradicional, pero no en cuanto a una cierta diferenciación de roles de género, sino respecto al lugar de sumisión y sometimiento que tenían en otros tiempos (o que siguen teniendo en algunos lugares). Es una visión pacata y machista que condena a las mujeres que viven su vida en libertad, sin las restricciones de esos mandatos decimonónicos.

No importa qué tanto digan defender los derechos y causas de la mujer, eventualmente progresistas y conservadores prefieren verlas en un segundo plano. Les molesta ver mujeres independientes y con fuerza que contradicen el lugar que pretenden para ellas, especialmente cuando no se someten a las presiones de colectivos que se caracterizan por tener integrantes que se comportan todos de la misma manera. Hay algo roto ahí, que no se acepta que haya mujeres desafiando los lineamientos que otros pretenden para ellas, sea el rol de ama de casa criando ocho hijos o el de la de pelo teñido y pañuelo verde. Se simplifica en un blanco y negro que deja fuera todos los matices en beneficio de ciertos partidos políticos, pero reduciendo la efectividad de la representación de las mujeres que no quieren caer en ninguna de las dos versiones.

Seguramente hay cuestiones de seguridad y temor por las cuales la mujer que está viviendo una situación de violencia de género no hay en las denuncias correspondientes, pero el hecho de que no las hagan aquellas personas que lo ven de afuera es llanamente incomprensible. 

Trabajo en una institución que se vio atravesada por una situación de acoso laboral y violencia de género que llegó a los medios. Nunca jamás vi nada, porque estaba poco tiempo y lejos del lugar físico donde ocurría, pero algunos compañeros y compañeras dicen que el maltrato era habitual y visible. Nadie hizo nada. Ni los machotes tradicionales, ni las mujeres que insisten en que hay que incorporar talleres de género. Triunfaron y tenemos que hacer los talleres el 8 de marzo donde nos dicen lo malos que somos por tener pene, a pesar de que ellas jamás intervinieron por la compañera a pesar de hablar de cómo vieron que la maltrataban.

Hay una frase de Edmund Burke que dice algo así como que los malos triunfan cuando los buenos callan. No importa el lugar ideológico en el que se encuentren, mientras siga habiendo gente incapaz de distinguir lo que está bien de lo que está mal porque debe seguir rígidos preceptos que le permiten formar parte de un colectivo, la situación no va a cambiar. Defender a otra persona supone considerarla digna de atención y con valor por ella misma. Si lo importante son la nacionalidad, el movimiento o la causa, nunca un individuo sometido les va a resultar importante.

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