
El gasto en discapacidad y la voluntad de cambiar
Javier Boher
De adolescente alguna vez pensé que la política se trataba de debatir ideas o hacer propuestas para que la gente viva mejor. Incluso todavía lo enseño así, convencido de que hay negociación y debate, pero muchas veces la realidad se dedica a refutarme.
El tema que ha ocupado buena parte de la última semana ha sido la cuestión de los cambios en el presupuesto en lo referido a discapacidad. El gobierno había avanzado en recortes que despertaron las críticas de la oposición, reforzando la campaña de que los libertarios son desalmados recortadores de derechos. Todos sabemos de casos en los que hay gente que falsificó certificados para acceder a prestaciones y que hay que revisar todo, pero es más fácil agarrarse de los casos de aquellos efectivamente perjudicados por los cambios. Los de ahora y los de antes parten de la misma premisa de que hay irregularidades, pero después les da fiaca poner a trabajar al Estado y le dan o le quitan a todos sin analizar mucho.
Tal vez por todas estas cosas el gobierno decidió retrucar y patear la pelota al campo del rival. Consciente del costo político que estaba pagando, presentó un proyecto para salir de la Emergencia en discapacidad, revirtiendo los cambios de la discordia y estableciendo criterios estables y más estrictos de auditoría. La oposición duda de tan generosa oferta, intuyendo que de alguna manera el oficialismo terminaría obteniendo lo que se propuso en primer lugar y obligada a devolver de alguna manera el gesto.
Así, parece que el gobierno solamente está con ganas de mostrar que la culpa de que no se haga algo al respecto es de los otros. Ya no se trata de resolver el problema, sino de que al menos no te hagan cargo. Es una actitud similar a la del peronismo abandonando la legislatura para tratar de exponer las contradicciones del radicalismo sobre las denuncias por abusos sexuales. Es tratar de hundir al otro en el barro de la bronca popular.
Este fenómeno tampoco es tan nuevo, sino que sería una leve reversión del viejo monólogo de Tato Bores y que la culpa es del otro. Ni siquiera se trata de buscar responsables por un fracaso. Es peor. Ni siquiera hay un fracaso por el que hay que responsabilizar a alguien, sino una evasión de la responsabilidad de hacer. Son propuestas y contrapropuestas que no sacan a nadie del lugar en el que están empantanados.
Hoy existe un status quo que le sirve a la mayoría de las fuerzas políticas y que nadie se atreve a atacar en serio para no afectar sus chances electorales. El oficialismo tampoco tiene los números para imponer su agenda, así que queda a merced de no tensar tanto la cuerda con sus aliados (que son producto de la coyuntura que llevó a la situación actual).
Aunque atomizador, la oposición sabe que tiene chances electorales, de allí que tampoco quiere poner en riesgo lo que existe. Solamente trata de hacer pagar grandes costos simbólicos al gobierno por cambios que todavía no sucedieron.
En algún momento la clase dirigente debería poner por encima de las pequeñas peleas sectoriales la racionalidad macroeconómica para hacer viable una buena política social. No sirve que el péndulo vaya de un lado al otro en medio de propuestas cruzadas que tienen como objetivo demostrar que los otros son los malos y que son ellos los que no quieren que se hagan cosas.
La política debe ser el arte de la negociación y las propuestas, pero solamente como el paso previo a la ejecución y los hechos. Si no llega a eso no sirve.



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