
La República de Weimar
La derrota en 1918 y el Tratado de Versalles generan un profundo sentimiento de humillación nacional en Alemania. Millones de soldados desmovilizados quedan sin empleo ni reconocimiento, lo que alimenta el resentimiento y la violencia política. Muchos se agrupan en cuerpos paramilitares (Freikorps), que se convierten en fuerzas de choque contra la izquierda y en el semillero del nazismo.
La democracia alemana nace débil. La renuncia del Káiser y la instauración de la república son percibidas por una gran parte de la población como una imposición; el nuevo régimen no logra consolidarse como una alternativa legítima frente a la tradición imperial. En paralelo, la revolución rusa intensifica el miedo de los sectores medios y de las élites capitalistas. Así, el centro democrático debe enfrentarse a una situación de fuertes antagonismos entre la extrema derecha y la izquierda procomunista.
La hiperinflación de 1923 destruye los ahorros y la confianza en el Estado. Poco después, la Gran Depresión de 1929 dispara el desempleo. Este encadenamiento produce un clima de desesperación que termina por erosionar la legitimidad democrática. La crisis de Weimar plantea que tener una constitución avanzada es una condición necesaria, pero no suficiente, para sostener un orden institucional.
El nazismo emerge como una revolución reaccionaria y de fuerte violencia. Se presenta como la salvación del pueblo alemán ante su deriva institucional y como una garantía para las élites económicas con las cuales acuerda (Traverso, 2013). El rechazo al Tratado de Versalles y la promesa de orden le permiten capitalizar el resentimiento social y el miedo al comunismo. La debilidad institucional facilita que un partido con un discurso totalitario llegue al poder por vías legales para, luego, destruir la democracia desde dentro. Culmina así "un proceso que deriva de considerar o aceptar, paso a paso, que lo excepcional se vuelva normal, hasta que la democracia se convierte en un cascarón vacío" (Ginzberg, 2024).
Esa realidad anómica da lugar a Adolf Hitler, quien encabeza una revolución al servicio de la barbarie fundada en el ultranacionalismo, el racismo biológico y un antisemitismo exterminador (Traverso, 2013). Weimar demuestra que el mesianismo surge cuando la democracia pierde su capacidad de producir sentido y orden.
El quiebre de la sociedad estadounidense
La imagen monolítica del imperio de Occidente estalla ante el mundo con la crisis económica de 2008. La mal llamada "crisis de las hipotecas" obliga al gobierno norteamericano a subsidiar a todo el sistema financiero para evitar un colapso terminal del modelo capitalista. El costo de esas medidas, sin embargo, lo soportan la clase media, los sectores bajos y el resto del mundo, debido a la vigencia del patrón dólar.
El deterioro del pacto redistributivo —producto de la regresividad tributaria y la concentración extrema de la riqueza— erosiona la legitimidad y la eficacia del Estado de bienestar (Piketty, 2014; Saez & Zucman, 2019). Este proceso incide de manera directa en el desgaste del discurso hegemónico vigente desde el período del New Deal.
David Autor, profesor del MIT, demuestra que el deterioro de los ingresos de la clase media estadounidense y la pérdida de los empleos fordistas se explican por la convergencia entre globalización, automatización y el debilitamiento institucional del trabajo. La apertura comercial con China destruye millones de puestos manufactureros en regiones dependientes de la industria pesada. Esto afecta especialmente a los trabajadores blancos sin educación universitaria que constituyen el núcleo del modelo fordista. La automatización reduce aún más la demanda de tareas rutinarias, polarizando el mercado laboral entre empleos muy calificados y trabajos de baja remuneración. Este fenómeno bloquea la movilidad ascendente, debilita a los sindicatos y genera un clima de resentimiento económico y cultural que reconfigura el discurso político.
Katherine Cramer, profesora de la Universidad de Wisconsin, refuerza la explicación: su investigación muestra cómo el declive industrial genera un resentimiento territorial profundo en esos mismos sectores postergados. Ese malestar, más cultural que estrictamente económico, es capitalizado por un Partido Republicano que adopta un discurso anti élite y anti institucional, mientras el Partido Demócrata pierde su conexión con la clase trabajadora.
Esta dinámica termina por romper la legitimidad del pacto social liberal. El consenso que sostiene un liderazgo compartido —basado en la movilidad social, la expansión de las clases medias y la estabilidad institucional— se debilita. La respuesta política dominante se manifiesta hoy en formas de nacionalismo económico, polarización partidaria y el ascenso de discursos que simplifican conflictos estructurales complejos. El trumpismo, en este escenario, opera canalizando las frustraciones sociales hacia narrativas identitarias, eludiendo la discusión de reformas redistributivas profundas.
Liderazgos mesiánicos
Los liderazgos mesiánicos no surgen en el vacío: emergen cuando una sociedad atraviesa un quiebre estructural que desborda la capacidad de sus instituciones para procesar el conflicto, la desigualdad y la frustración.
Hitler encarna la versión extrema del redentor destructor: su narcisismo rígido y su visión biológica del enemigo lo llevan a la aniquilación total. Trump, en cambio, expresa un mesianismo democrático-degradado: un narcisismo grandioso que personaliza el poder, polariza identidades y erosiona los límites institucionales desde las lógicas del propio sistema. Ambos casos muestran que, cuando el pacto social se fractura, la demanda de salvación reemplaza a la deliberación democrática.
*Dr. en Ciencia Política (UNC-CEA)



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