
Argentina, Inglaterra y el brote de nacionalismo bobo
Javier Boher
Los que hemos tenido suerte de practicar deporte en un nivel competitivo aprendimos la importancia de no “jugar antes” los partidos. La cabeza es lo más importante a la hora de prepararse para el enfrentamiento, de allí que hay que evitar sobrecargarse con cuestiones que no corresponden a lo que ocurre dentro de la cancha.
Pongo un ejemplo personal: antes de una final contra el clásico rival cada uno decía por qué iba a jugar. Uno de mis compañeros dijo que lo iba a hacer por su difunta esposa, que había fallecido de cáncer. Perdimos sin atenuantes, a pesar de que en la previa éramos favoritos.
Terminado el partido contra Suiza ya sabíamos que el rival que seguía era Inglaterra, uno de los grandes clásicos de la selección de fútbol. Tuvimos varios enfrentamientos mundialistas con suerte dispar, muchos teñidos por la política y a partir de 1982 por la Guerra de Malvinas. De los que yo recuerdo, el del ‘98 con la roja a un exaltado David Beckham y el de su redención en 2002, cuando convirtió un penal. Nos criamos con aquello de que el que no salta es un inglés, por haber tenido cerca a la generación de los que vivieron la guerra muy de cerca.
Apenas terminó el partido, Lionel Scaloni fue el primero en dejar en claro que el del miércoles es un partido de fútbol. En la misma línea respondió Rodrigo De Paul, diciendo que hay mucha historia entre ambos países pero que la soberanía se discute en otros ámbitos, no en la cancha.
A pesar de eso, la marea de gente que pretende convertir el partido en una gesta épica por la soberanía sobre las islas del Atlántico Sur creció de manera imparable, arrasando con todos los que pretenden bajarle el tono al conflicto para limitar el partido a lo que hagan 22 jugadores dentro de un rectángulo de cal.
El mismo sábado, justo después del partido, el periodista Federico Tolchinsky tuiteó en la misma línea en la que declararon los mismos involucrados en el partido. Sin embargo, despertó una ola de repudio con más enojo, insultos y descalificaciones que argumentos. Es impresionante lo agresivas que se pueden poner algunas personas cuando se habla de un pedazo de tierra argentino del que no saben mucho más que las consignas patrioteras que se han repetido durante años.
Lo que es particularmente insólito es que de golpe hay muchísima gente que le exige a los jugadores que se conviertan en una especie de abanderados de la soberanía y vanguardia de reconquista, a pesar de haberlos tratado durante cuatro años de vendepatrias y desclasados. No son ni una cosa ni la otra, solamente son jugadores de fútbol.
Cinco de los 11 titulares del sábado pasado juegan en el fútbol inglés, otro titular pasó por la premier y dos de los que ingresaron desde el banco también lo hicieron. Allá no se andan fijando en cuestiones extrafutbolísticas para contratar jugadores, por eso tenemos la suerte de tener medio equipo jugando en la liga más competitiva del mundo.
Malvinas es una causa nacional reconocida en la Constitución, una herida en la sociedad y un símbolo de identidad nacional, pero también es lo que el revisionismo hizo con ella para justificar regímenes nacionalistas berretas que buscaron enemigos externos con los que esconder su inoperancia y corrupción galopante. Esperemos que algún día el problema se pueda resolver en los escritorios en los que corresponda, exigiendo a los políticos que trabajen para ello. A los futbolistas les pidamos que le den duro a la redonda y a las piernas de los rivales para quedar un poco más cerca de una nueva alegría. Cada uno desde su lugar.


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