
Caras y Caretas Cordobesas
Víctor Ramés
Las tres décadas expuestas de Fader (Decimoquinta parte)
A cada llegada suya a Buenos Aires, la cita de honor en el mes de octubre, traía Fader enrollados jirones de un paisaje inagotable, su labor de todo un año no siempre amable para alguien vecino del paisaje agreste y las temporadas duras de las sierras cordobesas. Puestos sobre bastidores eran luego, en la sala, ventanas a un lugar lejano e incongruente recreado por la mirada de un maestro como era el pintor franco-mendocino.
En 1923 no habría otoños entre los cuadros de la exposición. El extraordinario epistolario entre Fader y su marchand, Federico Müller, citado por el erudito Rodrigo Gutiérrez Viñuales, nos permite leer en una carta del pintor al galerista: “este año no hay otoño. Todo verde, se ha helado sin transición”.
Aporta otro apunte sobre el color del paisaje que determinaba el ánimo del pintor, el desafío a la paleta que le daba continuidad a esa labor de aprendizaje sin fin, el múltiple José León Pagano (escritor, pintor, poeta, comediógrafo, profesor, historiador y crítico de arte), quien visitaba a Fader en Loza Corral para escribir un artículo sobre él en La Nación. En un momento poético de la visita:
“…hojas amarillentas rodaron junto a nosotros, impulsadas por el viento... Fader tomó una, y mostrándomela... comenta: -Es el otoño que se anticipa. Pronto empezaré a pintar.
No trabaja en verano, al menos como paisajista. Aborrece el verde crudo. (...).
-Fíjese que bien hace aquella breve nota roja sobre el tono del agua sin brillo…”.
Otra colorida vista otoñal de Fader la aportaba Agustín Rivera Astengo en su libro Remansos. Fader haber pintado una represa “bajo una lluvia de hojas muertas que poco a poco
cubrían la superficie del agua con un espeso manto de hojas rojas, amarillentas, grises y, a
medida que el viento las llevaba de un lado a otro, se abrían grandes manchas oscuras mostrando el agua su hermoso cristal verde”.
En el año 1923 no había, pues, otoños, y también sería recordado por Fader y por Müller como uno de los peores años de la década, en términos de la relación entre el marchand y el artista, y de los apremios económicos que la tensaron casi hasta el punto de ruptura. Sin embargo, la exposición de octubre tuvo lugar. Ambos necesitaban vender cuadros, pese a que Fader estaba disconforme con su producción. Abrió la sala con catorce telas de la última campaña cordobesa y tuvo buena recepción de la prensa y del público en general.
La revista Caras y Caretas se hacia eco de la muestra en la Galería de la calle Florida, en su número del 20 de octubre, un apunte no muy extenso y sin firma.
“Exposición Fernando Fader en el Salón Müller
Nuevamente Fader expone en el mencionado salón, Su talento, su técnica y su poder interpretativo de nuevo descuellan en sus lienzos, confirmándole, una vez más, como
maestro indiscutible de la pintura nacional, y siendo su figura, en el arte argentino contemporáneo, la genuina representación de muchos aspectos de nuestro ambiente, que en sus telas, merced a sus pinceladas vigorosas, cobran vida y acción, expresando el enérgico pensamiento que ha querido imprimirles, y cuyo prestigio artístico, así en la presente como en las futuras generaciones, constituirá un timbre de honor para su patria.”
El semanario acompañaba reproducciones en blanco y negro de tres óleos de Fader, con sus títulos como epígrafe: Primavera en mi callejón, Mal tiempo, y Tarde triste. Las dos últimas referencias parecían ser testimonios de la ardua labor del pintor durante el año esquivo en satisfacciones de diverso orden.







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