
Como un signo del alma
J.C. Maraddón
Considerar el tango como un fenómeno aferrado a una urbe o a una nacionalidad es no dimensionar su carácter rioplatense, es decir, perteneciente a esa región separada por un mar de agua dulce que comparte similitudes culturales y al que el devenir histórico ha sometido a la demarcación de una frontera. La hipótesis de su procedencia porteña resulta incompleta a la hora de explicar cómo es que afloran una y otra vez raíces que remiten al Uruguay, apenas se indaga un poco en el cancionero y en los cultores fundacionales de ese género que tuvo su edad dorada en la década del cuarenta.
Fue precisamente en 1944 cuando el poeta montevideano Horacio Basterra firmó bajo el seudónimo de Horacio Sanguinetti la letra que lo volvería inmortal, al unir su talento con el del bandoneonista rosarino José Dames, para componer la canción “Nada”. En el mismo año, tres orquestas muy reconocidas como las de Miguel Caló, Carlos Di Sarli y Rodolfo Biagi realizaron sucesivas versiones de esa pieza que hasta el día de hoy ha sido objeto de más de 300 grabaciones (entre ellas, las de Julio Sosa, Roberto Goyeneche y Mercedes Sosa), y que integra el cuadro de honor de las obras más logradas del repertorio tanguero.
Y es que a Basterra (o Sanguinetti) le toca estar a la altura de los grandes vates del género en esa época, como Homero Manzi, Homero Expósito, Cátulo Castillo, José María Contursi o Enrique Cadícamo. Y en “Nada” consigue subir a ese Olimpo, con versos que afloran desde el dolor de un hombre arrepentido que vuelve en busca de su amor, aunque sabe que su propósito es inútil. Y si bien esta temática es un lugar común dentro de la discografía de la música ciudadana, las figuras literarias de alto vuelo que emplea el autor cobran un brillo inigualable.
Dames, por su parte, envuelve esas palabras en una sonoridad que se eleva desde el dos por cuatro hacia una dimensión donde los estilos confluyen y lo único que se destaca es lo sublime. Lo curioso es que ambos, Basterra y Dames, tuvieron que exiliarse del otro lado del Plata: el primero, por haber asesinado a su cuñado en un confuso episodio; y el segundo, por haber sufrido cárcel y tortura por parte de la dictadura de Pedro Eugenio Aramburu, acusado de que en un espectáculo del que él participaba se cantó la marcha peronista, algo que estaba prohibido.
Tras aquella época gloriosa de las grandes orquestas tangueras, en la década del cincuenta bajaron desde el norte los ritmos caribeños que se impusieron en las pistas del baile, hasta que el rocanrol terminó desbancando al resto y marginando al tango hacia una zona en la que
sólo las personas mayores lo reivindicaban. Por más que hubiera mucho de aquella poesía ciudadana en algunos de los pioneros del rock en castellano, ninguno de ellos iba a atreverse a reconocerlo en aquel momento en que la rebeldía juvenil apostaba a derribar las viejas tradiciones para poder arrancar de cero.
Como un signo del alma, llevaban en sus oídos esos temas que les habían canturreado sus ancestros o que habían sonado en el tocadiscos hogareño cuando quedaba a merced de la voluntad de sus padres. Aquellos rezongos de bandoneón y aquellas voces arrabaleras iban a permanecer suspendidas en la memoria, de la que iban a resurgir más tarde impregnadas de nostalgia. Esa es la forma en que se han perpetuado las joyas musicales de un tiempo en que las cosas eran muy distintas a las de la actualidad, aunque ciertos sentimientos no hayan cambiado tanto.
Uno de los que reconoce haber heredado esa emoción es Juan Carlos Tolosa, exquisito músico cordobés que ha recorrido el mundo gracias a sus dotes como pianista, compositor y director orquestal, pero que se ha cuidado de no perder jamás sus raíces. Por eso, el sábado pasado se sentó en soledad al piano en la Sala Luis de Tejeda para un abordaje tan sutil como emotivo de “Nada”, aquel tango que Basterra y Dames crearon hace más de ochenta años y al que Tolosa contó haber escuchado por primera vez cuando era niño en la interpretación de su padre.
Fue un segmento entrañable dentro del concierto que brindó esa noche un trío completado por Esteban Gutiérrez en percusión y Gustavo Aiziczon en contrabajo, quienes acompañan con soltura y virtuosismo esta nueva aventura de Tolosa. La formación debutante se entrega a un repertorio donde lo popular y lo académico conviven sin que se adviertan falsas incompatibilidades. Y en ese marco, las teclas pulsadas con maestría evocaron las estrofas de ese tango que alguna vez pudo hacernos mal, y al que sin embargo queremos, porque es el mensajero de un arrabal que conocimos a través de una voz paterna.







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