
La vida después del punk
J.C. Maraddón
La semana pasada se cumplieron 50 años de la realización del festival 100 Club Punk Special, que se desarrolló a lo largo de dos días en un club nocturno de Londres y que ha pasado a la historia como el evento fundacional del movimiento punk. En su grilla figuraban algunos de los números que iban a ser los adalides del nuevo género, como Sex Pistols, The Clash, The Damned y Siouxsie and the Banshees, cuyo sonido coincidía en cuanto a la estridencia, las letras provocadoras y un estilo que estaba en las antípodas de ese rock progresivo que había dominado la escena hasta entonces.
La de la punkitud ha sido, sin duda, una de las últimas contraculturas que ha parido Occidente en el siglo pasado, más allá de que su reinado fue efímero y que sus proclamas muchas veces quedaron atadas a un discurso nihilista que no se podía reflejar en los hechos. Para demostrarlo, basta señalar que seguimos hablando de eso cinco décadas más tarde, cuando una de sus consignas fundamentales era que no había futuro. Además, varias de sus figuras tuvieron luego una prolífica carrera dentro del reggae, el pop y el rock convencional, contrariando la que había sido su antigua prédica.
Pero si nos atenemos solo a la faceta artística del punk, comprobamos que su influencia ha sido extraordinaria en todo lo que vino después, tanto en lo que tiene que ver con la estética de la imagen como en lo relacionado a la evolución de la música contemporánea. Su propósito de regresar a las raíces y rescatar la simpleza original rocanrolera caló hondo tanto en las nuevas generaciones como en algunos de los viejos dinosaurios rockeros (Yes, Pink Floyd, Genesis), que tomaron nota del mensaje y ensayaron entre fines de los setenta y comienzos de los ochenta un viraje notorio hacia regiones menos recargadas de arreglos.
Después de que el punk se autodestruyera sin retorno, de sus cenizas brotaron iniciativas que, sin levantar sus banderas, denotaban que habían sido inoculadas por aquel virus de época. Entre esas, una de las corrientes más populares ha sido la denominada new wave, que se hizo fuerte desde la espontaneidad. Sin perder el ritmo, bajó un poco los decibeles y encaró sus pasos hacia el universo del pop, con un éxito rotundo que llenó de hits las listas de ventas y engendró fenómenos mundiales como el de The Police, banda que en su momento llegó a ser comparada con los Beatles.
Mientras tanto, desde las catacumbas, emergían los grandes valores del llamado post-punk, una poco original etiqueta que pretendía englobar a propuestas musicales de muy diverso pelaje, cuyas supuestas similitudes giraban en torno a una cierta oscuridad sonora, unas letras intimistas que para nada insuflaban optimismo y una vocación experimental que desorientaba a la industria discográfica. Ese tesoro ha sido el que ha provisto de mayores hallazgos musicales a la escena finisecular, y no sorprende encontrar allí el origen de algunos de los nombres que con los años se transformaron en grandes ídolos de multitudes.
Sin embargo, no pocos de esos proyectos nacieron como parte de la movida punk, al mismo tiempo que esa revuelta se radicalizaba y encendía una chispa creativa diferente. Y si bien algunos pueden no haber pertenecido a la primera línea de la avanzada punkie, tomaron de allí la inspiración y la fueron direccionando en un sentido diferente, hasta consolidar un formato propio que conservaba ciertas audacias en sus maneras, pero que trepaba algunos peldaños más arriba en la tarea de persistir en su apuesta, hasta imponerse en el mercado y ocupar un sitial entre los mayores exponentes de la música juvenil.
En aquel mismo septiembre de 1976, cuando el punk emitía su berrido primal, Larry Mullen Jr. colocaba un cartel en la pizarra de anuncios de un colegio de Dublin, donde solicitaba interesados en formar una banda de rock. A su pedido responderían Bono, The Edge y Adam Clayton, junto a quienes Mullen formaría U2, el grupo que está celebrando su cincuentenario y que, para conmemorarlo, anuncia para el próximo 13 de noviembre la salida de un nuevo disco, “Carnaval de luz”, con un nombre en español que homenajea a México y que trasluce una apropiación de la cultura iberoamericana.
Que los orígenes de esta formación irlandesa sean contemporáneos del levantamiento punk, expone a las claras la simultaneidad de esas tendencias, cuando la novedad convivía con la vanguardia que iba a sucederla. Eran tiempos en que todavía se podía esperar sorpresas en la cresta de la ola, una sensación que parece haberse agotado en la actualidad, si nos guiamos por el constante reciclaje de las modas que se practica en la industria del entretenimiento. Quizás por eso mismo, aunque post-punk en su concepción, U2 ha sabido reconvertirse durante este medio siglo para no quedar atrás, sin aspirar ya a estar adelante.







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