
Córdobers | Caras y Caretas Cordobesas
Víctor Ramés
Las tres décadas expuestas de Fader (Trigésima parte)
Muerto Fader, así como sus pinturas son el testimonio irrefutable de su paso por esta tierra, existen las palabras, las que suscitó en otros y las propias, ya que hay páginas de sus manos que dejan ver una agudeza super refinada al mirar los hechos y las ceremonias de su tiempo, tanto como la superficialidad común que reinaba en los ambientes de la cultura y del arte en la ciudad. Concretamente Buenos Aires. Allí nace la refutación total a ese ambiente, más tarde, a la que lo decidió fehacientemente su problema de salud respiratoria: abandonar la metrópoli para aferrarse hasta la muerte al paisaje serrano cordobés, un paisaje más sano para sus pulmones y para su inteligencia, del que él se esmeraría en extraer la luz mediante el afán de los pinceles en las pinturas.
Su salud decidió a Fader a dar un vuelco a su vida, tras habérsela prácticamente entregado por varios años a un proyecto cuasi faraónico en Mendoza, sobre el que llamaba “la atención de todos contando sus extraordinarias empresas allá en los Andes, donde había iniciado obras hidráulicas de gran magnitud, aprovechando una concesión del gobierno para explotar un salto del río a veinte kilómetros de Mendoza”, según recuerda Alberto María Rossi en su libro de 1931 La Camisa de Once Varas, refiriendo episodios de 1913.
El proyecto ingenieril de Fader ponía en marcha cifras millonarias, que finalmente se tradujeron en fracaso. De aquel rico heredero, en cuanto pudo volver a su verdadera pasión, vino un artista de los más cotizados del mercado, de los que saborearon -para más tarde repudiar- la popularidad, esa gran embustera. El diario derechoso “Banderas Argentinas”, a su muerte, decía que “Todo el mundo hablaba de él, los coleccionistas se disputaban sus lienzos y, lo que es más raro aún en Buenos Aires, los rematadores sabían que un Fader del año 16 no se vendía por menos de 10.000 pesos”.
Ya nunca perdió ese lugar, en lo que a gloria se refiere, pero sí en lo atinente a la riqueza: el volanteo de Fader torcía hacia una vida austera. Como se lee en el número de marzo de 1935 del diario mendocino “Crónica”, Fader “...se había independizado de escuelas, para ser él, como se había desembarazado hasta de los medios materiales, para ser pobre, porque la riqueza le estorbaba el alma. No supo de camarillas, ni de bohemias trasnochadas...”.
Y por última cita, en la nota de largo título “Ha muerto el más grande pintor de América. El eximio artista argentino, Fernando Fader, descuella entre los grandes paisajistas del mundo”, el periódico vespertino “Tribuna Libre”, 2 de marzo de 1935, expresaba: “En el primer tercio del siglo XX, es Fader la máxima figura de nuestro arte pictórico, que honra, realmente, a la gran República. Y ahora, en la iniciación del segundo tercio, le sucede Lino Eneas Spilimbergo, el joven maestro...”.
Esa dinastía de maestros incluye el aprendizaje del “joven maestro” bebiendo hasta el ejemplo del “viejo maestro” de instalarse en la sierra de Córdoba para volverse devoto del oficio, lejos de las distracciones de la urbe, como efectivamente lo hizo Spilimbergo radicándose en Unquillo. Gesto que varios otros pintores de su generación repitieron: Malanca, Pedone, Berni, entre otros. Y a su vez un discípulo de Spilimbergo, un nuevo “joven maestro”, que acaba de morir a los 97: el enorme Carlos Alonso, se estableció en la vecindad de su maestro en Unquillo, para dedicarse de lleno a su obra extraordinaria y testimonial. Y que, un día, le dedicaría a Fader un retrato no del natural, sino del alma.










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