Nuevos recortes de los días de papel Córdoba, 1909

Cuadros contrastantes de la vida urbana de principios del novecientos se ponen de manifiesto colando las páginas de la prensa diaria. Los mercados, por ejemplo, eran causa de tensiones entre la Córdoba vieja y la nueva, vistos con el lente del impulso modernizador.

Cultura 27 de noviembre de 2023 Víctor Ramés Víctor Ramés
Vista del Mercado Cabrera en una antigua postal
Foto del Mercado Gral. Cabrera en una antigua postal.

Por Víctor Ramés

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Algunos cuadros son testimonio de choques entre unas prácticas ya anticuadas para una ciudad -y su mentalidad- vueltas hacia el progreso. Ejemplo de esto son escenas como esta, que ponen de relieve en enero de 1909 unos párrafos de La Voz del Interior -diario fundado en 1904-. En una plaza que ya no existe, la plaza Marchena, entonces llamada plaza España, frente al mercado Norte, subsistía la tendencia a estacionar carros y carretas de frutas y verduras, costumbre supuestamente destinada a su erradicación, precisamente gracias al mercado construido para concentrar en sus límites las mercaderías y los pesados vehículos que las transportaban. Antiguamente, dicho comercio solía tener lugar en puntos conocidos como “plazas de carretas”. De allí la queja publicada en el diario:
La Plaza España convertida en plaza de carretas
La municipalidad debe tomar algunas medidas respecto a la siguiente denuncia que se nos hace.
Trátase de que los vecinos de la plaza España y sus alrededores, se quejan de que ese espacio público ha sido convertido en punto de carros y carretas y mercado de frutas y legumbres.
Desde las tres de la madrugada, dicen, ya afluyen los carros vendedores que se estacionan en dicha plaza, privando del reposo a todos los moradores de las cercanías, con el ruido producido por el tráfico y aglomeración de gente.
A esto se agrega que el lugar donde se ubican los carros y carretas queda convertido en foco de inmundicia por los desperdicios de frutas y verduras que se arrojan.
Piden, pues esos vecinos que se tomen medidas à fin de que esa plaza deje de ser parada de vehículos y a la vez mercado.
La reclamación, es justa y debe ser atendida.
Si el Mercado Norte es estrecho, que se destine otro local, pero que la plaza España sea lo que debe ser, esto es, lugar despejado é higiénico donde puedan recrearse las personas.”

Ese cuadro de desajuste entre lo arcaico y lo moderno alcanzaba una especie de clímax en referencia a un antiguo mercado que algunas voces sociales llegaban a comparar con una “cueva de alimañas”. Dicho espacio, el Mercado Cabrera, ocupaba una manzana próxima al “barrio de las quintas”, hoy Alberdi, donde actualmente se halla la Jefatura de Policía, antiguamente plaza de carretas y en buena medida origen de los primeros asentamientos suburbanos en esa zona sobre la larga avenida Colón.
Establecido en 1864, el mercado Cabrera fue objeto de una larga reprobación social desde finales del siglo XIX. En 1892, El Porvenir reflejaba un informe de la Administración Sanitaria donde se afirmaba que “a pesar de haber meditado bastante acerca de las medidas que pudieran adoptarse (…) se ha estrellado contra sus pésimas condiciones de construcción, limitándose solo a aconsejar el blanqueo interior y exterior”. Y en 1901, el diario La Libertad clamaba por el cierre de dicho mercado, calificado como “Feria turca”, invadida por “conventillos, venta, bailes, etc.” Esa publicación denunciaba que el mercado Cabrera “a más de ser el peor foco de infección, es también un foco de… costumbres alegres”.  El periodista describía que allí “se reúnen gentes de la peor especie, capaces de cometer cualquier acto por inmoral que sea. Anteayer sin ir más lejos, en uno de los puestos roncaba una guitarra, al mismo tiempo que varias parejas de mujeres y hombres se balanceaban al compás de una habanera adormecedora”. El cuadro puede evocarse hoy como candoroso y pintoresco.
En enero de 1909, La Voz del Interior publicaba un pedido de un grupo de vecinos firmado como “Las bacterias” en el que se leía:
“Los abajo pseudonimados, caracterizados vecinos del Mercado General Cabrera y adyacencias, haciendo uso de un derecho que les corresponde nos presentamos al señor intendente y con el mayor respeto exponemos:
Que, como debe ser de su dominio, existe un barrio de la ciudad donde podríamos gozar de algunas comodidades y derechos y en donde hay fuerzas colectivas de progreso en condiciones de cooperar al adelanto general de la ciudad.
Ese barrio es el mencionado. Allí no se barren las calles sino por muerte de un obispo. (…) El mercado General Cabrera, preciosa reliquia que alimenta y proteje nuestra desventurada existencia!! ¿Cómo permitir que la demoledora piqueta ultraje este monumento?
El solo pensar que allí donde se venden artículos tan importantes como la carne, por ejemplo, y en donde hacen vida común en un reducido chiquero quince personas, que no han oído hablar de aseo y una docena de perros que, si han oído no entienden, puede dejar de existir, es pensar en nuestra prematura extinción.
(…) Visite, señor intendente esta preciosa reliquia de la edificación edilicia y comprenderá que ordenar su demolición, equivale a meter una caña con un trapo ardiendo en la punta a una cueva de alimañas, cosa que, en resumen, resulta una heregía... para las alimañas.
Visite, háganos el favor, este monumento de la grandeza del barrio de Oeste, y si después de recorrer una a una sus pocilgas, con pomposo título de puestos, escapa usted exento de nauseas, le proclamaremos el estómago más resistente a la... humedad.”
Es que, para entonces, como indicó Carlos Remedi en El consumo alimentario en la Provincia de Córdoba 1870-1930: “desde 1900, algunos sectores de la edificación se convirtieron, de hecho, en la vivienda de personas de modesta condición, transformándolo de ahí en adelante -en palabras de un cronista- en ‘asilo de gente inmunda y desocupada que ocultan su miseria con cortinas de bolsas sucias.’ Para 1910 la situación continuaba prácticamente igual: ‘no otra cosa que un conventillo es esa antigua y ruinosa construcción, formada por un cuadro de habitaciones estrechas, sombrías y malsanas que, con el nombre de puestos, sirven de alojamiento a las familias de los arrendatarios, y donde en promiscuación repugnante y nociva se encuentra muchas veces el lecho y la carne, las legumbres y otros consumos que se expenden al público’.” (Citado por Remedi de Los Principios, agosto de 1910.)



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