Caras y caretas cordobesas

Un caso de la “Crónica negra” de Córdoba trae recuerdos amargos de un comercio que vendía ropa para hombres en la primera cuadra de la calle San Martín, a principios del siglo veinte.

Cultura 18 de marzo de 2024 Víctor Ramés Víctor Ramés
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Fotos en "Caras y Caretas", 13 de junio de 1903: "El crimen de Córdoba".

Por Vïctor Ramés

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Sangre en “La Principal”

En la primera cuadra de la calle San Martín de la ciudad de Córdoba atendía una camisería fundada en 1903, según Manuel López Cepeda, la tienda La Principal.  El autor de Gente, casas y calles de Córdoba cuenta que el negocio “vendía camisas de plancha a $ 0, 95 y trajes a medida a $ 29,50, en puro afán de hacerle la competencia a «La Fama», que se hallaba instalada en el N° 87 de dicha arteria”. El entusiasmo de aquella competencia fue escalando: “El otro negocio ofrecía camisas a $ 0,80 para que rabien «los monos de enfrente», decían sus carteles, y hubo trompis y bastonazos.” La camisería La Fama pertenecía a González Hermanos, y La Principal a don Gregorio Irastorza. Sobre esta última, informa su final López Cepeda como sigue: “El fuego puso fin a la vida de «La Principal», y ahí se instaló Gath y Chaves, que también fue pasto de las llamas, hasta que y a raíz de lo cual, se instaló el Biógrafo, que tuvo primero, en tiempos del cine mudo, otros empresarios que no son los actuales”, escribe el autor en su libro de 1966.

Lo que no refiere el memorialista cordobés es una tragedia previa al ya de por sí desgraciado destino de aquel negocio a manos del incendio. No es por las broncas con la camisería del frente, ni por su resonancia comercial, ni siquiera por el siniestro que la destruyó, que La Principal figura en estas líneas, sino por un hecho de sangre que tuvo lugar cuando terminaba mayo de 1903, año que López señala como el de nacimiento de La Principal. Se puede leer en Caras y Caretas del 13 de junio de ese año, un relato sinóptico de lo ocurrido el 30 de mayo en la zona comercial de la San Martín:
“CRÓNICA NEGRA
EL CRIMEN DE CÓRDOBA
El 30 de mayo a las 7.30 a. m. se produjo un drama de sangre en el interior de la casa de comercio La Principal, siendo protagonistas el dueño de la misma Gregorio Irastorza, español, de 55 años de edad y su dependiente Pasario Rodrigo, boliviano, de 58 años.
Entre las varias versiones que han corrido sobre la forma en que se desarrolló el hecho, parece tener más visos de verosimilitud la siguiente: Rodrigo estaba descontento con su patrón, quien, según él, no había cumplido los compromisos que contrajo en la capital federal.
La noche anterior estuvo el dependiente en una confitería, bebiendo en abundancia.
Irastorza en la mañana del día citado le hacía algunas observaciones al respecto, hubo en seguida un cambio de palabras, comienzo de lucha y por fin varios disparos que hirieron mortalmente al primero.
Rodrigo se retiró después a su habitación, donde se aplicó el revólver a la sien derecha y se disparó un tiro.”

El hecho se puede verificar con mayor despliegue en una nota que el diario La Libertad tituló “Crimen y suicidio”. La crónica miraba de cerca lo sucedido temprano aquel penúltimo día de mayo en la zona comercial. El nombre del empleado que provocó su desgracia y la del dueño aparece más correctamente determinado como Nazario Rodrigo.
“Hoy por la mañana a las 7.30, se desarrolló una escena trágica en el interior de la casa de comercio La Principal, calle San Martín números 25 y 27.
(…) El Sr. Nazario Rodrigo, persona como de 50 años, boliviano, cajero de la casa, parece que no satisfacía enteramente a su patrón, señor Gregorio Irastorza, por cuanto aquel abusaba a veces del alcohol.
Este ha sido el motivo por el que en la mañana de hoy el señor Irastorza reprendiera a su empleado delante de los demás dependientes, terminando sus observaciones con esta frase:
–¡Usted tendrá que salir ahora mismo de aquí!
Rodrigo, que desde un principio argüía, no conformándose con las reprensiones de que era objeto, en un instante cambió de color y cegado por la ira sacó un revólver, de que estaba provisto, apuntó con él a su patrón y decerrajóle un tiro.
La escena se produjo cerca de la caja, a cuatro metros de la puerta del establecimiento; el proyectil, que no dio en el blanco, se incrustó en el borde de uno de los mostradores.
Aterrado justamente el señor Irastorza por tan inesperada agresión, retrocedió vivamente hacia el centro de la casa, siendo perseguido de cerca, tenazmente, por Rodrigo, que en todas sus facciones revelaba la cólera de que estaba poseído.
Uno de los empleados intentó detener al enceguecido cajero, diciéndole mientras le cerraba el paso:
–¡Qué es lo que hace usted, Rodrigo!...
Éste, por toda respuesta, dijo resuelta y rápidamente:
–Mira, que si me atajas, te mato! –y siguió tras del señor Irastorza, que no disponía de ningún arma en tales momentos.
Acto continuo, se oyeron dos disparos más de revólver, y la desfallecida voz del dueño del establecimiento, que caía en tierra herido de dos balazos, implorando socorro.
Rodrigo, que según parece tenía meditado el crimen, abandonó a la víctima, salió a uno de los patios y trepó por una escalera hasta su habitación, donde se encerró.
Mientras tanto, el herido, en estado gravísimo, fue conducido por su hijo Emilio Irastorza en un carruaje al hospital San Roque, alojándolo como distinguido en una sala de clínica quirúrgica del doctor Pedro Vella.
(…) En los primeros instantes de ocurrir la escena intervino el sargento Ontivero de la central y otro agente, y ambos, subiendo la escalera, llegaron hasta el aposento de Nazario Rodrigo, llamando a la puerta. (…)
Inmediatamente se presentó al lugar del suceso el comisario señor Benjamín Galíndez y el inspector señor Isla. El citado comisario llamó a su vez a la puerta del cuarto, no obteniendo respuesta, y en vista de ello ordenó empujar aquella que cedió fácilmente, pues no estaba asegurada por el interior, conforme se creyera desde un principio.
Ante la vista de los empleados concurrentes se ofreció un triste cuadro: Rodrigo, ya cadáver yacía tendido boca arriba, sobre un catre de lona, y a un costado, sobre el piso, un revólver bulldog, calibre 7 milímetros.
El desgraciado cajero habíase suicidado descerrajándose un tiro en la parte media y superior del esternón, lesión que le produjo una muerte rápida, sin agonía.”

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