
Es uno de esos viernes de fin de año, donde las carteleras se superponen, el movimiento se duplica, la oferta se diversifica. Hay en la ciudad una vida artística y cultural contagiosa que expresa y convoca a las tribus.
A Billie Eilish se le ocurrió protestar por algo que, de tan obvio, no había sido motivo de análisis: el renovado consumo de vinilos requiere de materia prima para su fabricación y, por ende, no contribuye demasiado con las necesidades planetarias de frenar la contaminación ambiental.
Cultura09 de abril de 2024
J.C. Maraddón
J.C. Maraddón
Cuando las plataformas de streaming se establecieron como el nuevo soporte para el consumo musical, no faltaron los que señalaron que con esa escucha virtual se perdían muchas de las cualidades que habían sabido tener los discos como objetos comerciales y artísticos. Por una parte, comprar un álbum en una disquería promovía la subsistencia de un negocio mucho más amplio que darle play a esa misma obra en Spotify. Y por otro lado, los músicos se veían obligados a considerar aspectos como el packaging, que luego se volvieron innecesarios al momento de subir esos contenidos para que sean distribuidos on line.
Pero lo fundamental era que desaparecía el fetiche, esa necesidad de poseer un ejemplar de un producto cultural al que, además de prestarle oídos, se lo podía atesorar como un patrimonio exclusivo. Con el streaming, esa posesión se ha perdido, porque el álbum no tiene existencia material y porque todos los usuarios (sean o no Premium) pueden tener acceso a esas canciones, sin que ninguno tenga derecho a apropiarse individualmente de nada. Se ha ganado en masividad, pero se ha perdido ese encanto tan propio del siglo veinte, que consistía en adquirir mercaderías con la finalidad de reclamar cierto estatus.
Quizás esto explique bastante por qué los vinilos han revertido su tendencia a la desaparición, para volver a suscitar una demanda que, si bien no se equipara a la de los viejos tiempos, ilusiona a una industria discográfica que se veía condenada al desguace. Con una presentación lujosa y un sonido acorde a las exigencias actuales, aquellos entrañables long plays recuperaron su lugar en las vidrieras, aunque en la mayoría de los casos quienes pagan por ellos no lo hacen más que para tenerlos en exhibición y de ese modo encuentran una vía vintage de demostrar su fanatismo por un intérprete.
Por supuesto, los nostálgicos de siempre vieron con muy buenos ojos esta moda, que reponía aquello que se consideraba extinguido y que recuperaba la necesidad de fabricar tocadiscos, para que volvieran a girar esas antigüedades a las que se les daba una nueva oportunidad. Urgidos por generar ganancias que excedieran los escuetos márgenes ofrecidos por los servicios de streaming, los músicos fueron los más interesados en subirse a esta ola, que reabría un circuito de ventas inesperado. En general, el fenómeno cosechaba más simpatías que críticas y, alentado por tan buena recepción, comenzaba a expandirse en constante crecimiento.
Hasta que a Billie Eilish se le ocurrió protestar por algo que, de tan obvio, no había sido motivo de análisis. Al tratarse de productos reales, esos vinilos requieren de materia prima para su fabricación y, por ende, no contribuyen demasiado con las necesidades planetarias de frenar la contaminación ambiental. Si la compra de esos discos se tratara de una excentricidad, no despertaría alarma entre los ecologistas, pero al haberse transformado en una generosa fuente de divisas, de la que extraen beneficios los músicos más famosos del mundo, cabe el reclamo ético propiciado por la joven cantante estadounidense en una entrevista para la revista Billboard.
Ella asegura que su preocupación la ha llevado a utilizar vinilos reciclados en la elaboración de las copias correspondientes a “Happier Than Ever” y ha lanzado una campaña para que sus colegas imiten la iniciativa a través de medidas sostenibles. Bajo la influencia de las ideas del naturalista británico David Attenborough, Billie Eilish le adosa así una cuota de conciencia sobre la conservación de la naturaleza a esa reaparición de los LPs en la escena musical, en la que con cierta ingenuidad se habían involucrado muchas personas al dejarse llevar por las ganas de retornar a la era analógica.

Es uno de esos viernes de fin de año, donde las carteleras se superponen, el movimiento se duplica, la oferta se diversifica. Hay en la ciudad una vida artística y cultural contagiosa que expresa y convoca a las tribus.

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