Liderazgo opositor se busca

El polo libertario está fuerte y cohesionado detrás del presidente. Del otro lado no terminan de saber quién los va a representar

Nacional 15 de abril de 2024 Javier Boher Javier Boher
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Por Javier Boher
El presidente Javier Milei todavía cuenta con una buena base de apoyo, la que se basa casi exclusivamente en el profundo deseo de cambio que existe en la mayoría de la sociedad. Nadie en su sano juicio puede sostener que el rumbo del cuarto kirchnerismo era correcto, de allí que se impuso una redirección. Lo que asoma con claridad es que no hay un consenso sobre hacia dónde habría que calibrar el GPS.
El giro liberal es una realidad social palpable, que se construyó durante años por el ascenso del estatismo bobo y que reclama mayor apertura económica y menos restricciones para emprender, contratar y producir. Es el equivalente al pedido de más Estado que emergió de los años de la Convertibilidad y que le abrió las puertas al kirchnerismo. Por eso la posición de Milei es tan firme: incluso con adherentes no tan convencidos de sus formas, la necesidad de una transformación hace que todos las minimicen en pos de un cambio que todavía no ocurrió.
No hay muchas dudas de que el antimilevismo existe y es muy fuerte. Con las mismas mañas de los años del macrismo, pero con mucha menos organicidad, se multiplican las voces que pretenden narrar los descalabros que genera el ajuste del libertario. Pobres almas bellas, no consiguen simpatía desde una sociedad empobrecida y precarizada, que no ve en los despidos de hoy a los petroleros de Cutral-Có de fines de los '90, sino a jóvenes de clase media y alta con consumos progresistas estereotípicos, veganos, aliades y pañuelo verde. No hay nada de malo en esas elecciones; lo verdaderamente malo fue darle la espalda a la gente común por defender un sueldo público escudado en una cruzada ideológica. Ahí se terminó el amor.
Así, ese kirchnerismo que limó a Macri durante cuatro años con historias de primos despedidos, fábricas de canicas que cerraban y tarifas en valores astronómicos, hoy no consigue el mismo efecto. Buena parte de sus votantes de 2019 le dio su voto a Milei en las elecciones de 2023. Sufre esa pérdida de votos.
Hay otros que sacaron votos, pero perdieron la puja interna y también lo sufren. La pata progresista de Juntos por el Cambio, la de los Lousteau, Larreta, Stolbizer o Carrió no acepta que la base electoral de la fuerza que integraban votó, casi en su totalidad, al actual presidente. Ninguno de esos dirigentes ganó ni siquiera la interna de sus distritos, señal del ocaso del progresismo de buenos modales que cree que vivimos en Estocolmo, Amsterdam o alguna ciudad de esas, y no en el pozo de inviabilidad de La Matanza y similares.
Todos esos políticos y votantes sienten un fuerte rechazo al presidente y lo que representa, pero no consiguen la forma de acercarse. Aunque el escenario de tercios ya no existe más, tampoco existe una polarización nítida. Hay dos polos ideológicos, pero tres -e incluso cuatro- espacios de representación. El kirchnerismo se fue al extremo del espectro, intensificando su prédica de izquierda. El progresismo universitario urbano le sigue en ese continuo, con menos izquierda económica pero con todo el combo de símbolos inclusivos del progresismo cultural. Le sigue la pata de Juntos por el cambio que se acercó a los libertarios, pero sin integrarse por completo, rechazando las cuestiones más identitarias. Finalmente los libertarios, trotskistas de derecha incapaces de negociar con nadie, pero con una pata de operadores que se encarga de evitar que el gobierno se vaya a pique. 
Así, el polo milevita está fuerte, pero del otro lado no termina de aparecer un liderazgo nítido. Cristina tiene 70, lo que ya la descarta para cualquier aventura nacional: cuando un político podría ser el abuelo del votante mayoritario es que ya es hora de dejar de presentarse. 
Massa perdió de la peor manera posible, con altos niveles de rechazo. No tiene manejo de fondos públicos para comprar votos y sí tiene una esposa que se comporta en redes sociales como las esposas engañadas que comentan en los grupos de compra y venta desde el despecho, en su caso por no haber llegado a ser primera dama.
Larreta es la prueba viviente de que no alcanza con desear muy fuerte las cosas, algunas veces simplemente no se te van a dar. Todo su armado fue una muestra clara de lo que pasa cuando se pasa más tiempo escuchando a consultores que visitando a la gente para entender cómo la está pasando. Enterró los timbreos y lo terminaron enterrando a él.
Lousteau nació para no ganar ninguna elección, pero venderse como la última coca del desierto. Es como Carlos Henrique Raposo, el brasilero que fue futbolista profesional durante 16 años jugando solamente 14 partidos en todo ese lapso. A base de engaños le hizo creer a todo el mundo que era lo que los equipos necesitaban para tener un refuerzo de categoría, pero nunca aportó nada para ello.
Desde los gobernadores seguramente habrá alguno con ganas de proyectarse, aunque las urgencias de la gestión y la falta de plata los hayan hecho bajar un poco el copete. Basta con estar más o menos bien parado en marzo de 2027 como para pensar en largarse a la campaña.
En este momento la cosa está como en los videojuegos de pelea, cuando uno de los jugadores ya eligió luchador y el otro no termina de decidirse. Eventualmente alguien se va a terminar subiendo al ring.
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